16/11/08

El control remoto

"Nor will this overwhelming tendency to do wrong for the wrong's sake, admit of analysis, or resolution into ulterior elements. It is a radical, a primitive impulse – elementary."
E. A. Poe, The Imp Of The Perverse


     Todo empezó, y esto nadie lo sabe, mucho antes, casi dos meses atrás. Una tarde volvía del trabajo y lo vi al viejo Pedro, de la administración, esperándome en el hall del edificio. Me resigné por anticipado a la entrevista, por mucho que lo esquivara el viejo siempre lograba cortarme el paso y retenerme una buena media hora de charla intrascendente.
     En cuanto me vio entrar me encaró.
–– Sr. Bauer, lo estaba esperando, ¿tiene un minuto?
–– Si Pedro, ¿cómo le va?
–– ¡Lindo, lindo!, y con estos días de sol mejor –– como siempre aquello de “un minuto” no era más que un eufemismo –– Mire Sr. Bauer, acá le entrego en este sobrecito el control remoto del portón del garaje, ya estará informado de que instalamos el sistema nuevo…
     Pedro quedó esperando alguna respuesta, y seguro que esa respuesta, en su imaginación, exigía que yo agarrara el sobre que me acercaba con la mano tendida y la sonrisa cortés.
–– Pedro, dígame ¿para qué quiero yo ese aparato?, usted sabe que no tengo auto.
     El viejo cambió la sonrisa por un gesto contrariado, no reaccionaba rápido frente a los golpes de efecto, pero tampoco se quedaba paralizado.
–– ¡Pero Sr. Bauer! –– dijo agitando el sobre en mi cara –– usted es dueño de su cochera, tenga auto o no, y como antes le dimos su llave, ahora le damos el control remoto.
     Frente a unos argumentos tan sólidos y tan claramente expuestos no tuve nada más que agregar. Pedro me retuvo un rato más a costa de rumores de segunda mano sobre los vecinos y toda una serie de comentarios relacionados con la plomería, las expensas, el horario de la recolección de los residuos y, cuándo no, el clima. Finalmente le arranqué el sobre de las manos y me fui.
     Cuando llegué a mi departamento abrí con curiosidad infantil el sobre del administrador; adentro estaba el control remoto: una cajita negra, rectangular, con sólo dos botones (supuse el rojo para cerrar, y el verde para abrir) y una lamparita en la punta que se encendía al apretar los botones. Una vez investigado, metí el aparato en algún cajón de la cocina, no sin volver a preguntarme qué podría hacer yo con eso…

