27/1/10

El estado de la cuestión


¿Estarás recibiendo mis mails? no lo sé, borré tu dirección cuando logré pasar una semana sin hablarte, y después me arrepentí, y volví a agregarte acá y en el chat, aunque no estoy seguro de haber reincorporado las direcciones correctas. Pero, incluso en el caso de recibir estos mails, ¿los leés?, tampoco sé eso.

Tu capacidad de silencio y distancia me produce una notable admiración. Ojalá yo estuviera a la altura de ese silencio. Estoy seguro de que si pudiera sostener la distancia como lo hacés vos, este problema nuestro se solucionaría mucho más rápido. Pero no puedo, no tengo una décima parte de tu fuerza de voluntad; esta situación por medio de la cual vos esperás alcanzar claridad a mi me confunde, esta situación en la que cifrás tu tranquilidad a mí en enfervoriza, vos encontrás en esto una vuelta a tu intimidad, y yo estoy absolutamente perdido. No me reconozco, ya no se quién soy, no le encuentro sentido a las cosas, todo tiene un gusto soso, impasable, intragable, y tengo la sensación de que mi identidad se disuelve, se pierde.

Me doy cuenta de la transformación que se va produciendo, lenta pero imparable, en mí, y por lo tanto en nuestra manera de relacionarnos. A estas alturas soy un asco, me siento un asco de persona, aborrezco mis arrebatos de acoso, mi insistencia con el teléfono, con el celular, con los mails, con mis vigilias a la puerta de tu casa. Esto en lo que me voy transformando no tiene nada bueno para darte, no se parece en nada a lo que yo mismo era cuando podía hacerte feliz. Y es inevitable que vos lo notes, incluso desde esa distancia que guardás tan celosamente, y es inevitable que sea un motivo más para sostener la distancia. Soy la evidencia que desmerece todo lo bueno que alguna vez compartimos.

Estoy encerrado en ese círculo vicioso, totalmente enceguecido, incapaz de ejercer la inteligencia en nada que tenga que ver con nosotros, con nosotros juntos o por separado, estoy ciego para mí y para vos, y mi ceguera se va comiendo todas mis cosas.

En el centro de todo esto, una verdad clara y sencilla: no tengo respuestas, y tal vez no las vaya a tener nunca. Estoy tan seguro de esto como del amor impresionante, inmenso, que siento por vos, y que me mastica los huesos todo el tiempo. No se qué hacer. Sigo insistiendo como único recurso en el vértigo de esta sinrazón que me arrastra, pero es pernicioso y perjudicial y nos aleja cada día más. Dejar de insistir, dar todo por perdido, me resulta inimaginable, incomprensible, insostenible incluso como hipótesis.

Y no tengo respuestas.

A lo largo de mi vida conocí tiempos mejores y peores, momentos muy buenos y muy malos; generalmente lo bueno y lo malo viene tan mezclado que es difícil distinguir. Tengo alguna memoria de ciertos eventos críticos, más o menos importantes, como de ciertas alegrías, tampoco gran cosa. Pero lo que me pasó con vos, cuando fuimos felices, y lo que me pasa ahora que ya no lo somos, me resulta tan potente, me abarca y me arrastra con una fuerza tan grande, que ya estoy emocionalmente exhausto, exánime, completamente entregado a la corriente. Y me estoy ahogando.

En la convicción más absoluta de que sos la mujer de mi vida, incomparablemente hermosa sin medida en todos los aspectos de la belleza a los que puede aspirar el ser humano, me encuentro abrumado y perdido por las circunstancias. Tengo la sensación de haberme adentrado en el mar, y de haber dejado atrás, hace algún tiempo, de hacer pie, de encontrar el piso que me sostenga. Lo único que todavía impide que me desmorone es una fuerza que no se de dónde sale, una fuerza inconsciente, gregaria, la fuerza torpe de levantarse cada mañana, de ir a trabajar, de cocinar una salchicha, de lavarse los pies. Vivo dormido y olvidado en esa fuerza sorda la mayor parte del tiempo, con miedo a despertarme pensando en vos.

Sufro la idea de que tal vez las respuestas las tengas vos, vos que no querés devolverme el sonido de tus palabras, y que elegiste este camino para encontrar esas respuestas lejos de mí, respuestas tuyas, que sólo te servirán a vos si es que algún día aparecen.

Pasé por todas las tonalidades del enojo, del despecho, de la súplica, hasta la íntima conciencia de haber perdido la dignidad, dignidad necesaria a la luz de tu mirada. En mi arrebato soy lastre, soy ancla, soy el obstáculo a cualquier solución, en el camino que elegiste soy la peor de las compañías.

Tu convicción de que este procedimiento nos reportará algún tipo de beneficio tras una espera indeterminada, para mí forma parte de una realidad inaccesible, indescifrable.

Pasaron meses. Atrás quedó el término normal en el que deberíamos haber tomado algunas decisiones. Y el tiempo sigue corriendo, conspirando en contra nuestra. Deliro pensando que estoy en tus manos, y todo indica que tus manos no están interesadas en sostenerme. La única opción honorable que queda por delante es el olvido. Cada parcela de mi cuerpo se resiste a olvidar, como el que se resiste y lucha contra el dolor, contra la imaginación que el dolor inminente despierta antes de producirse.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

EXCELENTE!!!!. Si uno tuviera esa fuerza a no acercarce a esa persona; si podria calcular mas los espacios y los tiempos. Si uno podría tantan cosas y nos volvemos vulnerables con el paso del reloj dónde la debilidad y los pensamientos nos vuelven presos de sus actos.
Saludos Clau

Karla Preciado dijo...

Tú eres capaz de leer vidas, y luego, transfundirlas al receptáculo de la palabra.

sabina leve dijo...

algo de todo esto me dice, o dice algo de alguien que fui alguna vez. leerlo fue un placer agridulce, pero placer al fin.

annais dijo...

Para las despedidas uno no tine respuestas.