02/01/10

Témpora


Lo que Eddington dice sobre la dirección del tiempo y la teoría
de la entropía, va más allá de que el tiempo cambiaría su dirección
si los hombres empezaran un día a caminar para atrás
.”
Ludwig Wittgenstein (Aforismos)


La vida entera se ha transformado en una locura sin sentido. Alguien tiene que decirlo de una vez, alguien debería dar testimonio de esta espiral de sinrazón que se ha desatado entre los hombres. Van a detenerme y tal vez a matarme por esto, como les sucedió a muchos otros, porque el orden mismo de esta escritura es profano y blasfemo, porque no puedo abandonar la sucesión, la continuidad, porque mi confesión será considerada “contra-natura”, pero no encuentro motivos para evitarlo, no hay nada por lo que valga la pena seguir adelante. Ya no hay, ya no existe “adelante”.

En el futuro, o en lo que ahora entendemos por “futuro”, quedaron para siempre perdidos los motivos, olvidadas las causas de todo lo que está sucediendo, y nadie se pregunta ni se preguntará jamás por aquellas causas de las que nos alejamos irrevocablemente. No tengo conocimiento de aquellos sucesos, apenas rumores y entredichos, mitos y leyendas de un futuro inalcanzable y que se distancia más y más en el tiempo. Hubo un período de terror, el terror se desencadenó tras las guerras, y las muertes, o tal vez fuera al revés, el orden cronológico es confuso. La noción de orden cronológico está ya fuera del alcance intelectual de la humanidad. Aparecieron, antes o después de las guerras y del terror, los heraldos del Apocalipsis, los voceros del gran pánico que arrebató la lucidez de la gente, sumiéndolos en la sombra, debilitándoles el juicio y la capacidad de razonar; el hombre común se convirtió en un animal influenciable, vulnerable, falto del más elemental sentido común.

Algún tiempo antes, en el pasado del caos que desató la pérdida del futuro, aparecieron los “Témpora”, ese fue el nombre que se dieron a sí mismos. Se creían sacerdotes, así se presentaron, pero no eran más que el resabio de las universidades, la resaca científica y los políticos supérstites. No faltó quien los acusara de haber desencadenado las guerras que en el futuro habían devastado las ciudades y degradado al género humano, pero las explicaciones eran oscuras y aún los testigos directos carecían de pruebas. Los “Témpora” prevalecieron y comenzaron a envenenar nuestros oídos con sus ideas. En cuanto ganaron sus primeros adeptos organizaron rápidamente su secta, su cruzada, y se impusieron. Se cuentan macabras historias sobre los últimos tiempos, cuando todavía luchaban contra facciones adversas pero, como ellos mismos dicen, “la marcha hacia el pasado es irrevocable”.

En un mundo carente de las mínimas organizaciones sociales, los Témpora se fortalecieron e impusieron su propio orden. La desesperación, el miedo, la necesidad connatural del hombre de delegar la propia responsabilidad en manos ajenas, estuvieron de su lado. Sabrán los Témpora ser paternales cuando fuera necesario, sabrán ser violentos si viene al caso, sabrán hacerte entrar en razón por cualquier medio. Y de lo contrario serás ejecutado. Ellos cuentan con el socorro del tiempo, los demás debemos someternos a su patrocinio.

Lo primero y lo más importante que supimos de los Témpora fueron sus extrañas (así las llamábamos en aquel futuro, “extrañas”) teorías sobre el tiempo. Decían que el tiempo no era más que un efecto y una manifestación de la voluntad del hombre. Decían que esa voluntad atrofiada y malversadora del tiempo era la culpable del caos y la destrucción que nos habían dejado al filo de la extinción universal. Era nuestra obligación imponer nuestra voluntad sobre el tiempo, decían, para ejercerlo en el sentido contrario, contrario al orden temporal que nos llevara a la destrucción.

La tesis general de los Témpora se sostenía en la idea de la voluntad colectiva. La voluntad de un hombre no es capaz de alterar nada fuera del alcance de su entorno inmediato, pero la voluntad mancomunada de muchos hombres, de cientos de miles, de miles de millones, es capaz – según ellos – de provocar milagros nunca antes imaginados. Ellos decían conocer el secreto que nos permitiría ejercer esa gigantesca potencia de la voluntad para salvarnos, ellos sabrían dirigir a la humanidad hacia nuevos horizontes, hacia un renacer, hacia la salvación que en aquel futuro todos veíamos tan lejana. Sólo nos pedían el sacrificio y la abdicación individual en favor de la causa universal.

Con el adoctrinamiento comenzaron a construirse los templos. Para muchos, aquel tiempo de la construcción fue el último período en que el hombre pudo desarrollar sus ideas según el curso normal del pensamiento, según el sentido ordinario y espontáneo del tiempo. Los templos fueron el nuevo epicentro de la actividad humana, ocupando por su importancia y su influencia el lugar que correspondiera en otro momento a las ciudades, entonces destruidas. Todos aquellos que participaron en la construcción de los templos desaparecieron, pero las desapariciones, habiendo experimentado el dolor y el desastre de la guerra, no llamaron la atención.

Desde los templos, los Témpora se encontraron en óptimas condiciones para dar el paso definitivo. Impusieron su doctrina final a sangre y fuego. A donde se mirase, quienes no se manifestaban como adeptos fanáticos eran ocultos espías de los Témpora, encargados de supervisar la apropiada conducta colectiva de la gente. Ya que el éxito de su doctrina dependía de la masiva coordinación de las voluntades, cualquier individuo que no sometiera su voluntad a los decretos de los Témpora era considerado un enemigo del bien común, y sumariamente ejecutado. Si la realidad daba muestras irrefutables del error de sus doctrinas, de lo impracticable de sus ideas, de lo inútil de sus prédicas, si se presentaba la mínima falla y se levantaba cualquier sospecha de que el “sistema” de los Témpora no funcionaba, se acusaba a las voluntades rebeldes, se las consideraba únicas responsables de toda desgracia, se las perseguía, se las sometía públicamente. Cuando los rebeldes no eran suficientes, si no se lograba atraparlos, o simplemente ya no quedaban rebeldes qué acusar, se los inventaba.

¿Qué esperaban los Témpora? ¿Qué nos obligaron a hacer durante tanto tiempo? ¿Qué nos exigen todavía hoy? ¿A qué nos obligaron mañana y qué nos impondrán ayer? El hijo de mi hijo todavía guardaba memoria, antes de morir, de aquel futuro inexpresable para la mayoría de nosotros. Los Témpora nos obligaron a desandar el tiempo. El “sistema de salvación” de los Témpora nos impone vivir desde el futuro hacia el pasado, nos impone pensar de adelante hacia atrás, nos impone escribir de derecha a izquierda, en el orden inverso de las palabras, borrando a medida que retrocedemos sobre lo ya previamente escrito. Caminamos de espaldas, hablamos un nuevo idioma que no es otra cosa que nuestro idioma original, pronunciado en orden inverso con perfección asombrosa y habitual. Ya no podemos incorporar alimentos, sino expulsarlos de nuestro cuerpo. No podemos orinar, sino inyectarnos líquido a través de nuestros genitales. Nos administramos medicamentos antes de manifestarse cualquier enfermedad. Se nos reintegra el dinero en lugar de gastarlo. La vejez es la primera etapa de nuestra vida; donde antes nos esperaba la muerte, hoy nos aguarda el nacimiento.

Y nada de esto, para mayor tortura y desesperación, sucede al azar. Desandamos la historia, la deconstruimos lentamente, la hacemos correr hacia atrás, hacia el pasado. Nos alejamos del futuro, donde la guerra destruyó a la humanidad, y nos acercamos hacia el pasado, donde todas las utopías encuentran aquel tiempo que siempre fue mejor, el tiempo anterior cuya consecución es hoy nuestra meta y nuestra esperanza. En el “final”, lo más difícil fue deshacer el efecto destructivo de la guerra, reconstruir pieza por pieza cada casa, cada edificio, rellenar los cráteres de las bombas, quitar las balas de los cuerpos, dar vida a la carne muerta. Encaminarnos hacia el “principio”, decrecer, rejuvenecer con el paso de los días, volver al útero materno, un útero que volvía de su propia vejez. Sacar a las siguientes generaciones de sus tumbas. La voluntad, nos decían los Témporas, es la herramienta que puede lograrlo todo.

