11/11/09

Andrés en el infierno


1.
Lo nuevo duele. Todas las cosas que cambian son dolorosas. Pero hablo nada más que de los verdaderos cambios, de las cosas distintas, radicalmente distintas, que se presentan súbitas. La aparición de un contexto desconocido en reemplazo inmediato del contexto precedente, sin el convenio de nuestra voluntad, nos pone en situación de añorar el pasado por triste contraste con el presente, sin más consuelo que adaptarnos a todas las desavenencias que se hayan presentado.

Un triste y olvidado comerciante al minoreo de mercaderías prescindibles, puede verse obligado de poner a prueba los más exigentes límites de la tolerancia humana, si la guerra se desencadena sobre su vida en nombre de lejanas burocracias internacionales. En cualquier otra ocasión no hubiera pasado de mediocre pero ahora, en el más profundo abismo del dolor y la desesperanza, no le queda más remedio que brillar como sólo puede brillar un ser humano exigido al máximo de sus fuerzas físicas e intelectuales.

Algo como lo que dice Nietzsche, que el hombre sólo saca lo mejor de sí mismo cuando se involucra en las peores situaciones, que sólo la exigencia más violenta obtiene lo mejor que una persona puede dar. Tampoco puede ser tan terrible. Hay demasiados ejemplos de gente satisfecha que igualmente alcanza simas altísimas.

Involucrado en el infierno, nadie sufre verdaderamente del calor. Lo intolerable es quemarnos el pulgar cualquier tarde de un otoño frío. Cuando los cambios se producen, cuando las nuevas situaciones nos arrastran, no somos concientes de lo que sucede. Pasarán años antes de que podamos comprender lo sucedido, antes de que podamos medir los alcances de sus secuelas. Y finalmente tendremos todas las respuestas, que nunca serán ni remotamente parecidas a las que imaginábamos al principio.

A los seis años un chico lleva no más de tres o cuatro hablando su idioma materno, no tiene caligrafía, su propio cuerpo está apenas explorado por sí mismo, el universo que lo rodea es un sistema indiscutible de eventos imperturbables, y ese sistema y la autoridad que lo instituye emanan natural y previsiblemente de papá y de mamá. El sistema que mamá y papá habían construido para Andrés respondía al ideal de hace unos treinta años atrás, según el modelo de una clase media de burgueses sin ninguna conciencia política. Neutros. Andrés había nacido, a mediados de los ’70, entre ese grupo de tristes argentinos que rigieron sus inteligencias al son del epigrama máximo: “no te metás”.

El papá de Andrés se tomaba una botella de whisky cada tarde, sentado en un sillón del comedor, mientras caía el sol detrás de las cortinas blancas que cubrían dos amplios y luminosos ventanales. La mamá de Andrés acababa de pasar de las manos de su propio padre a las manos de su marido, y no había percibido ninguna diferencia en el orden natural de su universo personal.

Los abuelos maternos de Andrés habían cedido su propia casa a la nueva pareja. Para sí mismos habían construido un pequeño departamento en el fondo. Pero pronto dejaron de incomodar. El abuelo murió por una mala extracción de tejido pulmonar, complicada por la diabetes. La abuela se pegó un tiro algunos años más tarde.

La mamá de Andrés heredó la casa, con el departamentito recién construido en el fondo, también un auto, y seis o siete locales comerciales que el abuelo alquilaba a distintos comerciantes. Eso y un gran local que junto con el Papá de Andrés habían constituido en su propio estudio. Los dos eran abogados.

Para cuando Andrés cumplió los seis años ya no guardada ninguna memoria de sus abuelos, cursaba su primer grado en un colegio de curas del barrio y tenía un hermano tres años y medio menor que él, que se llamaba Hernán. Andrés se sentía responsable por su hermano, al punto de sentirse autorizado a tomar cualquier tipo de decisiones en su nombre. Su hermano apenas comenzaba a hablar.

Una de las formas educativas más influyentes, y a la vez una de las influencias más nefastas, en la constitución de su psiquis profunda fueron los paseos de compras con su madre. Largas y tediosas sesiones de adoctrinamiento sobre el valor del dinero, sobre dónde gastarlo y sobre en qué valía la pena gastarlo. El papá de Andrés no hacía grandes aportes a su desarrollo personal: además de tomar whisky en el comedor, trabajaba mucho afuera de la casa (se dedicaba a “hacer tribunales”), y los fines de semana lavaba el auto, preparaba ocasionalmente algún asado, leía el Clarín. Algunas veces invitaba a Andrés a pelotear en el patio: se pateaban mutuamente una pelota a lo largo de un piso de lajas negras, hasta que alguno de los dos se aburría y pedía permiso para ir al baño.