     Pasaron, ya lo dije, algo asi como dos meses. Una tarde calurosa, estando yo de franco, llegó en su auto mi vecino del piso de arriba. Siempre me había parecido un tipo raro, obsesivamente prendado de su trabajo, de su auto, de sus corbatas, y ese día (¡con el calor que hacía!) andaba con el saco puesto.
    El tipo subió el auto a la vereda, por la entrada del garaje, y se paró ahí para abrir el portón. Sacó el control remoto –– uno igual al mío –– y, haciendo puntería, apretó el botón. No esperó a que se abra por completo; en cuanto vio que tenía lugar para pasar el auto metió primera y se mandó.
     Menos mal que salió despacio, porque el portón primero se paró y después se empezó a cerrar otra vez, a una velocidad de asombro. Mi vecino clavó los frenos y retrocedió, el mecanismo lo había tomado por sorpresa. Se le notaba en la cara. Enseguida se puso a revolver el asiento del acompañante, donde seguramente había tirado el aparato después de accionarlo.
     Llegó a pulsar el control remoto por segunda vez justo antes de que el portón se cerrara por completo, y el portón empezó a abrirse de nuevo. A mi vecino se le relajó inmediatamente el gesto, como si hubiera pensado: “bueno, debo haber apretado mal el botón, no era para ponerse así…”
     ¡Pobre tipo! ¡con el día que habría tenido!, no va que el portón, a mitad de camino (él lo seguía con la mirada, intentando preservar la calma, pero sin sacarle el ojo de encima) se le empieza a cerrar otra vez. Pero ahora no había soltado el control remoto, lo tenía agarrado como al culpable de todas sus desgracias, y con la cara doblemente contrariada por el asombro empezó a golpearlo contra el volante.
     “¡Dale hijo de puta! ¿qué carajo te pasa?”, en estos reclamos andaría –– mientras golpeaba el aparato –– cuando intentó abrir por tercera vez, aunque el portón no avanzaba ni cinco centímetros, apenas hacía un cachito para abrir y enseguida se cerraba; mi vecino apretaba su botón verde como si quisiera estrangular a alguien y a despecho de toda su fuerza abre – cierra – abre – cierra – abre – cierra… así no vamos para ningún lado, y en esto hubiéramos estado de acuerdo con mi vecino que ya tenía los ojos inyectados en sangre. Yo casi largo la carcajada.
     Imaginate si al tipo, del que yo no sabía prácticamente nada, justo ese día lo habían echado del laburo, o lo había dejado su mujer. O tal vez venía de una entrevista de trabajo – no puedo pensar en nada peor que eso: una entrevista de trabajo es un enorme esfuerzo de adulación que se ejerce sin certeza sobre los resultados; hay que sonreír hasta partirse la mandíbula, dispuestos a soportarlo todo, aparentando una seguridad y una buena predisposición infinitas frente a unos personajes que, por una miseria de sueldo que ni si quiera estamos seguros de recibir, se creen autorizados a escupirnos la cara; y además hay que aguantar a los otros postulantes (en alguna piecita que seguramente se parecerá a la sala de espera del infierno) casi peores que los patrones potenciales, con esa facha impostada de candidatos ideales, listos para la foto de empleado del mes. Una entrevista del trabajo es una tarea cuasi prostibularia, una lamida de culo sin garantías de beneficio.
     Y mi vecino por ahí venía no de una, sino de varias entrevistas, y capaz que había rebotado en todas, y llega a su casa para que el portón le tome el pelo…
     Se bajó del auto y se acercó. “Tal vez –– debe haber pensado –– mi aparato se quedó sin pilas”, e hizo el intento desde más cerca.
    Al principio pareció que abría, y el tipo se lo creyó porque ya se estaba metiendo en el auto otra vez cuando el portón se empezó a cerrar. Yo creí que iba a gritar; la cara toda contraída parecía la de un epiléptico, ¡imaginate si le daba un ataque ahí mismo, a la entrada del garaje!
     En lo que pareció su primer arranque nervioso se sacó el saco y lo tiró encima del capot del auto, después revolvió su portafolios con movimientos frenéticos y sacó las llaves del edificio.
    Debió haber pensado que estaba roto el motor encargado de mover el portón, porque se dio toda la vuelta, se metió a las cocheras por el acceso interno y se quedó mirando ese motor un buen rato. ¡Claro!, el tipo de motores no sabía nada, así que lo único que podía hacer era darle otra vez al botoncito verde de su control remoto.
     abre – cierra – abre – cierra – abre – cierra… y eso que apretaba con los dos pulgares, tenía las manos hinchadas y rojas de hacer fuerza. De repente le calzó una patada al portón que pareció que lo tiraba abajo, pero lo único que logró fue reventarse el pié. Entonces si, empezó a gritar.
     Puteó al auto, al portón, al control remoto y a todos los ingenieros del país. En su desesperación se colgó del portón y tiró con tanta fuerza que se rompió la camisa, por donde se junta la manga con el cuerpo, y ahí pensé que se largaba a llorar, pero no.