Se nos impone el esfuerzo mental de una permanente marcha inversa que, implacable, equivale a un método de tortura y lavado de cerebro. Pensar el siguiente paso que se dará, la siguiente palabra que será pronunciada, los gestos, las más importantes y las más insignificantes decisiones, en sentido contrario: no como un acto nacido del libre albedrío sino como la persecución de algo que ya se ha hecho, inalterable predeterminación, buscando el dato que obligadamente estará en la memoria para repetirlo, y con la repetición deshacerlo, desaparecerlo para siempre. Sólo la potencia de la voluntad mancomunada puede hacer que funcione, repiten los Témpora.

A medida que marchamos hacia atrás seremos más felices, nos reencontraremos con la juventud de la humanidad, olvidaremos el odio que nos llevó a la destrucción, olvidaremos la vanidad. Llegará el tiempo en que recuperemos una forma de vida mucho más simple, en contacto con la naturaleza, lejos de la debacle tecnológica y sus desastrosas consecuencias. Volveremos a mirarnos a la cara y nos reconoceremos. Así nos hablan los Témpora. Las voces que se pronuncian sobre ellos están prohibidas. Nadie hablaba de los Témpora en el pasado, nos dicen, porque en el pasado ellos no existían. Esto nos impide opinar, nos impide revelarnos, criticar sus métodos, sus procedimientos. Sin embargo persisten, aquellas voces, se dejan escuchar ocasionalmente, a pesar de las continuas y cada vez mayores desapariciones. Hablan de experimentos atroces, de coerciones inexplicables en nombre del incremento de nuestra fuerza de voluntad. En el futuro aparecen una y otra vez los escépticos. En el pasado ya no existen.

Perdemos sin remedio el sentido de la orientación, la noción de transcurso del tiempo. El orden permanentemente alterado del pensamiento, del discurrir y del acontecer, nos deja cada vez más a merced de los Témpora. No sabemos qué es verdadero y qué no es más que otro de sus inventos para seguir imponiendo sus ideas, sus programas, su “sistema”.

Todo pierde el sentido, todo deriva lentamente hacia la locura, lo cotidiano es una tergiversada versión del infierno. No vale la pena seguir adelante. Ya no hay, ya no existe “adelante”.

29/12/09

Despertar II (2001 - 2010)


claro, toda vida es un proceso de demolición
F. Scott Fitzgerald


Mi día empezó a las 6.45 de la mañana. Llovía copiosamente y hacía calor. Anoche mis chicos se quedaron a dormir en casa, así que me levanté temprano para prepararles el desayuno. Para el más grande medición de glucosa y 8.5 unidades de insulina antes de que se terminara la leche. Esos pinchazos diarios están a mitad de camino de convertirse en un hábito, y a mitad de camino – también – de destrozarme los nervios. Comieron, los vestí, charlamos sobre los juguetes que se llevarían a la casa de su madre y los juguetes que dejarían en mi casa. Habiendo pasado sólo dos días desde la Navidad tienen bastante material qué distribuir. 7:45 llegó el taxi que nos llevó veintipico de cuadras, a las ocho en punto los dejé con su madre. Lo primero que hice al separarme de ellos fue arrepentirme de cada reto a voz en cuello y de cada penitencia que les había impuesto durante el fin de semana; habían estado particularmente difíciles.

Esperando que no se repitiera el chaparrón de la madrugada, caminé las veintipico de cuadras de vuelta, pasando por la puerta de mi casa y caminando todavía cinco cuadras más, hasta el trabajo. Hubiera podido pedirle al taxi que me llevara pero no quise gastar más. No volvería a llover antes de las seis de la tarde.

Me recibió mi compañera: María la Mediocre, todo abnegación y autosacrificio familiar, la típica mentalidad de colmena de los borg en la serie “Star Treck”; inmolación y supresión del sentido de la individualidad. Algunos necesitan eso para vivir, sacarse del medio, borrarse del cuadro, gente que no soporta la visión de si misma.

En el trabajo, libros. Sólo en el día de hoy, mil doscientos treinta y dos títulos. Libros libros libros. Poner un libro sobre el otro, y apilarlos durante ocho horas. Título, autor, editorial, colección, formato, código de distribución, isbn, remito, factura, venta, reposición, clientes, proveedores, unos sobre los otros, en cajas, en paquetes plásticos, en promoción, todos y cada uno de los mil doscientos libros. Autores como Wood, Garwood, Lindsey, Quick, Coelho, Dresell, Tholle, Estivil; títulos como “El ganso está afuera”, “El sabio de las montañas azules”, “1001 trucos para adelgazar vomitando y provocándose diarreas”; libros sobre golf, sobre narcotráfico, sobre puericultura, libros de Louisa Hay, de Stephen King, de Jorge Bucay, de “elige tu propia aventura”, de escritores galardonados con el premio novel, de novelistas argentinos pedantes y pretenciosos.

Treinta minutos para almorzar. El jefe se fue temprano así que estiré mis treinta minutos hasta casi cincuenta.

Ya a las ocho y poco más de la mañana había pensado en escribirle. Llevamos más de una semana sin vernos, hablando por teléfono pero muy desencontrados. El domingo no hablamos en todo el día, si yo decidía no escribirle pasaríamos – casi con seguridad – todo el lunes sin comunicarnos. Se suponía que todo estaba bien, pero habría que poner a prueba el lunes, no quería escribirle yo, como siempre. Soy un pésimo administrador de mi soledad, porque mi soledad me espanta. La extraño y caigo en sus manos y caigo cada vez más bajo mendigándole tiempo. Pero no mendigo más, cuando dejé de fumar me prometí sacarme de encima todo lo que me hace mal, y voy a sostenerme mi promesa. No soy idiota, puedo ver que estoy de más donde nadie me necesita.

Más libros. Charla intrascendente. Ocho horas tiradas en compañía de gente sin ninguna imaginación, incapaz de despertar el más mínimo interés, con la que no tenemos nada en común. Trabajar es apretarse las bolas con el marco de la puerta, voluntariamente.

A las cinco de la tarde salí. Desde ese momento y hasta que me acostara a dormir, mi tiempo sería mío y sólo mío. Fuera del trabajo, una tarde sin mis hijos, llevaba unos diez o doce días esperando ese momento. Había pensado que para entonces nos habríamos puesto de acuerdo para pasar la tarde juntos, pero ella seguía sin llamar. entocnes lo llamé a Lucio, habíamos arreglado para encontrarnos en su casa en cuanto terminara mi trabajo, aunque no me sentía muy atraído por ese proyecto. Lucio me atendió desde la cama, estaba durmiendo y quería dormir más.

En casa comí algo, lavé los platos y me dí una ducha larga y fría. Seguía haciendo mucho calor. Cuando salí del baño se largó a llover sin ninguna misericordia. Lucio me llamó y me dijo que estaría en lo de Fernando. Tenía que llevarle un caloventor. La palabra “caloventor” me resultó llamativa.

– si volvés a tu casa avisame y voy – le dije – prefiero dormir un rato, no quiero ir a lo de Fer

– vamos a estar acá hasta tarde

– bueno, dénse muchos besos en la cola de mi parte

Corté. Me acosté, intenté leer un rato, me dormí.

A las ocho de la noche todavía había sol y ella seguía sin llamar. En ese momento acepté que ya no llamaría. Me cago en el alma sin pecado de todas las monjas vírgenes que sueñan con sádicos sodomitas. Quería apagar cigarrillos en las tetillas de los bebés recién nacidos, quería echar líquido para frenos en los maceteros con flores de mi vecina la viuda, quería cogerme por el culo a mi ex. Necesitaba salir a distraerme un rato.

Me vestí, ordené un poco los libros y los juguetes de los chicos, no quise llamar antes de llegar a la calle por miedo de arrepentirme y no salir. Cuando finalmente atravesé todas las puertas, abriendo y cerrando todas las cerraduras, y ya me sentí seguro, en la calle, lejos de la soledad abrumadora de mi departamento, llamé. Atendió Lucio.