Ya desde aquel momento supo Andrés que nunca lograría alcanzar con su padre la intimidad incipiente que sentía en presencia de su madre. Para él su mamá era su hogar, y su papá un visitante ilustre. Sólo fuera de la casa esto cambiaba un poco. El papá de Andrés viajaba mucho los fines de semana. Le gustaba pescar y siempre lo llevaba a Andrés, nunca a su hermano, lo que para Andrés era motivo de mezquino orgullo. Durante esos viajes la realidad aparecía tamizada por la mirada del padre. Y sólo viajando en esas ocasiones Andrés se sentía cómodo con él.


2.
Cuando un Andrés ya maduro y con sus propios hijos de cuatro o cinco años se separase de su propia mujer, quedaría para siempre establecida la duda que presentan todas las simetrías: ¿dependen las cosas del azar, de nuestra voluntad, de la voluntad de alguien más? Pero a los seis, cuando sus padres se separaron, Andrés no podía medir los alcances de lo que estaba sucediendo. La realidad estaba dando un vuelco, sin consultarlo, y tendría que adaptarse sin importar cuánto rechazo sintiera por la nueva situación. Pero no sintió ningún rechazo. La nueva situación pareció en aquel momento un enorme alivio, un montón de nudos desatándose en algún rincón oscuro, remanso y clama.

Recibió una gruesa y abundante información en lo referente al término “divorcio”. Papá y mamá “se están divorciando”. Todos parecían muy interesados en dejar bien en claro lo que esto quería decir, en lograr que Andrés comprendiera la expresión en todos sus alcances y restricciones. En un primer momento Andrés comprendió esto: Papá y mamá ya no se quieren, pelean mucho, incluso se llevan muy mal y los hace muy infelices vivir juntos, y a causa de esa infelicidad la conviviencia general es horrible, angustiosa y está plagada de resignaciones, malos tonos y malos tratos; los dos buscan denodadamente una manera más efectiva de ser felices y han convenido en que la solución es cortar entre ellos todos los vínculos materiales que los unen, ya que los vínculos emocionales hace tiempo que dejaron de existir; para concretar todos estos anhelos decidieron que papá se mude a otra casa. Andrés estaba por completo de acuerdo con el planteo. Mucho tiempo después descubriría que la situación general era otra: papá estaba harto de mamá, de sus hijos, de la casa, de su propia vida en general, y se iba sin consultarlo mucho con nadie, aunque su cobardía le impidió reconocerlo abiertamente, y se dedicó a montar una larga tirada de excusas, acreditando varias falsas culpas en el balance de mamá; papá quería hacerse a un lado y nada más.

El papá de Andrés salió a las corridas de su vida, sin olvidarse de llevar una buena tajada del capital familiar: reuniendo los fondos ahorrados al dinero producido por la venta de un par de propiedades (de mamá), una lancha y dos autos (comprados en común), papá pudo comprarse una casa y un auto propio, dos posesiones a las que apenas había aspirado, y que probablemente nunca hubiera logrado por sus propios medios, además de un local acomodado para establecer su estudio.

Andrés podría haber pensado que semejantes pérdidas económicas bien pagaban el poner fuera de alcance a su papá. No estaba enterado de todos estos entretelones financieros, dejaba que la tranquilidad general lo invadiera, inaugurando una desconocida sensación de libertad y comodidad. Sabía perfectamente que comenzaba una nueva etapa de su vida caracterizada por una más completa conciencia personal. Estas sensaciones tan complacientes se interrumpían ocasional pero sistemáticamente: todos los miércoles por la tarde y fin de semana por medio caía en el más oscuro pozo que se hubiera horadado jamás en las profundas vetas del aburrimiento. Visitaba la casa de papá.

Y el papá de Andrés, para aderezar esas visitas, adquirió nuevos gustos: veía televisión sin que nadie que no fuera él determinara la programación (capítulos viejos de la serie “Combate”, fútbol, carreras de autos, partidos de golf), hacía pequeños arreglos en la casa, pedía comida por teléfono, se reunía con su socio, su madre (la abuela paterna), su hermana (la tía Mirta) y su cuñado a jugar al póquer los sábados a la noche, seguía tomando unos cuantos wiskys todas las tardes, pero ahora para disfrutarlos mejor se alquilaba dos o tres películas de James Bond en VHS.

