8/3/10

El milagro secreto

   Te lo dije. Cuando caés en el pozo te das cuenta. Podemos inventar todo tipo de distracciones, pero el pozo está siempre ahí para recordarnos que la vida es una mierda, que la condición humana es miserable, y que todo transcurre a la velocidad suficiente como para reconocerlo, pero sin evitarlo.

    Y ahí va otra vez. Ya intenté tirarlo, pisarlo, escupirlo, hasta probé quemar a una vecina que pasaba. Cuando el cigarrillo se termina se produce un desvanecimiento, vacila la luz, se siente la sangre dentro de la cabeza, como al darnos un golpe fuerte en la nuca, aunque esto sucede sin dolor, y el cigarrillo vuelve a aparecer. Completo y encendido, en mi mano derecha con la que acababa de apagarlo. Vuelven a pasar por la calle los mismos autos, por la vereda las mismas vecinas, los mismos empleados del registro automotor que está a media cuadra. El tipo del puesto de diarios se asoma un momento, me ve fumando acá al costado, entre el puesto y el árbol, me pone cara sospechosa, siempre la misma cara, y se vuelve a meter en su casilla de lata naranja. A veces no me doy cuenta cuando se asoma, y no lo veo, pero sé que está ahí y que me mira todas las veces. Para confirmarlo sólo tengo que esperar a que se apague mi cigarrillo, y que aparezca un cigarrillo nuevo, o el mismo (¿será siempre el mismo?); un momento después reaparece el diariero, con los bigotes y el sweater escote ve, gris como la camisa que le asoma por el cuello, en la que trae enganchados unos anteojos que lo asisten en su tarea de comerciante viejo.
    Quise asomarme al puesto de diarios, pensando que la lectura de los titulares y las tapas de revistas podrían reportarme alguna distracción. Lo intenté varias veces, pero doy unos pasos en esa dirección (o en cualquier otra) y me acobardo, pierdo la fuerza de voluntad, y prefiero volver y seguir fumando. Así como estoy, en la vereda, medio asomado al sol por entre la sombra del árbol, es agradable. Siempre me gustó fumar parado, mirando las cosas de pié. Como todo el mundo, experimenté momentos de esos en los que uno quisiera que todo se quedara “así para siempre”. Es un deseo repentino y muy poderoso, relacionado directamente con la intensidad de las circunstancias que nos rodean en determinado momento, y que se enfrenta inevitablemente con las leyes de la naturaleza y del tiempo que no se detienen, y que nos contienen como el mar a los peces, sin preguntarles cuáles son sus deseos.
    Pero este no es uno de esos momentos memorables, al contrario. No quiero decir que sea un mal momento, es simplemente un momento de tránsito. No hay nada muy rescatable en el hecho de fumarse un pucho en la vereda, pero no me refiero tampoco a eso. No hay nada muy rescatable en ningún lado, por lo menos en lo que se refiere a mi vida. Todo está a mitad de camino entre destinos y puntos de partida inciertos. Tanto para desandarme como para seguir adelante, debería caminar arduo y lejano, un andar de caminatas que muy posiblemente yo no esté capacitado para ejecutar con acierto. Como todo el mundo, soy un tipo al que no le gusta tomar decisiones, y que regularmente las toma sin llevarlas a cabo.
    También pensé, pero de esto hace ya un buen rato, muchos cigarrillos atrás, en volver al trabajo. Porque esto me sucedió en horario de trabajo. “El trabajo es ley de vida” leí hoy por casualidad. Lo leí en el trabajo, cuando todavía se podía hablar de “más temprano”. Y lo que me dejó pensando de esa frase no fue la frase misma, sino que la escribiera – su autor – como si se tratase de un aspecto positivo de la vida. En una segunda instancia también descubrí que lo decía en términos redentorios. El trabajo es el método por el cual se expía el pecado original, que nos merecemos por haber provocado nuestra propia expulsión del paraíso; pero como Dios es generoso nos ha concedido, al mismo tiempo, un castigo y una herramienta para expiar la culpa, lo que nos permitirá volver a su regazo: el trabajo.
    No deliro. El tipo que escribió esa frase es cura católico, y “El trabajo es ley de vida” es una frase de consuelo.
    Así que, sin dudarlo, me quedé fumando debajo de mi árbol y no realicé ningún intento voluntario por volver a trabajar. Lo único que me inquieta es que, contra todo pronóstico, apareciera de pronto mi jefe, a quien una parte muy desdichada de mi ser le atribuye la capacidad de encontrarme en cualquier lado, bajo cualquier circunstancia, y en detrimento notorio de mi felicidad. Incluso ahora, él sería el único capaz de revertir este nuevo ordenamiento del universo, y atravesar capas de tiempo replegadas sobre sí mismas, repitiéndose una y otra vez, y gritarme al oído que estoy despedido.
    Y el tiempo volvería a correr, y pasaría del actual postergamiento de las desgracias, a la confrontación inmediata con las mismas.
    Es el único hijo de puta que me quita el sueño, y espero pacientemente la hora de su muerte, deseando que le resulte dolorosa y lenta, y especulando sobre la posibilidad de intervenir como factor decisivo para que esa muerte se produzca.
    Cuando pienso en mis hijos me fumo varios atados de silencio.
    Ahora todo indica que no voy a convertirme en asesino. Y si las actuales leyes del universo se mantienen, me fumaré la cantidad suficientes de cigarrillos como para cultivar tumores de varias toneladas. Y la voy a ver pasar seguido a mi vecinita, la rubia que está casada con el tipo del almacén. Podré reflexionar largamente sobre la inverosimilitud de esa pareja, hasta convencerme de que yo la haría intensamente y mucho más feliz.
    Sé que “actuales leyes del universo” suena apresurado, incluso pretencioso y banal. Las verdaderas leyes del universo son irrevocables, es una payasada el intento mínimo de discutirlas. No cuenta que sean tan arbitrarias como cualquier otro ordenamiento aleatorio, ni que se nos hayan adjudicado sin ninguna posibilidad de discernirlas. Esto no debería pasar del poco ingenioso resultado de exprimir un talento literario bastante pobre, pero yo sigo fumando un cigarrillo detrás del otro sin interrupción, y todavía estoy acá parado, viendo pasar los autos, los mismos autos, una y otra vez, con displicencia, y siempre es mediodía.
    Entre las primeras cosas que se me ocurrieron está Jaromir Hladík. Sé que ese nombre, en primera instancia, no dice nada, pero no lo elegí yo. Si Borges tiene razón llegará el momento en que yo mismo discurra por mis propios medios todo el argumento de su cuento, por supuesto que también habré redactado mentalmente la Odisea y habré descubierto la cura del sida. Pero yo no voy a escribir “El milagro secreto”, no voy a escribir ningún cuento, ni voy a leer ningún libro, ni me voy a morir fusilado. Y me fumo otro cigarrillo completo pensando “y a la mierda Borges, y a la mierda Borges, y a la mierda…”
    Total, tengo tiempo.

2 comentarios:

Karla Preciado dijo...

Qué profundo hastío...
que intensa identificación...
qué decadentismo tan elocuente...

Un saludo.

g. dijo...

bue nisimo (asi separado para enfatizar).
tradujiste a la perfeccion el sentir de nuestra generacion.
el hastío, el vacío y la resignación.
me voy a prender otro cigarrillo.