– estamos en lo de Fer – “predecible” pensé – traete una coca que tenemos Fernet.

– ok, llego en diez

Caminé unas ocho o nueve cuadras. Estaba todo húmedo, con un sol indeciso, gente dando vueltas con cara de crisis económica – la cara más vista y repetida en los últimos quince o veinte años. Como siempre, crucé unas cuantas chicas lindas con las que hubiéramos mantenido un buen sexo si se hubiera dado el caso. Yo por lo menos – pensaba al verlas por la calle – lo pasaría muy bien.

La casa de Fernando, en la que Fernando vive con su hermano Juampé, es el último lugar al que nadie querría ir durante un acceso de melancolía. Llevan siete u ocho meses sin pasar una escoba, hay prendas de vestir disecadas en los rincones, bolsos a medio armar/desarmar que se fueron acumulando entre los distintos viajes a Villa Gesell de Fernando o de su hermano, el baño huele a orín, la ducha no tiene cortina, el botiquín no tiene puerta ni espejo, hay telarañas impregnadas en el techo, mojadas con el vapor de la ducha, las toallas hieden humedad y sudoración, hay una mancha de dentífrico y barro en el piso; la cocina está peor. No hay un solo punto agradable en todo el departamento en el cual descansar la vista. Un par de cañas de pescar arrinconadas detrás del modular lleno de polvo y cajitas de cigarrillos. Una bicicleta oxidada en el balcón. Nada más.

La computadora es el epicentro de aquella tierra baldía. Incluso por sobre el televisor al que, aunque siempre encendido y a todo volumen en algún programa insoportable, nadie le presta atención. En la computadora siempre está sentado alguno de los dos hermanos, horas y horas, hoy estuvo Fernando todo el rato mientras estuvimos ahí; para cuando llegué a las ocho y pico de la noche ya llevaría unas tres horas de PC, y ahí estuvo todavía tres horas más. Los tres, Fernando, Juampé y Lucio, se dedicaban a eso con todo ahínco, a la computadora, a los juegos on-line, juegos de rol y juegos de tiros y juegos de estrategia. Trabajaban para poder jugar en el tiempo libre, pagaban un alquiler para jugar en el tiempo libre, luz e internet, los pagaban para poder jugar en su tiempo libre; paraban a cagar, a comer, y lo menos que fuera posible a dormir, para poder jugar en su tiempo libre. Y eran capaces de no cagar para que nadie les ocupara el lugar. A veces se visitaban mutuamente y pasaban el rato viendo cómo jugaba el otro, en su casa, durante su tiempo libre. Y el principal tema de conversación con ellos era el juego, y hablaban sobre el juego durante su tiempo libre, y casi no hablaban de nada más. Yo había tenido mi época que adicción y de jugar compulsivamente, fue una de las primeras cosas que dejé después del cigarrillo. Inmediatamente después de dejar de fumar y de jugar, luego de atravesar un período confuso de readaptación a la realidad, me puse a trabajar en mis cosas y había pasado (había trabajado y había conseguido) un buen año. Mi primer “buen año” en una década y monedas. Estaba contento con eso, y quería más, y estaba convencido de que no jugar tenía mucho que ver con que el año hubiera sido tan bueno.

Intentaba que Lucio despegara también del juego, pero no me creía autorizado a intervenir más de la cuenta. Intentaba recordarle cada vez que me fuera posible que la vida continuaba más allá de la pantalla, pero nunca me atreví a hacerlo sentir mal sobre el asunto de los juegos. Su esposa lo había dejado algunos meses antes, precisamente por los juegos, y también porque estaba loca y no valía ni el peso de su sombra; no era el mejor momento para molestar a Lucio. Así que le regalé algunos libros (a él siempre le gustó leer de vez en cuando) con la esperanza de distraerlo un poco y que le dedicara alguna energía a otra cosa.

En media hora liquidamos la primera botella de Fernet. Tomábamos Juampé y yo, Fernando estaba jugando muy concentrado y Lucio miraba televisión, hablábamos del juego, de las series de la tele, de los estrenos del cine; Lucio me agradecía la novela que le había regalado para navidad, había leído casi doscientas páginas de un tirón en el trabajo; hablamos de las mujeres, a Fernando y a Juampé no les iba tan mal, Lucio y yo estábamos muy pesimistas y nuestras opiniones fueron sombrías. Le pedí a Juampé que armara unos porros y fumamos la marihuana mustia y con olor a raid que desde hacía meses era la única que conseguíamos. Pedimos empanadas para Lucio y para mí, cenamos y tomamos más Fernet, y fumamos. Fernando y Juampé, cerca de las once de la noche, se cambiaron la ropa y salimos todos, los hermanos tenían una cena en la casa de la novia de Fernando. Lucio y yo nos fuimos.

Por inercia fui a la casa de Lucio, estaba a unas dos cuadras y no quería caminar de vuelta hasta mi casa. El departamento de Lucio siempre olía a humo de cigarrillo y encierro. Dos potus flacos colgaban del caño de la cortina del ambiente principal, en la habitación ropa revuelta y sábanas sucias, el baño era más chico y estaba un poco más limpio, la mugre reunida en las barridas de las últimas tres semanas se acumulaba detrás del tacho de basura en la ínfima – y poco utilizada – cocina. Lo primero que hizo Lucio en cuanto llegó, entre que abrió la puerta y prendió las luces, fue encender la computadora. Se sentó, revisó superficialmente el mail, y conectó el juego.

Hablamos un rato más, sombríamente, de su ex mujer, de mi ex mujer y de mi chica que seguía sin llamarme. Lucio no tenía nada para tomar ni para fumar, no dejé de pensar que tal vez tuviera algo de marihuana y no quisiera compartirla, no por egoísmo pero tal vez a raíz de algún prurito moral sobre mi tendencia a enfervorizarme con los vicios. Hablamos del juego. Era un juego que yo nunca había jugado así que no me resultó muy interesante. Un compañero del trabajo de Lucio se mudaba a su departamento al día siguiente, así que Lucio tenía que ordenar su ropa en el armario para hacerle espacio. Cerca de las dos de la mañana me avisó que se podría a trabajar en eso, así que decidí retirarme.

Ocho o nueve cuadras nocturnas, Mar del Plata de calor y humedad, entre navidad y año nuevo, tenía que caminar rápido para evitar el siguiente chaparrón, el clima estaba desencadenado, el cambio climático ya es una locura de lluvias y sequías de todas las tardes, devastadores efectos de la soja y el desmonte, gracias monsanto y todos los multimillonarios responsables, mis hijos se ocuparán de ellos cuando el último recurso alimenticio del mundo sea la carne humana. El verano estaba a punto de desatar las cultas y refinadas hordas turísticas del gran buenosaries. Querido Jorge Luis: no son los espejos ni el coito los que multiplican a los seres humanos, esa proliferación se la debemos a McDonal's, a la playa Bristol, a los sweaters de la calle Juan B. Justo, a los tristes espectáculos callejeros de la rambla y la peatonal San Martín, a la ruta dos y a la ruta once, al salario y al trabajo en negro, al comercio golondrina, a los shoppings, a los micros de larga distancia, a la red cloacal saturada de mierda, a los rosarinos, a los cambios de quincena, a los fines de semana largos y a los feriados, etc.

Caminé. Cada tanto podían verse grupos de seis o siete personas, todas inidentificables, entre sombras, hablando por momentos en voz alta, con actitudes intimidantes; evadir uno de estos grupos implicaba inevitablemente ir a dar sobre otro: grupos de taxistas, grupos de amigos tomando helados – a las dos de la mañana – sentados en bancos largos en la puerta de las heladerías, incluso grupos de gentes que no se sabía qué estaban haciendo, mirando un auto, alguno tirado en el asfalto mojado debajo del motor; un patrullero pasó a buena velocidad cruzando una bocacalle. Entré al minishop de una estación de servicio para comprar una cocacola, quería tomar algo cuando llegara a casa, iba pensando en la ginebra que había llegado oportuna y gratuitamente a mis manos unos días antes. Tuve que esquivar al empleado del minishop que estaba lavando la puerta de vidrio. Esperé pacientemente a que terminada de juntar la espuma con el secador, a esa hora cada cliente lo arrimaría más y más al inevitable ataque de nervios, algún día llegaría a sacar un arma de debajo del mostrador y se desquitaría por toda la mierda que le hubieran hecho comer en el trabajo la manga de desconsiderados que, como yo, decidía comprar su cocacola a las dos de la mañana. Era mejor manejarse con cierta cortesía. Finalmente me cobró la cocacola y salí guardando el vuelto y la billetera en mi mochila, embocándole una patada plena al balde de agua sucia plantado en medio del camino, debajo del marco de la puerta. Se desparramó toda el agua espumosa y negra en el piso del local que parecía recién trapeado.