En ese mismo momento, la que fuera años atrás su novia de colegio, se estaba separando de la única pareja que se le conociera (además del papá de Andrés, en un pasado remotísimo). Ella y su novio vivían juntos, pero él decidió dejarla para seguir su vocación: cursaría el seminario, haría votos de castidad, y se convertiría en sacerdote de la iglesia católica. El papá de Andrés la reencontraría en circunstancias que Andrés nunca llegó a conocer y la convertiría en su segunda esposa y madre de sus siguientes tres hijos.

Ciegamente dedicado a ganar dinero, el papá de Andrés conoció, desde entonces, una vida próspera y tranquila, que decidió no compartir con los hijos de su primer matrimonio.


3.
La mamá de Andrés dedicó los siguientes doce o trece años de su vida a mantener, e incluso mejorar, el nivel de vida de su menguada familia. Puso en esto todo su cuerpo y su alma, y al final sucumbió a una crisis depresiva que la arrastró a la más triste de las indolencias, sin lograr recuperarse jamás. Los padres de Andrés pusieron en evidencia, aunque él tardaría muchos años en percibirlo, una enfermiza y lamentable relación con la verdad y con el dinero.

La mamá de Andrés no tardó en convocar un candidato para ocupar el puesto vacante en su vida. El sujeto designado ya mantenía ciertas relaciones con ella incluso un año antes del divorcio, y el papá de Andrés lo sabía, su mujer nunca se lo había ocultado. Ella le había pedido la separación y él a cambio le pidió esperar un año, con la esperanza de “arreglar las cosas”. Ella aceptó pero le aclaró que estaba “viendo” a otra persona. Él aceptó las “condiciones”.

Un año y medio después de aquella conversación, llegaba a la casa de Andrés el segundo marido de su mamá. El clima general de la casa no se alteró mucho, apenas se volvieron un poco incómodas ciertas situaciones, determinados momentos del día, algunos tonos al hablar y un incremento en la discreción promedio. Pero el marido de mamá era un tipo macanudo, agradable, accesible, con gustos en apariencia sencillos (o sencillos desde su punto de vista) y sincero y directo en el diálogo. Según Schirer, así era también Goëring si se lo comparaba con la personalidad de Hitler, así era percibido por el pueblo Alemán, como un tipo campechano y simpático. La pequeña variación de escala que se generó con este ingreso fue creciendo con el tiempo, estimulada por la creciente fiebre laboral de la mamá de Andrés, y finalmente aumentada por la depresión hasta convertirla en un abismo entre todas las partes de aquella sociedad involuntaria.

09/11/09

esta tarde y ninguna otra*


dentro de tres horas y media, cuando salga de trabajar y recupere el pleno ejercicio de mi voluntad, tengo que caminar once o doce cuadras de ida, cino o seis de vuelta, en una tarde fría y dorada, con viento, por una mar del plata llena de caras de crisis económica, para ir a pagar la factura vencida del teléfono (nunca me la enviaron, consulté al operador por teléfono y me recomendó pagar en un pagofácil presentando una serie de datos, así que es probable una discución con la correspondiente cajera frígida e inoperante), menos mál que me fumé un faso, porque extrañarte se parece cada vez más a caer por un pozo negro y sin fondo, y nada de esto que es mi presente guarda la más mínima relación arcana con la felicidad

* la imagen que acompaña este post corresponde a la Avenida Colón, en la ciudad de Mar del Plata

08/11/09

confesión (autorretrato inmediato II)


a la noche leo acostado en la cama, pero cuando leo durante el día lo hago de pié, incluso caminando, tomo mate en la cocina y me muevo con el libro en la mano, a veces cobro conciencia repentinamente del cansancio, especialmente en las piernas, causado por el trabajo de ocho horas desgraciadas de cada uno de los días de mi vida, y ahí me ordeno depositar mi cuerpo en un sillón verde que tengo, para seguir leyendo, pero esto me pasa cada vez menos (a veces leo acostado en la plaza, tomando mate, o en la playa, cuando hace calor y hay buen sol), ese rato de lectura me redime, me recupera para mí mismo, justifica el paso lento y vertiginoso de cada minuto, no se juntan dos días seguidos en los que ese rato no se presente

cuando leo devoro las horas, no hay día en el que no abra, en consideración exclusiva de mi propio interés – eso no lo pueden decir muchos – entre diez y doce libros, algunos los leo en pocas horas, todo el tiempo que se le perdió a Proust yo lo encontré en cuatro noches arrancando después de cenar y sin llegar nunca dos minutos tarde al trabajo por la mañana, y me enorgullece compartir con Fitzgerald y kerouac la idea de que no es un verdadero escritor quien no haya leído a Proust