     Ya que así, a los tirones, había corrido el portón (apenas, pero lo había movido), estaba más contento. Se había hecho lugar como para pasar, y entonces se le ocurrió. Puso la espalda contra el marco y empujó el portón con las piernas, primero una y después las dos juntas. ¡El tipo estaba en el aire!, se sostenía con la presión que hacía entre el marco y el portón. Daba pena verlo.
     En ese momento, con mi vecino ahí colgado, el portón se activó otra vez y empezó a cerrarse. ¡Qué susto se pegó!, salió tan apurado y desmañado que en dos tropezones se fue al piso.
    Imaginate si venía de un velorio, o de visitar a algún ser querido, agonizante en un hospital. ¡Andá a saber!, por ahí se acababa de enterar de que el moribundo era él mismo, y ahora estaba invirtiendo sus preciosas horas finales con ese portón…
     Entonces llegó en su auto la vecina del quinto, paró atrás del auto de mi vecino de arriba y le tocó bocina. Mi vecino se acercó para hablarle. No los escuché pero debe haber sido algo así: (ella) “Hola, ¿qué pasa?”, (él) “no sé, o se rompió el portón o no me anda el control remoto”, (ella) “espere que pruebo con el mío”.
     La mina salió del auto y se acercó al portón con su control remoto (igual al de mi vecino, igual al mío) y lo activó, como antes hizo mi vecino, haciendo puntería.
     Milagro: el portón abría.
     Desengaño: cuando ambos subían a sus autos el portón se cerraba.
abre – cierra – abre – cierra – abre – cierra… otra vez, ahora con la vecina. Y mi vecino miraba incapaz de comprender, desesperado e incrédulo. De golpe le arrancó a la mina el control remoto de las manos, con una violencia irracional, y a ella se la oyó gritar “¡no sea bruto!”, pero el tipo ya no registraba los datos de la realidad.
    Con su propio control remoto en la diestra y el otro en la siniestra, pulsando al mismo tiempo los dos botones verdes, encaró el portón: era su cruzada personal, el desafío ofrecido contra sus fuerzas más íntimas, era él o el portón. Sucediera lo que sucediese, pensé, el tipo ya está perdido.
     El portón siguió igual. Apenas un cachito para adelante y enseguida un cachito para atrás: abre – cierra – abre – cierra – abre – cierra… lo volvió a patear, ahora con una desconsideración inmensa para con su propio pié, y lo agarró a las trompadas; si hubiera tenido por dónde estoy seguro de que lo hubiera mordido hasta convertirlo en astillas.
     Una vez realizado este descargo emocional, el tipo pareció calmarse un poco. Estaba todo transpirado y respiraba agitado, la vecina había intentado acercarse para contenerlo, pero finalmente se resolvió por mantener una distancia prudente. Ahí fue que mi vecino se metió en el auto y revolvió la guantera para sacar un arma.
     Yo no sé mucho de armas pero estoy seguro de que sacó una pistola; no tenía tambor, así que no era un revólver, y parecía una de esas que se cargan por la culata, pesada y brillante.
     En cuanto salió del auto le apuntó al portón y le largó tres tiros, estampidos secos y rápidos con volar de casquillos. Los estallidos sonaron en toda la cuadra, y para decir la verdad yo me asusté un poco, pero no me moví. La vecina del quinto se metió en su auto de un salto y se tiró en el piso; en un radio de diez o quince metros no quedó ni la sombra de la gente, incluso el quiosquero de enfrente, al ver lo que pasaba, empezó a bajar la persiana. Eso si, un poco más allá, se juntaban los primeros curiosos.
     Después de los disparos al tipo le brillaban los ojos de felicidad, pero su error estuvo –– estoy seguro –– en haber pensado que así iba a hacer funcionar el portón, porque volvió a intentar hacerlo funcionar, con el control remoto…
   El portón empecinado resistió la técnica de los disparos con estoicismo admirable, aunque mi vecino insistió: otro tiro y más control remoto, pero no había caso… abre – cierra – abre – cierra – abre – cierra… Entonces se dio vuelta y como quien sacrifica un caballo moribundo le metió dos tiros al auto, los dos pasaron por el capot con ruido a rebotar de latas, dejando un par de agujeritos de lo más prolijos.
     Justo después de esos disparos se escucharon las sirenas. Seguro que mi vecino pensó lo mismo que yo: “¿Quién habrá sido el pelotudo que llamó a la policía?”; yo ya estaba por salir para aclarar todo cuando lo veo que levanta el arma y se sacude un balazo por la cabeza.
     Lo oficiales lo encontraron contra el portón ensangrentado, el portón que se mantenía firme a medio abrir, y que medio sostenía el cuerpo muerto de su enemigo, como corresponde a un buen vencedor. Llegaron después dos ambulancias, una para el muerto y otra para la vecina del quinto, que estaba histérica. En un momento la vereda se llenó de mirones comentando los hechos.
     Yo me mezclé entre la gente, nadie se fijó dónde había estado escondido; me guardé mi control remoto en el bolsillo (¿quién se hubiera imaginado, aquel día en que me lo dio Pedro…?) y cuando la policía me hizo las preguntas de rigor declaré que no había visto nada.