– perdón – confusión, embarazo – no lo ví…

El empleado me contestó algo que no entendí. Seguí caminando y me alejé. El minishop, vacío cuando yo había llegado, ya se había llenado de gente esperando por sus cocacolas.

Una pareja discutía en la cuadra siguiente. Parece a veces que todo está dispuesto y sincronizado como en las películas. Él le pedía que no lo deje, le pedía a la mujer que se quedara, no quería estar sólo. Ella empezó a contestarle y parece que a él no le agradó lo que escuchaba porque decidió dejar de responder y hacerle burla, imitaba su timbre agudo y chillón y hacía unos ruiditos molestos “¡ñim ñim ñim ñim!” arrugando la cara y dando saltitos, y después agregó “dale, no me dejes por esas pelotudeces”. Ella intentaba hablar otra vez y él “¡ñim ñim ñim!”; ya se sabía todas las respuestas que ella le daría, los dos ya conocerían el desenlace de toda la escena. Estaban algo viejos para esas peleas, cuarenta y pico, tal vez ya pisando los cincuenta. Hay cosas que te envuelven, te arrastran, y nunca te das cuenta a dónde te llevan hasta que, después de haberte pegado unas buenas masticadas, te escupen en cualquier esquina.

La misma patrulla que había visto antes volvió a pasar, había retomado la calle unas cuadras más arriba, y ahora hacía su recorrido lentamente, a paso de hombre, observando.

Cuando llegué a casa me preparé una ginebra con cocacola. Alcoholizado de pena para apagar la soledad, el más triste de los lugares comunes. No, hay uno peor: ganarse un tostador en el sorteo de fin de año del trabajo. Nunca el televisor o el viaje a Bariloche. Por lo menos mis hijos disfrutan las tostadas.

Quise tomar un analgésico y se me cayó al sacarlo del blister. Parece a veces que todo está dispuesto y sincronizado como en las películas. Películas trágicas y patéticas. Estuve un rato agachado para recuperarlo de debajo de la cómoda. Otro rato más limpiándolo de pelos y mugre.

Dos o tres ginebras más tarde, me voy a dormir.

16/12/09

carta al moderno padre burgués


viejo:

¿vos de alguna forma estarás desaprobando mi divorcio? espero que no, seguro pensarás que este problema personal que tenemos vos y yo es por otra cosa, yo creo que todos nuestros problemas están relacionados

el problema que tenemos es que no podemos hablarnos, no sabemos qué decirnos, yo sin ir más lejos ya no te puedo atender el teléfono, estoy completamente acobardado, no tengo miedo de que pase nada en especial, me asusta tener otra conversación sobre la lluvia, y gracias a Dios que tuve hijos, desde ese momento pudimos agregar un segundo tema de conversación a nuestras interacciones, porque seamos sinceros: esa es toda la relación que tenemos

y vos que sos el padre, ¿no tenés nada que ver con eso? ¿con que nuestra relación sea tan tediosa, impersonal y distante?, creo que sí, ahora que también soy padre te hago responsable: yo estoy entregado por entero y con el corazón a mis hijos, y soy absolutamente incapaz de mentir en este ámbito, pongo todo mi empeño – cada día de mi vida que les dedico – en formarlos como personas, les enseño lo mejor que puedo y con toda el alma, y prioritariamente me interesa que aprendan una sola cosa: a no sentir nunca por mi lo que yo siento por vos, porque creo que estás terrible y definitivamente equivocado

toda la vida sospeché eso, toda la vida me pregunté si estarías o no equivocado, y descubrí de manera irrefutable que si

la prueba que me permitió alcanzar esta convicción me la diste vos, no recuerdo bien cuándo pero creo que fue unos meses antes de separarme, cuando no sé en el contexto de qué conversación (y espero en el nombre del cielo que te acuerdes porque yo jamás voy a olvidármelo) me dijiste: “a partir de determinado momento me estaba llevando tan mal con tu madre, que me vi obligado, sin encontrar ningún otro remedio, a hacerme a un lado, a alejarme de ella, y por lo tanto también de ustedes”, en mi opinión de padre, y sintiendo el amor que siento por mis hijos, y gracias a ese amor, me parece que esa fue una actitud miserable, por ponerle un nombre delicado

y tan en lo cierto estoy como que no se qué despreciable espíritu de rectitud se te metió en el cuerpo, que te arrogas el derecho a huelga de paternidad, y te pasás los días sin llamarme (la última llamada fue tuya, la que no tuve el valor de atender, es cierto, me estaba reservando para desatar la tormenta presente, me disculpo), y me tengo que bancar que desde la altura moral que pretendés ocupar hagas tus viajes sin avisarme – porque ahí fue cuando dejaste de llamarme repentinamente y sin motivos aparentes: una semana antes de tu primer viaje sin avisarme, dejaste de llamar precisamente para eso, para venir sin decirme, y cuando me trajiste los chicos a casa la metiste a mi ex en el auto, manifestación absoluta de tu desinterés en mi vida, porque no encuentro otro motivo para que hicieras eso que no fuera tu voluntad de no visitarme en mi casa, si hubieras tenido algún interés en nuestra relación la hubieras dejado a ella en su casa y me hubieras dado la oportunidad de invitarte a tomar un café y charlar un rato

en ese punto me imagino que también me estarás culpando de alguna retorcida manera por lo sucedido, porque no te llamo por teléfono, porque no te llamo para tu cumpleaños, porque aparentemente yo “falté a la responsabilidad de hijo”: te recuerdo que el que fomentó una relación de distancia y desinterés entre nosotros fuiste vos, desde que tengo memoria, desde el primer momento en que te separaste de mamá, te recuerdo que nunca hiciste absolutamente nada por fomentar otro tipo de relación entre nosotros, que tu aburrimiento de padre era notable desde el primer momento, incluso para un chico de 8 años, te recuerdo que no tengo la costumbre de llamar por teléfono a extraños desconocidos que confesadamente no tienen ningún interés en mi vida, ni si quiera para sus cumpleaños, te recuerdo también que tus espantosas conversaciones sobre el clima no son desde ningún punto de vista una relación normal entre padre e hijo, esas conversaciones que durante años fue lo único que me diste (descontando los gritos cada vez que intenté hablar de otra cosa), conversaciones que ya se me hace imposible sostener

he aquí algunos efectos paradójicos del tiempo: me pasé años reservándome estas opiniones primero por cobardía, después por cuidar tu relación con mis hijos, pero recién ahora, en este último mes de silencio, pude darme cuenta de cómo funcionan todas estas cosas; y después de tantos años, ahora que finalmente veo claro y me siento capaz de soltar la lengua y explicar lo que me pasa, vengo a descubrir que no te importa, que nunca te importó, y sólo porque no te importa lo que sea de mi y de mi vida, hiciste las cosas que hiciste, y te manejaste como hemos visto

mi problema actual radica en lo siguiente: no me agrada pensar que mis hijos corren el riesgo de que les hagas a ellos lo que hiciste conmigo, y todo indica que vamos camino a eso, porque si se lo hiciste a tu propio hijo ¿qué impide que se lo hagas a ellos?, pero por el contrario, si no fueras capaz de hacérselo a ellos, si sos capaz de verdadera rectitud para con mis hijos como no lo fuiste conmigo, eso no sería nada más que otra comprobación del desamor que tuviste conmigo