cuando una encuesta pregunta:
“¿Cuántos libros lee al mes?
A- ninguno
B- 1
C- 5
D- 10
E- más de 10”
me río de la pregunta, de la gente interesada en la respuesta, de la gente que la responde

leyendo, especialmente cuando leo parado, se me juntan unas palabras en la cabeza, y me pregunto si tienen fondo, de qué lugar vienen, les pido credenciales, y si las tienen me fijo para adelante, ¿a dónde van? me pregunto, esperando que puedan llegar muy lejos, si el examen es satisfactorio dejo el libro y escribo en un cuaderno, ahora tengo el hábito de escribir en la computadora, pero siempre estoy tomando notas en papel, necesito renglones largos porque escribo con una letra redonda y enorme que ocupa mucho espacio, escribo cada vez más apurado y resisto en el ámbito del papel todo lo que puedo, hasta que las ideas empiezan a estirarse demasiado, y ahí me paso a la computadora, esto quiere decir que además de leer parado, empiezo a escribir parado también, en mi cuaderno de renglones anchos

escribir es una forma muy específica de la felicidad, irónicamente intransmisible por medio del lenguaje

tengo épocas en las que escribo poesía, y después se me da vuelta la cabeza y sólo me sale prosa, a partir de ahí la poesía se convierte en otro idioma, no la entiendo ni como lectura, soy incapaz de descifrarla, pienso y sueño en prosa, registro y proceso toda la realidad en formatos desconocidos para el verso, tengo un ataque adolescente en mi glándula de la lógica (entiéndase: una lógica personal que no encuentra adaptación alguna en el marco de la realidad, pero que tampoco es compatible con la poesía), algunas de mis propias ideas, ocasionalmente, me ha dado motivos para la persistencia

una de las cosas que encuentro más agradables, a la altura misma del placer sexual, del placer de las drogas, del placer que se alcanza al obtener el más rotundo éxito en esta vida, es leer en voz alta, placer que encontré en dos únicas ocasiones considerando la influencia definitoria que ejerce sobre este punto el contexto: leyendo en voz alta para mis hijos, y leyendo en vos alta para una absoluta desconocida de la que estoy enamorado

a mis hijos podré infligirles estas lecturas el tiempo que me plazca, hasta que sean físicamente capaces de impedírmelo a puñetazos, la otra forma de este placer me ha sido vedada a partir de hoy

04/11/09

la bella y la bestia


Érase una vez un príncipe hermoso y joven, de excelentes modales y perfecta caballerosidad, inteligente, cuyo fino humor y buen carácter eran famosos entre las familias más encumbradas; el príncipe de esta historia vivía en el palacio de sus antepasados saturado por el lujo y el confort.

Una imprecisa trama de casualidades desembocó en el casamiento de este príncipe con la hermosa hija de un comerciante local. El matrimonio, nacido de un idilio de amor romántico, lleno de promesas de felicidad y prosperidad, dio comienzo entre agradables aventuras e intensas alegrías.

Con el paso de los años, la bella y joven esposa perdió un poco la línea y la nobleza de su figura como consecuencia de tres embarazos consecutivos. Los niños, muy mal criados en un ambiente de abundancia sin límites, adquirieron la costumbre de berrear y hacer dramáticas pataletas sólo por el gusto de fastidiar a sus padres.

El príncipe resultó un muy mal administrador de los bienes heredados, tal vez por no haberse enfrentado jamás a la necesidad de hacer el esfuerzo de adquirirlos. No demoró en presentarse la necesidad de trabajar para vivir, lo que desmoronó el frágil equilibrio de su felicidad, como una ráfaga de viento que tira por el piso un castillo de cartas. Por aquella época aparecieron las máquinas tragamonedas en las casas de bingos (una reprochable política del estado y la administración de Loterías y Casinos), y a estas máquinas destinaba el total de sus ganancias el príncipe de nuestra historia. Cuando el dinero se evaporaba en el juego, el príncipe recurría al alcohol para tranquilizar sus nervios y correr un velo que lo separara de las quejas de su esposa y sus hijos. La otrora bella joven, ahora una gruesa y desilusionada madre que se empleaba en un local de comidas rápidas para poder afrontar los gastos del supermercado, se desahogaba llorando profusamente todas las noches. Como era predecible, pronto fueron notorias las sórdidas historias que involucraban al príncipe con otras mujeres.