12 comentarios:

Svidrigailov dijo...

Al fin puedo hacerme un espacio para leer, al menos, un pedacito de tu blog. Este cuento tuyo me gustó mucho, me atrapó... y eso que no acostumbro a leer cuentos por Internet (ni siquiera los míos). Habría mucho que comentar sobre este texto, pero me voy a centrar esta vez en dos puntos. El primero es sobre el narrador. Por momentos (sólo por momentos) me recuerda un poco al Pelusa, de Los Premios (Cortázar); debe ser por esa narración, por momentos (!), coloquial que realiza. Tomando en cuenta tu epígrafe, pensé que este narrador (que "goza" de la experiencia infame que tiene su "desdichado" vecino de arriba) era, en cierto sentido, el demonio de la perversidad del caso. Pero más interesante aún (y pasamos al punto dos) es el personaje principal -al menos para mí lo es. Regresando a Cortázar: se me hizo la imagen de que este señor de saco y corbata era un Fama que, inesperadamente, se había convertido en un Cronopio y que la lucha que llevaba con el portón era una lucha que llevaba contra su propia inconformidad de ser ya, inesperadamente, un Cronopio. ¡Y el final! Un final, digamos, muy kafkiano, pero que no pretende ser una copia fiel del estilo del praguense: considero que tu narración tiene un estilo muy peculiar y llamativo, bastante propio. Gran e interesante cuento es el tuyo. He leído un cuento que satisfizo mis expectativas acerca de tus escritos. (Y muchas gracias por el enlace hacia mi blog; es un gesto bello y piadoso)

Rompiendo Ruidos dijo...

lo vi largo y dude en empezar a leer, pero a los pocos renglones me atrapaste...
estaba tomando un te... y no podia por la risa, el ataque que le habia dado parecia no tener explicacion, y el dramatismo con el q "vos" analizabas la situacion, era bastante comico tambien...
hasta que el final me llego como balde de agua fria....
tanta verdad puede haber no??

un abrazo enorme!!!!

ele de lauk dijo...

Pensé que no terminaría de leerlo , pero me fue atrapando la escena que pude visualizar y convertirme en tu cómplice . Buenísimo el desenlace .
Saludos !

Anónimo dijo...

Bueno... y bien escrito, como debe ser un cuento, con un buen descenlace

Anónimo dijo...

Creo que voy a hacer varios comentarios. Hoy centralizop en algo.

La personificación lograda en cada uno de los "sujetos" es excelente.

No hay descripciones minuciosas, aún así.. uno puede ser parte del escenario.

Motivo por el cual.. es atrapado por el relato, atrapado por la acción.

Hasta incluso ...llegar a preguntarse .. en que grupo hubiera estado yo¿?

Seres al borde del abismo, seres sólo como espectadores...pero todos hacen a la humanidad !

En otra lectura .. abordaré la temática estructural.

Felicitaciones!!!

Ana Lenzo

Anónimo dijo...

Hola, Gonzalo... Éste lo leí hace días y medí su impacto con mi medida personal de tiempos (no hacer caso, invenciones mías). Me gustó mucho. A mí me pareció que lo no explícito (se me habrá escapado?) le da posibilidades al desenlace. Para mí el tipo que no quería el CR estuvo jodiendo desde la ventana al tipo de la cochera? Eso sí es macabro...
Bueno, paso a saludar y a dejar huella de lo que leí, de entrada hace días... Que pases felices fiestas con la familia. Sabeli

cecilia dijo...

Simplemente genial, te felicito. Ceci Amato

Denise dijo...

Muy bueno, me encantó! A mí me pasa lo mismo con el portón del edificio; a lo mejor algún vecino enloquece... Creo que hasta tengo al candidato ideal.

Anónimo dijo...

muy buena la chanza!! inesperado final infelíz, de los que me gustan!! monica weinberg (la rusa)

Julio Alcántara dijo...

buenísimo, “¿Quién habrá sido el pelotudo que llamó a la policía?”, la frase del cuento! ja

g. dijo...

muy bueno... me gusta mucho el punto de vista que elegiste para contar y como el final cae como un baldazo.
pobre hombre...
saludos,

Nanim dijo...

Llego aquí desde facebook donde comentaste que ganaste el Premio Soriano y éste es uno de los cuentos que forman parte del libro presentado.
Felicitaciones.
Quien genera el caos suele ocultarlo con la mayor hipocresía.