aclaremos qué fue lo que hiciste: transformaste tu relación padre/hijo en una distante y fría ecuación de dinero, y en algún momento del proceso me hiciste creer que el culpable era yo (tal vez porque así descargabas un poco tu propio sentido de la culpa), y además de haber decidido un corte emocional entre vos y yo (eso según tu propia confesión ya citada), cada vez que la situación te pareció demasiado onerosa retrocediste en franca retirada, sin arredrar aún en los casos que concernían a mi educación (te agradezco haber educado más o menos a la vista a tus nuevos hijos, los hijos de tu segundo matrimonio, en quienes hiciste verdaderas “inversiones”, lo que inevitablemente me permitió establecer un notable punto de comparación)

y veo que también estás transformando en ecuaciones económicas tu relación con mis hijos: comprás ropa, zapatillas, me diste plata el día que internaron al mayor, ese fue tu “gran final”, entiendo que le diste plata a mi ex en algún momento difícil, siempre estás ahí, sos el tipo solvente que tiene para las emergencias, el gran éxito del derecho, y también el que sólo sabe llorar por la plata, te voy a contar una cosa: a mi me falta plata de verdad, que todo lo que tengo lo recibo el primero de mes y me la paso luchando para que llegue al treinta, y me la banco y soy feliz, así que no llores más porque no necesito para nada un solo peso salido de tu bolsillo, vamos a dejarlo claro (porque la última vez que hablamos esto casi te morís de un infarto y me gritaste tanto que resultó imposible hacer llegar alguna idea a tu cerebro), a mi la plata no me interesa ni remotamente como a vos, no soy ni lejanamente tan morboso con el dinero

estoy seguro de que un día mis hijos te van a parecer un hobbie muy caro, vos que los estás amaestrando en la plata, asumiendo que sólo vos podés decidir en este mundo cuánto cuestan las cosas, un día alguno te va a decir “quiero esto” y no te va a gustar el precio, y vas a salir corriendo y los vas a lastimar sin ningún cargo de conciencia, así como no la tuviste conmigo

y vas a pensar “que malos nietos que tengo, sólo se acuerdan de mí para pedirme plata”, y no vas a reconocer que nunca fuiste capaz de generar otro vínculo con ellos, porque no sabés generar otros vínculos con nadie, por lo menos con nadie que yo conozca personalmente, y esto fue lo que descubrí ahora que no tenés problema en mostrarle a mis hijos lo mal que te llevás conmigo, lo que será inevitablemente un mal ejemplo para ellos, porque nuestra pésima relación se reflejará en la relación que yo estoy construyendo con ellos, y no quiero que mis hijos registren en ningún momento una relación de padre/hijo como la que tenemos nosotros porque, como ya te dije, no quiero que sientan lo que yo siento por vos, yo los quiero de verdad, no se si sos capaz de entenderlo, yo no quiero hablar con ellos sólo del clima durante más de veinte años, no quiero que se aburran conmigo, no quiero que me vean como a un extraño, no quiero que estén lejos, quiero conocerlos, quiero conocerlos con el corazón y que sean siempre mi familia, sin un solo minuto, ni un solo minuto fuera de mi vida, y no sé si sos capaz de entender eso justo vos que pasaste años completos fuera de mi vida: yo no podría tomar jamás la decisión que tomaste vos, la decisión de alejarlos, que en definitiva es la decisión que determinó, desde entonces, todas nuestras relaciones

así es como veo las cosas, en un ámbito filosóficamente más abierto: tu personalidad toda pasa por el dinero, en términos de cantidades, tener o no tener, dar y pedir, y todo lo demás viene subordinado, incluidos la moral, yo, y por lo tanto también mis hijos que son lo importante, no me caben dudas de esto, y aún en el caso de que nunca les hagas ningún daño tangible, evidente e inmediato, considero que esta afición pecuniaria tuya es nefasta como modelo

lamentablemente me siento paralizado y no estoy de acuerdo conmigo mismo sobre cuál puede ser la solución al problema que se me plantea, hasta el momento sólo alcancé la capacidad de expresarlo, no puedo resolverlo, pero me interesa transmitírtelo como el “motivo” por el cual no te atiendo el teléfono

07/12/09

falling un love


"vivir así es imposible solo existo porque sueño con buenas noticias"
(Scott Fitzgerald)

* el desamor es una habitación fría y desapasionada, sala de espera en hospital del tercer mundo, con perro sucio y borracho semidesnudo durmiendo abrazados en el piso

* el desamor es un menú inesperado en la fiesta de despedida de un desconocido que desea librarse de nuestra presencia

* el desamor es palpar en la oscuridad el culo lleno de grasa fría y celulitis de una sexagenaria con sobrepeso y hemorroides

* el desamor es un jugador suplente que no asistió a los entrenamientos e ignora todas las jugadas

* el desamor es aterrizar en un país extraño desconociendo el idioma, sin dinero, sin equipaje, sin retorno

* el desamor es la lenta nube de polvo que levanta una estampida, y que al despejarse nos deja sorprendidos y en suspenso sobre un precipicio

* el desamor es la mano que falta de René Lavan, la pata de palo de Hugo Sofovich, cosas de las que no se habla porque no están

* el desamor es una conferencia sobre coaching y liderazgo, terapias new age y venta de libros de autoayuda, dictada por un asesor de imagen hispano-norteamericano, en la que todos los participantes morirán de soledad y aburrimiento, saturados de diapositivas y café

* el desamor es la detenida contemplación de una próstata en un frasco con formol

* el desamor es una pila de fotos, postales y cartas, en sus sobres floreados, coloridos, perfumados, escritas con letra furiosa y apretada, atadas con un lazo azul y un mechón de pelo, ardiendo en improvisada fogata; noche húmeda, patio suburbano, caserío del gran buenosaires, espectador desconcertado bajo las estrellas, se escuchan aplausos en el televisor de un vecino

* el desamor es tu cara en el espejo, pero todos los testigos aseguran que es la cara de alguien más

29/11/09

sueltos y marginales II (reciclando los estados del facebook)


1.
“Pero debo recordar que no todos los sitios oscuros necesitan luz.” Jeannette Winterson.

2.
Los cuentos de Borges son unos juguetes sofisticados para la distracción y el entretenimiento de la inteligencia. Cuando el intelecto solicita algo más que distracción y entretenimiento, no lee esos cuentos.

3.
Se puede establecer el calibre de un Gran Señor por la calidad de la miseria que distribuye a su alrededor.

4.
Bailando en una luna como vos, luna como la tuya.

5.
Derribar la fortaleza de la soledad a fuerza de orgasmos: un intento noble, heroico, valiente, inútil.

6.
Mi padre utilizaba siempre la frase: “conozco los bueyes con los que aro”. Tardíamente comprendí que la frase transformaba a la persona a quien estaba dedicada en un toro castrado.

7.
La economía personal de Rodríguez se desmoronaba vertiginosamente mientras él, incapacitado para la tarea de administrar semejante crisis, asumía el comportamiento de una vieja en un incendio: jadeaba hasta hiperventilarse y daba pequeños alaridos histéricos, saltando y agitando los puños a la altura del pecho.

8.
Dios le dio al hombre la Chispa Divina, y no encontró mejor lugar que el Agujero del Culo para metérsela. Y así es que anda el hombre como poseído por una ansiedad que lo devora.

9.
Cada vez que escucho a alguien decir de sí mismo que es un “liberal” me da un respingo en los huevos.

10.
La lucidez de lo evidente y un golpe de lucidez.

11.
Es como si el lado oscuro de la peor depresión de mi madre se divirtiera repasando su propia visión del mundo.

12.
Una jaula hecha de presencias incómodas, de conversaciones ajenas, de asuntos sin importancia, de postergaciones y días que pasan.

13.
País: sustantivo abstracto indefinible y mentalmente inabarcable que delimita la zona de influencia de los parásitos autodenominados “funcionarios públicos”. Medida a partir de la cual se decide el funcionario público de qué país tiene derecho a arruinarnos la vida.

14.
"Eclipse de amor en tus labios, que ya no me quieren besar" (Leucona).

15.
La mayoría de las mujeres eligen a sus hombres, admítanlo o no, por cuestiones de dinero. Son pocas las mujeres, las menos predecibles y las más temerarias, que no entran en aquel grupo. Estas últimas toman las decisiones basadas en su marcada tendencia personal a transitar el filo de los precipicios. Cuando empiezan a rondar la edad de treinta años, tiene por costumbre caer al vacío.