Recurrió el príncipe a los extremos de hipotecar, y luego malvender, sus propiedades. El procedimiento le trajo breves remansos de calma que desembocaron en indescriptibles huracanes de frustración y amargura. No muchos años más tarde, la familia se encontraba en la más absoluta bancarrota y abrumada por las deudas.

Al trágico matrimonio no le demandó ningún esfuerzo convertirse en una reunión de ilustres desconocidos cuyo único vínculo era la desgracia y el techo compartido. La presencia de los hijos completaba un escenario en el cual abundaban los desencuentros. Ella intentó recuperar el amor perdido y una tarde, tras adquirir la triste conciencia del tiempo transcurrido sin mirarse mutuamente a los ojos, buscó a su marido para besarlo. Lo que descubrió fue que el príncipe había desaparecido, y en su lugar una bestia ignominiosa y abominable se presentó para molerla a golpes y dejarla inconsciente en el piso del baño.

El príncipe, o la bestia que ahora ocupaba su lugar, ciego y borracho pero con frialdad y sin ninguna vacilación, cargó un arma y disparó contra sus hijos mientras dormían. Prendió fuego la casa y luego, mientras las llamas se le acercaban, se pegó un tiro.

26/10/09

Método infalible para despertarse por la mañana.


En primer lugar consígase un hijo. Sobre cómo conseguir hijos intentaremos desarrollar un “método infalible” posterior, pero mientras tanto deberá conformarse con la información que pueda googlear o reunir a traves de parientes y amigos.

Una vez obtenido el hijo necesario, el método puede aplicarse desde el primer día de su nacimiento (de usted no, del nacimiento de su hijo) hasta el último día que duerman bajo el mismo techo. Con el paso del tiempo sólo deberá aprender a ocultar con esmero un reloj despertador. El otro requisito para la puesta en práctica efectiva del presente método es un buen par de relojes despertadores.

Active su reloj despertador para que suene a la hora que lo desee, y coloque un segundo reloj despertador, preparado para sonar cinco minutos más tarde, junto a la cama de su hijo. Cuando su hijo sea pequeño, digamos durante los primeros tres años de vida (lo que podemos denominar período introductorio o “etapa de Pavlov”) usted desarrollará el reflejo condicionado de correr hacia el despertador próximo a su hijo para detenerlo, y así se despertará infaliblemente por la mañana. La posibilidad de que no llegue a tiempo será oprobiosa, como usted mismo podrá comprobarlo en cuanto ponga en marcha este sistema.

Es necesario aclarar que el presente método requiere, de quien pretenda utilizarlo, un determinado espíritu conspirativo, una mentalidad de autoboicot que desprecie el valor de lo que se pone en juego. Voluntad de traicionarse a sí mismo y unos nervios de acero.

Superados los años iniciales y a medida que su hijo cobre conciencia de la realidad, procure ocultar el despertador que decida (sin solicitar ningún consentimiento) imponerle. No proporcione a su hijo la posibilidad de decidir democráticamente sobre su participación en este método. Y ocúltelo con esmero. Las consecuencias de su descubrimiento pueden ser cada vez más catastróficas a medida que pasan los años y se desarrolla la masa muscular de su prole.

24/10/09

Freak show


La marihuana que le consiguió Lucio estaba seca, vieja, incapaz de producir ningún tipo de efecto en su organismo. Fumaba sin parar desde hacía varias horas y apenas estaba un poco aturdido, como si le hubiera bajado la presión, disperso. Prendió la televisión.

t.v.: Trixie sacude sus tetas de cinco mil dólares al sol de una mañana en Los Ángeles (o algún lugar por el estilo, muy norteamericano, estupidez multiprocesada), va dando saltitos cortos alrededor de una terraza luminosa, la mansión tiene un parque con palmeras y al fondo se ve el mar, llegan dos amigos de Trixie, tatuados, cargados con gruesos collares, ropa holgada, elegante y poco espontánea, toman cerveza y hablan conspirativamente, una ventana deja ver sobre el piso, en el interior, las piernas de Tam, amiga de Trixie, inconsciente por el alcohol ingerido la noche anterior.

