18/9/08

Trabajo y cambio

Intento cambiar de trabajo. Conocí a un tipo y empezaron a surgir ciertas ideas, algunas propuestas; la cabeza se me llenó de ventajas y desventajas, evaluaciones a futuro, maniobras de probabilidades, cuentas de gastos y ganancias, pérdidas e inversiones. Todo esto en el marco del más profundo desprecio hacia mi ocupación actual. No dejo de decirme que estos cambios pueden ser largos y complicados, llenos de marchas y contramarchas; me pesa la apatía de la gente, en todas partes y en cualquier circunstancia, mi propia apatía.
Casi cinco años de trabajo, mi actual ocupación, el puesto que quiero abandonar sin ningún remordimiento. Al principio hubo una bonita luna de miel entre mi trabajo y yo: me sacó de la miseria y cortó todas las dependencias humillantes en las que estaba envuelto. Esto duró unos pocos meses; lo demás fue un largo proceso de adaptación y desencanto.
Es penoso, pero no queda más remedio que reconocerlo: la función que cumplimos, ese espacio laboral que ocupamos (o no) nos transforma, nos somete. Somos lo que hacemos (a despecho de la doctrina optimista que reza "hacemos lo que somos", porque el optimismo es para el que puede solventarlo). En general todos nos comportamos siguiendo una misma premisa: no se puede conseguir un buen espacio personal sin pisarle la cabeza al vecino. Algunos no encuentran inconveniente en esto, otros se conforman con dejar que los pisen. Al final nadie se fija a dónde vamos a parar entre tantos pisotones.
Es aquello de "el hombre lobo del hombre", aunque está incompleto. La comodidad, en un sentido psicológicamente bastante complejo, es un factor fundamental. Algunos son lobos, mientras la mayoría encuentra aceptable la función de cordero a cambio de determinadas comodidades, no siempre identificables a simple vista.
Pero me voy de tema. CAMBIAR DE TRABAJO, invertir horas extra en este asunto, pensar en el dinero, cuánto tengo, cuánto gasto, cuánto quiero... quisiera...
Me pregunto qué pensaría de mí la persona que yo era hace diez años... pregunda carente de toda originalidad, pero ineludible.
Esto no es un "adios a la ilusión", tampoco se trata de un intento trasnochado de rescatar los ideales perdidos. Nunca hubo ideales, tal vez y a penas algunas expectativas, falsas suposiciones, errores de juicio y criterio.
Esto es asombro de mí mismo. Asombro de la maleabilidad, de la capacidad de contradicción, del peso del entrono; y sin importar todo esto, asombro por ciertas persistencias, por determinada voluntad perseverante.
Veo que estoy dejando demasiados huecos inexplicados, lagunas de la argumentación. Muevo la escritura al compás de muchas cosas dadas por sobreentendidas. Pero no me interesa. Este fue un día de resignación; no me importó en ningún momento sepultarme en el olvido de los tiempos sin oponer la más insignificante (aunque digna) resistencia. Así que... ya está bien haber llegado hasta acá.
Mi librito personal de Nietszche habla del eterno retorno. Y a mi flojo intelecto le tomó una excesiva cantidad de tiempo captar la idea. Finalmente entendí que la cuestión no pasaba por incorporar ese concepto como si se tratara de un valioso factor técnico en si mismo. A Nietszche no le interesaba desarrollar y explicar un concepto filosófico de cierto valor para determinado conjunto de tesis sobre el ser humano.
Nietszche intentaba algo más sencillo y a la vez mucho más interesante. La pregunta era, en realidad, ¿qué valor tienen nuestros actos? y ¿cómo calculamos ese valor?
Si pensamos el tiempo como una continuidad infinita que marcha desde el pasado hacia el futuro sin detenerse jamás (según esa idea del tiempo que aprendemos en la escuela y que nunca cuestionamos) cada episodio de esa continuidad tendrá un valor infinitesimal en relación con el todo. Nuestros actos, en esa continuidad infinita, son gestos imperceptibles, ínfimos e intrascendentes.
Es preferible tal vez pensar, casi arbitrsariamente, casi porque si, que el tiempo, corriendo desde el pasado al futuro, llegará a un punto a partir del cual todo volverá a repetirse; y ese punto de reanudación, de repetición, retoma el ciclo una y otra vez. Cada episodio en esta versión del tiempo está condenado a repetirse eternamente, sin quitarnos por esto lo que otros llaman libre albedrío (el ciclo no necesariamente es siempre idéntico a sí mismo, y eso depende de nuestra voluntad de cambio). Esta contínua puesta en escena de nuestros actos los hace perpetuamente trascendentes, los valoriza, los carga de responsabilidad.
A partir de nuestras decisiones, nuestros actos y sus consecuencias se repetirán y perpetuarán en el tiempo.
Me gusta esta versión arbitraria llamada eterno retorno, pero no puedo dejar de preguntarme hasta dónde nuestras decisiones y nuestros actos dependen solo de nosotros, hasta dónde puede decirse que son nuestros, que nos pertenecen sin interferencias, hasta dónde llega la autonomía de nuestras propias vidas.
Porque repetir eternamente el propio error y la propia bajeza es algo que, una vez comprendido, puede hacerse con la frente en alto y con cierto orgullo cínico, pero ¿repetir el error y/o la bajeza decidida por otro sin nuestra autorización o consentimiento... quizás incluso sin nuestro conocimiento?
¿Y todo esto por un cambio de trabajo?
NO.
Se van a cagar. Todo se mezcla al paso de los días y de las palabras. No pienso intervenir con una falsa sensación de orden y coherencia en la redacción del caos cotidiano de las cosas.

3 comentarios:

Fernando dijo...

La verdad es que no sabía que eras vos... recibí este post por correo, lo leí entero, dije "qué tipo más interesante", y al regresar al depto entré a tu blog. Te mando un abrazo desde el otro lado del charco!

Fernando (del Valle)

Setarcos dijo...

EaEa!!! Hola Fer!!!
No podía ser otro el que estrenaba la secci{on de comentarios en mi blog!!!
Espero que tus cosas anden bien, abrazo!!!

Anónimo dijo...

¿qué valor tienen nuestros actos? y ¿cómo calculamos ese valor?
... interesante, muy interesante artículo. Noto el pesimismo "realista"? y coincido en general.
De todas maneras los matices son amplios, la salida tal vez sea no darle un valor cuantitativo a nuestros actos.
Yo tengo una teoría "la del buen perdedor" que refiere (es para largo pero simplificando)a la elección de perder, dentro de los márgenes del sistema imperante, para ganar en dignidad, por ejemplo.
Una vez hecho esto inevitablemente, sin optimismos falaces, aparece la grieta, maravillosa diagonal por donde ser.
¿la solvencia que da posibilidades?, sí, un hecho fáctico que no nos deja ver la grieta.
Abrazo, Cynthia García