16.
dentro de tres horas y media, cuando salga de trabajar y recupere el pleno ejercicio de mi voluntad, tengo que caminar once o doce cuadras de ida, cinco o seis de vuelta, en una tarde fría y dorada, con viento, por una mar del plata llena de caras de crisis económica, para ir a pagar la factura vencida del teléfono (nunca me la enviaron, consulté al operador por teléfono y me recomendó pagar en un pagofácil presentando una serie de datos, así que es probable una discusión con la correspondiente cajera frígida e inoperante), menos mal que me fumé un faso, porque extrañarte se parece cada vez más a caer por un pozo negro y sin fondo, y nada de esto que es mi presente guarda la más mínima relación arcana con la felicidad

17.
Reconciliación: hacha que utilizan algunas mujeres para hacer leña del árbol caído.

18.
Lo bueno de tener tus propios hijos es que ahí podés desquitarte queriéndolos a ellos como de verdad hay que querer a un hijo.

19.
Lo que no me termina de entrar en la cabeza es la fijación que tenemos los occidentales con los "crímenes del Islam", como si tuviéramos la más mínima autoridad moral para alzar el dedo y apuntar al vecino. En ningún ámbito de nuestra conducta podemos encontrar la higiene de conciencia necesaria para semejante abuso de autoridad.
Y todavía estamos en deuda con ellos: miles de millones de las víctimas inocentes en las repúblicas islámicas son responsabilidad directa de las políticas de occidente (los occidentales no podemos acusarlos a ellos de nada ni remotamente parecido).

20.
El mayordomo (un televisor con patas) se acercó a la clase media y dijo: "¿qué prefiere comer hoy? ¿mierda o caca?". Y la clase media contestó: "prefiero caca, suena más decente".

21.
"Cuando hablaba olvidabas que tenía cuerpo. Era como oír el disco de un cantante que hubiera muerto hace muchos años." (Fitzgerald, a los 22 años).

22.
La masturbación es como la fe: hasta el más escéptico de los herejes hace turismo en las iglesias.

23.
Melancolía. (Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra). 1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada. 2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes. 3. f. ant. Bilis negra o atrabilis. (RAE)

24.
Tómese la vida en broma aunque sea por un rato, y al momento van a aparecer uno o dos tipos dispuestos a poner las cosas en su lugar a cualquier precio.

25.
Saltos ornamentales: caída vertiginosa desde la más alta cumbre de la virtud al más negro y pestilente abismo de los vicios.

26.
El infierno es una habitación cerrada con Karl Lagerfeld dentro.

27.
"Aviso a los no-comunistas: todo es común, incluido Dios." (Ch. Baudelaire)

28.
Ironías de la burocracia: notable similitud entre las actas de nacimiento y los certificados de defunción.

29.
existe un negocio de apuestas clandestino y muy exclusivo en el que participan únicamente multimillonarios encumbradísimos y anónimos y cuya finalidad es darse el gusto de ejecutar cuantiosísimas apuestas sobre cualquier clase de cosas y una vez al año apuestan a ver quién se gana el premio nobel de literatura y son infalibles

30.
¿Qué hacer con los optimistas? La gente que se niega a ver la realidad es intratable.

31.
Enamorarse es lo que la gente hace cuando no consigue solventarse algún hobbie más costoso.

32.
“Quejas de bandoneón”: para escuchar cuando te sientas sólo, y no tengas remedio

33.
sacó la cabeza por la ventana, el viento en los ojos, el sol picante en la piel del cuello; miró a los costados, miró para abajo, vio la soga que se agitaba y justo a tiempo oyó el grito de alerta; corrió la cabeza y el otro pasó haciendo rapel, insultándolo, condenándolo al infierno; se enojó, tronó los dedos mirando a los ojos del que se precipitaba maldiciendo, y aquel se hizo polvo en el aire y desapareció; la soga sufrió algunas convulsiones leves y después quedó ahí, colgando vacía

34.
Las chicas nos juntamos el sábado, algunas hace veinte años que no nos vemos, alquilamos un salón, contratamos un servicio de katering, un show musical, todas estrenamos vestidos de noche, va a ser una gala imperdible, me ocupó una semana completa de trabajo distribuir el cianuro en cada uno de los canapés.

35.
En este mundo donde dios le da pan a los que no tienen dientes, hay que abrir un taller de mecánica dental.

36.
Remontado a soplos sobre tus besos, salgo volando.

37.
Librería: (sust. f.) 1. Expendio de mercadería en avanzado estado de descomposición, medida con balanzas adulteradas y tasada con el criterio de la más arbitraria injusticia; 2. Espacio donde esa mercadería es adquirida por una turba de felices ignorantes afanosos de gastar dinero de la manera menos inteligente que sea posible; 3. Ámbito en el cual se excluye la presencia de la cultura universal.

38.
Nostalgia: acción de cantar a gritos canciones viejas.

15/11/09

la Bella Durmiente


“elle dit en branlant la tête, encore plus de dépit
que de vieillesse, que la princesse se percerait
la main d'un fuseau, et qu'elle en mourrait.”
Charles Perrault


Una tarde solitaria, después de haberse asegurado la infelicidad de todos los que la querían, con el wisky se tragó cincuenta pastillas y se murió.

***

Cuarenta años atrás, en el día de su nacimiento, las tías llegaron con regalos: las tres más cercanas a la familia trajeron prosperidad, salud y paz; pero la tía mala, a la que nadie había invitado, apareció dramáticamente, con la intención suprema de arruinar la fiesta. Con su voz rota de alcohol y cigarrillos, le dijo bien cerca del oído, metiendo la cara entre las sábanas de la cuna, pero con la fuerza necesaria para que todos escucharan:

– A la edad de quince años, el pinchazo de una jeringa te arrojará en manos de la desgracia más amarga y sin consuelo, y no se encontrará rescate ni salida.

Los padres, sumidos en el horror y el escándalo, expulsaron para siempre a la tía mala y se abocaron a librar de toda preocupación – y de toda jeringa – la vida de su hija. Los médicos, a pesar de estos esfuerzos paternales, no demoraron en diagnosticarle a la niña una diabetes. Hubo que adquirir cientos, miles de jeringas, y durante muchos años fueron los padres quienes la atormentaron con incansables pinchazos de diversos calibres e intensidades.

***

Cuando llegó el momento de festejar sus quince años, nadie recordaba los nefastos augurios de la tía mala. Se organizó una fiesta sin precedentes en la que mucha gente trabajó meses enteros para que resultara memorable; el banquete pantagruélico, los desfiles fastuosos, los miles de invitados, los ostentosos regalos, todo parecía salido del sueño de la princesa más delirante.

Mientras se probaba el vestido, un súbito pánico la llevó a encerrarse en el baño. No se sentía bien, sufría un notable dolor de cabeza, y descubrió que los preparativos podían continuar sin que ella ejerciera la más ínfima influencia. Con una gillette, siguiendo una novedosa llamada de la curiosidad, practicó afanosos cortes en sus propios antebrazos, también en los muslos y en las pantorrillas. Un oscuro placer brotó con la oscura sangre, y un velo denso de ensueños se precipitó sobre sus ojos.

Durante la fiesta bebió alcohol al ritmo de la música y los festejos, nadie le prestó particular atención. En cuanto se abarrotaron las pistas de baile desapareció con algunos amigos. Dejó tirado el vestido en la habitación y envuelta en una sábana negra hizo llevar botellas y velas al rincón más apartado del parque. No eran más de seis o siete entre chicos y chicas, y nunca se supo – todos se negaron a confesarlo – en qué consistió aquel festejo privado.

La agasajada volvió a su habitación pasado el mediodía, dos días más tarde; vomitó largo rato en el inodoro, hasta asegurarse de haber sacado todo lo que contuviera su estómago, mezcló con wisky o tequila un par de xanax, y llorando la mayor parte del tiempo quedó encerrada en su habitación, durante las tres semanas siguientes.