Escena bucólica: bikini open escatológico, sin perder el protocolo impuesto a los machos quienes, a pesar de disponerse a perder el alma en el vicio, lo acatan. Al rayo del más crudo sol, con ruido de olas y fondo de surf, sobre la arena caliente, detrás de una soga se agita una compacta masa de muchachos que beben alcohol como si fueran a morir por deshidratación, trepándose unos sobre otros, gritan cosas incomprensibles, saltan y se les ponen las caras rojas, la soga que los contiene establece el límite determinado para el público por las cámaras de televisión, sobre la pasarela de goma blanca se ven las sombras de un inquieto camarógrafo y un conductor que se asoma a un ángulo de la pantalla, en el centro Trixie agita sus tetas de cinco mil dólares y preciosos pezones tostados, sonríe con naturalidad paseando de la mano de un ser anónimo, detrás llega Tam hipnotizada, viene en tetas, preciosas tetas, y lleva la tanga por las rodillas, prodigando generosamente el culo y la concha afeitada diseñada por un cirujano con alma de pornógrafo, sonríe, nadie le sostiene la mano, la cámara se detiene en ella muchas veces.

Se produce la noche y una manada de adultos recientes, borrachos y con los genitales excitados, baila y se frota sobre una superficie irregular que los exhibe a todos fantásticamente superpuestos, están muy borrachos y beben alcohol sin conmiseración, transpiran y una cantidad están desnudos, se besan y se manosean, los hombres muchas veces aparecen en grupos apartados, destacan las chicas, Trixie ocupa un rincón luminoso, siempre compartiendo con el público esas lindas tetas, Tam lleva un buen rato fuera de cámara comiéndole la pija al productor del reality show, éxtasis y marihuana.

Apagó la televisión, escuchó el silencio algunos momentos, fumó la marihuana vieja que le vendió Lucio (ahora le parecía excesivamente sobrevaluada) y al rato se durmió.

22/10/09

autorretrato inmediato


Soy el lector más adicto a (y fanático de) la lectura que encontré en toda mi vida, con la única excepción no confirmada de una chica a la que no conozco, pero de la que vi una foto; aparecía leyendo un libro durante una fiesta muy animada. No puedo resistir las fiestas. También soy el hablante del español que se expresa de manera más compleja que escuché hablar en persona, y esto a veces me hace sentir incómodo.

Siento mucho miedo a la muerte y al fracaso, pero vivo con la convicción de que los enfrentaré con la frente en alto cuando se presenten, ya que creo en lo que hago porque estoy seguro de mi talento. No podría presentar nunca otra excusa que no fuera la pereza.

Tengo más de treinta años, si eso quiere decir algo. Indudablemente es prueba suficiente de que no soy ningún niño prodigio, lo que me parte el corazón cuando pienso en el amor que me tiene mi madre. Por suerte mis hijos (que son dos, y que todavía me piden muchas explicaciones sobre este mundo) han llegado para despertarme del sueño que soñaba sobre mi mismo. En el proceso, sin buscarlo, aprendí a ser feliz.

Nunca me traicioné. Nunca estuve en posición de hacerlo. No llegué lejos, pero no pongo mucho en juego. No me interesa hacer ciertos esfuerzos. No soy representativo de nada, en ningún sentido, porque no encuentro ninguna similitud con el entorno, no hay nada qué representar alrededor mío. Estoy fuera del tiempo, soy de los que ven irse los días con embargada impotencia.

Trabajo como empleado en relación de dependencia, que es la definición moderna para “esclavo”, con la diferencia de que ahora debemos sentirnos agradecidos. Mi voluntad no me pertenece durante ocho horas diarias y toda mi alma se estremece cada vez que lo pienso. El trabajo, además de muy mal remunerado, tedioso hasta el infinito y conservadoramente gregario, no exige ninguna inteligencia. Sin embargo, estoy orgulloso de haber prevalecido por sobre estas circunstancias: la inconmensurable mayoría de la gente se rinde antes de haber averiguado que prevalecer es también una opción. De una u otra manera, todos sucumben.

Mi nombre completo es Gonzalo Hernán Viñao Laseras, pero la versión más frecuentada por el uso es “Gonzalo Viñao”. A veces me pregunto (alguna vez lo he corroborado) entre quién y quién iría mi “V” en el orden alfabético de la biblioteca.

Mi madre se aborrece a si misma, mi padre me detesta, mis hermanos no me hablan, y ya perdí a las mejores mujeres que conoceré en mi vida. Tengo uno, tal vez dos amigos. Al músico no lo veo desde hace años y ya no lo reconocería si me lo cruzara ocasionalmente; el otro (lector de Tom Clancy, recientemente divorciado) se encuentra casi tan extraviado en este mundo como yo mismo.

Siempre me alegra descubrir nuevos vicios y no me gusta la soledad.