Tajos, vómitos, pastillas y encierro. En eso había terminado su infancia soñada. Nadie podía contenerla ni ayudarla. Los diversos tratamientos psicológicos se sucedían con las estaciones, apareciendo y fracasando como el auge y la caída de las modas.

Salvó la vida milagrosamente de un incendio, después de prender fuego las cortinas de su habitación. Dos veces la encontraron medio desangrada en la bañera, borracha de vino, sumergida en el agua caliente. La pérdida de peso, de pelo, de juventud y belleza era alarmante.

Su cumpleaños número veinte lo pasó aislada, incomunicada, sola. Para entonces llevaba seis meses sin pronunciar una palabra.

***

Aquel año llegó el esperado príncipe azul, y pareció ser el único capaz de sacarla de su apatía. Un romance fugaz le devolvió algo de la alegría perdida, volvió a comunicarse con el mundo, hizo algunos viajes y paseos, recuperó amigos. Los padres, en un alarde de amor y reflejos, aprovecharon la situación para desembarazarse de ella; organizaron un discreto casamiento y dos meses de luna de miel en alguna playa de centroamérica, con los gastos cubiertos.

– No soy una mujer fácil – le dijo al novio el día del casamiento – ni si quiera soy alegre o divertida.

– Nos amamos ¿qué más podemos necesitar? – contestó él, convencido – yo te voy a apoyar, y vamos a estar bien.

– No hagas promesas que no se pueden cumplir.

– Nunca hago promesas que no puedo cumplir.

***

No tenían amigos, no salían nunca, cuidaban su mascota con más esmero que a cualquiera de sus relaciones familiares, no conocían a sus vecinos, no hacían más que pasar los días juntos, lejos del mundo. Y los días se transformaron insensiblemente en años, las distancias se multiplicaron, la tristeza regresó bajo formas menos ostensibles pero más persistentes.

Se la veía menos en la casa, no hablaba y casi no comía, hasta parecía evitar los encuentros con su marido. La cama, donde la noche se estiraba cada vez más sobre las horas del día, no le daba paz ni descanso, la torturaba, le llenaba de dolores el cuerpo, la llenaba de tristezas y llantos. En pocos meses volvió a las pastillas y, con la convicción de que nadie la descubriría, escondía botellas de wisky debajo de la almohada.

El marido debía asistirla para orinar y defecar, la bañaba con una esponja varias veces por semana, le daba de comer sopas y papillas con una cuchara. Por la tarde le leía novelas de amor y dos veces al día levantaba las persianas, abría los postigos y la sometía a la tortura de la luz. La imposibilidad de sacarla de su cueva, de arrancarla de las sábanas, los reproches desgarrados de su mujer, la carga de culpabilidad, de impotencia, le dieron a conocer una nueva dimensión de frustraciones cotidianas, llena de amarguras y derrotas. Discutían en un tono que se elevaba ostensiblemente. Llegó a pegarle para sacarla de la cama, y después le pegó por provocarse el vómito una tarde, también le pegó cuando ella lo escupió y le adjudicó todas las responsabilidades. Ella era un pozo negro y sin fin que absorbía todo lo que encontraba a mano.

Se marchitaban como el jardín abandonado de una imponente mansión, vegetación en manos del tiempo, azotada por el clima, olvidada. El espectáculo del matrimonio era triste como lo sería el espectáculo de ese jardín, visto con los ojos del jardinero que lo cultivara durante años y que al final, viejo y solo, ya no tiene fuerza para cuidarlo. Tras un brevísimo apogeo de mediana felicidad, los dos veían el avance de la decadencia, se sentían impotentes y el desprecio los embargaba.

Era imposible saber quién ejercía mayor peso gravitatorio en aquel descenso al infierno. Las botellas que ella no podía ocultar, él se las arrancaba de las manos para beberlas en el baño. Compartían las pastillas para dormir, compartían las sesiones de terapia, las noches de gritos y llanto, el miedo y el resentimiento mutuo. Él la amenazaba con irse para siempre, ella lo amenazaba con suicidarse.

– Me voy una semana – dijo él, resuelto, una tarde – necesito un poco de aire fresco. Hace años que no sé nada de mis padres.

– Me voy a matar – contestó ella, la voz salía de lo profundo de la cama, en la oscuridad de la habitación, que lo mismo fuera el sepulcro.

– Me voy una semana, no me importan tus amenazas, así no podemos seguir, te voy a terminar matando yo.

– No podés matarme – dijo tranquilamente, y después agregó, destacando cada palabra – sos un cobarde.

***

A la vuelta de ese viaje la encontró muerta en la habitación. En la nota que había dejado, hacía responsable de su muerte a sus padres, a las tres tías buenas y a su marido. A él un poco de aire fresco le había hecho bien, y creyó que aquella muerte lo llenaría de alegría.

La redacción del epitafio corrió por cuenta de la tía mala: “Aquí duerme su sueño la bella durmiente, no buscó piedad ni compasión, nadie recuerda su nombre”.

10/11/09

Andrés en el infierno


1.
Lo nuevo duele. Todas las cosas que cambian son dolorosas. Pero hablo nada más que de los verdaderos cambios, de las cosas distintas, radicalmente distintas, que se presentan súbitas. La aparición de un contexto desconocido en reemplazo inmediato del contexto precedente, sin el convenio de nuestra voluntad, nos pone en situación de añorar el pasado por triste contraste con el presente, sin más consuelo que adaptarnos a todas las desavenencias que se hayan presentado.

Un triste y olvidado comerciante al minoreo de mercaderías prescindibles, puede verse obligado de poner a prueba los más exigentes límites de la tolerancia humana, si la guerra se desencadena sobre su vida en nombre de lejanas burocracias internacionales. En cualquier otra ocasión no hubiera pasado de mediocre pero ahora, en el más profundo abismo del dolor y la desesperanza, no le queda más remedio que brillar como sólo puede brillar un ser humano exigido al máximo de sus fuerzas físicas e intelectuales.

Algo como lo que dice Nietzsche, que el hombre sólo saca lo mejor de sí mismo cuando se involucra en las peores situaciones, que sólo la exigencia más violenta obtiene lo mejor que una persona puede dar. Tampoco puede ser tan terrible. Hay demasiados ejemplos de gente satisfecha que igualmente alcanza simas altísimas.

Involucrado en el infierno, nadie sufre verdaderamente del calor. Lo intolerable es quemarnos el pulgar cualquier tarde de un otoño frío. Cuando los cambios se producen, cuando las nuevas situaciones nos arrastran, no somos concientes de lo que sucede. Pasarán años antes de que podamos comprender lo sucedido, antes de que podamos medir los alcances de sus secuelas. Y finalmente tendremos todas las respuestas, que nunca serán ni remotamente parecidas a las que imaginábamos al principio.

A los seis años un chico lleva no más de tres o cuatro hablando su idioma materno, no tiene caligrafía, su propio cuerpo está apenas explorado por sí mismo, el universo que lo rodea es un sistema indiscutible de eventos imperturbables, y ese sistema y la autoridad que lo instituye emanan natural y previsiblemente de papá y de mamá. El sistema que mamá y papá habían construido para Andrés respondía al ideal de hace unos treinta años atrás, según el modelo de una clase media de burgueses sin ninguna conciencia política. Neutros. Andrés había nacido, a mediados de los ’70, entre ese grupo de tristes argentinos que rigieron sus inteligencias al son del epigrama máximo: “no te metás”.

El papá de Andrés se tomaba una botella de whisky cada tarde, sentado en un sillón del comedor, mientras caía el sol detrás de las cortinas blancas que cubrían dos amplios y luminosos ventanales. La mamá de Andrés acababa de pasar de las manos de su propio padre a las manos de su marido, y no había percibido ninguna diferencia en el orden natural de su universo personal.

Los abuelos maternos de Andrés habían cedido su propia casa a la nueva pareja. Para sí mismos habían construido un pequeño departamento en el fondo. Pero pronto dejaron de incomodar. El abuelo murió por una mala extracción de tejido pulmonar, complicada por la diabetes. La abuela se pegó un tiro algunos años más tarde.

La mamá de Andrés heredó la casa, con el departamentito recién construido en el fondo, también un auto, y seis o siete locales comerciales que el abuelo alquilaba a distintos comerciantes. Eso y un gran local que junto con el Papá de Andrés habían constituido en su propio estudio. Los dos eran abogados.

Para cuando Andrés cumplió los seis años ya no guardada ninguna memoria de sus abuelos, cursaba su primer grado en un colegio de curas del barrio y tenía un hermano tres años y medio menor que él, que se llamaba Hernán. Andrés se sentía responsable por su hermano, al punto de sentirse autorizado a tomar cualquier tipo de decisiones en su nombre. Su hermano apenas comenzaba a hablar.

Una de las formas educativas más influyentes, y a la vez una de las influencias más nefastas, en la constitución de su psiquis profunda fueron los paseos de compras con su madre. Largas y tediosas sesiones de adoctrinamiento sobre el valor del dinero, sobre dónde gastarlo y sobre en qué valía la pena gastarlo. El papá de Andrés no hacía grandes aportes a su desarrollo personal: además de tomar whisky en el comedor, trabajaba mucho afuera de la casa (se dedicaba a “hacer tribunales”), y los fines de semana lavaba el auto, preparaba ocasionalmente algún asado, leía el Clarín. Algunas veces invitaba a Andrés a pelotear en el patio: se pateaban mutuamente una pelota a lo largo de un piso de lajas negras, hasta que alguno de los dos se aburría y pedía permiso para ir al baño.

Ya desde aquel momento supo Andrés que nunca lograría alcanzar con su padre la intimidad incipiente que sentía en presencia de su madre. Para él su mamá era su hogar, y su papá un visitante ilustre. Sólo fuera de la casa esto cambiaba un poco. El papá de Andrés viajaba mucho los fines de semana. Le gustaba pescar y siempre lo llevaba a Andrés, nunca a su hermano, lo que para Andrés era motivo de mezquino orgullo. Durante esos viajes la realidad aparecía tamizada por la mirada del padre. Y sólo viajando en esas ocasiones Andrés se sentía cómodo con él.


2.
Cuando un Andrés ya maduro y con sus propios hijos de cuatro o cinco años se separase de su propia mujer, quedaría para siempre establecida la duda que presentan todas las simetrías: ¿dependen las cosas del azar, de nuestra voluntad, de la voluntad de alguien más? Pero a los seis, cuando sus padres se separaron, Andrés no podía medir los alcances de lo que estaba sucediendo. La realidad estaba dando un vuelco, sin consultarlo, y tendría que adaptarse sin importar cuánto rechazo sintiera por la nueva situación. Pero no sintió ningún rechazo. La nueva situación pareció en aquel momento un enorme alivio, un montón de nudos desatándose en algún rincón oscuro, remanso y clama.

Recibió una gruesa y abundante información en lo referente al término “divorcio”. Papá y mamá “se están divorciando”. Todos parecían muy interesados en dejar bien en claro lo que esto quería decir, en lograr que Andrés comprendiera la expresión en todos sus alcances y restricciones. En un primer momento Andrés comprendió esto: Papá y mamá ya no se quieren, pelean mucho, incluso se llevan muy mal y los hace muy infelices vivir juntos, y a causa de esa infelicidad la conviviencia general es horrible, angustiosa y está plagada de resignaciones, malos tonos y malos tratos; los dos buscan denodadamente una manera más efectiva de ser felices y han convenido en que la solución es cortar entre ellos todos los vínculos materiales que los unen, ya que los vínculos emocionales hace tiempo que dejaron de existir; para concretar todos estos anhelos decidieron que papá se mude a otra casa. Andrés estaba por completo de acuerdo con el planteo. Mucho tiempo después descubriría que la situación general era otra: papá estaba harto de mamá, de sus hijos, de la casa, de su propia vida en general, y se iba sin consultarlo mucho con nadie, aunque su cobardía le impidió reconocerlo abiertamente, y se dedicó a montar una larga tirada de excusas, acreditando varias falsas culpas en el balance de mamá; papá quería hacerse a un lado y nada más.

El papá de Andrés salió a las corridas de su vida, sin olvidarse de llevar una buena tajada del capital familiar: reuniendo los fondos ahorrados al dinero producido por la venta de un par de propiedades (de mamá), una lancha y dos autos (comprados en común), papá pudo comprarse una casa y un auto propio, dos posesiones a las que apenas había aspirado, y que probablemente nunca hubiera logrado por sus propios medios, además de un local acomodado para establecer su estudio.

Andrés podría haber pensado que semejantes pérdidas económicas bien pagaban el poner fuera de alcance a su papá. No estaba enterado de todos estos entretelones financieros, dejaba que la tranquilidad general lo invadiera, inaugurando una desconocida sensación de libertad y comodidad. Sabía perfectamente que comenzaba una nueva etapa de su vida caracterizada por una más completa conciencia personal. Estas sensaciones tan complacientes se interrumpían ocasional pero sistemáticamente: todos los miércoles por la tarde y fin de semana por medio caía en el más oscuro pozo que se hubiera horadado jamás en las profundas vetas del aburrimiento. Visitaba la casa de papá.

Y el papá de Andrés, para aderezar esas visitas, adquirió nuevos gustos: veía televisión sin que nadie que no fuera él determinara la programación (capítulos viejos de la serie “Combate”, fútbol, carreras de autos, partidos de golf), hacía pequeños arreglos en la casa, pedía comida por teléfono, se reunía con su socio, su madre (la abuela paterna), su hermana (la tía Mirta) y su cuñado a jugar al póquer los sábados a la noche, seguía tomando unos cuantos wiskys todas las tardes, pero ahora para disfrutarlos mejor se alquilaba dos o tres películas de James Bond en VHS.

En ese mismo momento, la que fuera años atrás su novia de colegio, se estaba separando de la única pareja que se le conociera (además del papá de Andrés, en un pasado remotísimo). Ella y su novio vivían juntos, pero él decidió dejarla para seguir su vocación: cursaría el seminario, haría votos de castidad, y se convertiría en sacerdote de la iglesia católica. El papá de Andrés la reencontraría en circunstancias que Andrés nunca llegó a conocer y la convertiría en su segunda esposa y madre de sus siguientes tres hijos.

Ciegamente dedicado a ganar dinero, el papá de Andrés conoció, desde entonces, una vida próspera y tranquila, que decidió no compartir con los hijos de su primer matrimonio.


3.
La mamá de Andrés dedicó los siguientes doce o trece años de su vida a mantener, e incluso mejorar, el nivel de vida de su menguada familia. Puso en esto todo su cuerpo y su alma, y al final sucumbió a una crisis depresiva que la arrastró a la más triste de las indolencias, sin lograr recuperarse jamás. Los padres de Andrés pusieron en evidencia, aunque él tardaría muchos años en percibirlo, una enfermiza y lamentable relación con la verdad y con el dinero.

La mamá de Andrés no tardó en convocar un candidato para ocupar el puesto vacante en su vida. El sujeto designado ya mantenía ciertas relaciones con ella incluso un año antes del divorcio, y el papá de Andrés lo sabía, su mujer nunca se lo había ocultado. Ella le había pedido la separación y él a cambio le pidió esperar un año, con la esperanza de “arreglar las cosas”. Ella aceptó pero le aclaró que estaba “viendo” a otra persona. Él aceptó las “condiciones”.

Un año y medio después de aquella conversación, llegaba a la casa de Andrés el segundo marido de su mamá. El clima general de la casa no se alteró mucho, apenas se volvieron un poco incómodas ciertas situaciones, determinados momentos del día, algunos tonos al hablar y un incremento en la discreción promedio. Pero el marido de mamá era un tipo macanudo, agradable, accesible, con gustos en apariencia sencillos (o sencillos desde su punto de vista) y sincero y directo en el diálogo. Según Schirer, así era también Goëring si se lo comparaba con la personalidad de Hitler, así era percibido por el pueblo Alemán, como un tipo campechano y simpático. La pequeña variación de escala que se generó con este ingreso fue creciendo con el tiempo, estimulada por la creciente fiebre laboral de la mamá de Andrés, y finalmente aumentada por la depresión hasta convertirla en un abismo entre todas las partes de aquella sociedad involuntaria.