20/7/10

sexo

“Estaba pensando qué mundo extraño 
es éste, donde tiene que estallar una 
guerra para que un tipo tenga una 
segunda oportunidad”
J. Maclaren-Ross


    Una mujer así corta el aire en cuanto aparece. Hay una serie de motivos para este repentino estremecimiento, motivos difíciles de enumerar sucesivamente en beneficio de una narración cualquiera. Una mujer así se impone sobre cualquier otro evento que suceda en su presencia, porque todo a su alrededor pierde interés e importancia, y porque el frágil encanto de colores y perfumes que produce no dura nada, como las apariciones fantasmales, tan desacostumbradas y arbitrarias que, en cuanto cesan, se deja de creer en lo que se acaba de presenciar.
    Así entró esta mujer una noche, cerca de las ocho, en pleno horario de furor comercial, en el cenit de la temporada turística de verano, a una librería llena de clientes, curiosos aburridos y empleados de uniforme negro. Todos los presentes, girando al unísono las cabezas con impúdica ostentación, le dedicaron una larga y atenta mirada concientes de que, mientras ella permaneciera en el local, sería la nota ineludiblemente dominante, opacando cualquier otro motivo de interés que hubiera llamado la atención hasta ese momento.
    Algunos incluso, después de hacer espacio entre las mesas y estanterías con libros para dejarla pasar, hicieron comentarios más o menos discretos mencionando su nombre.
    No quiero adelantarme, la dificultad radica en dar cuenta ordenadamente de los motivos que conceden un atractivo tan potente a una persona, en particular a una mujer, pero muchas veces las causas de ese atractivo se convierten en consecuencias, y entonces vemos las cosas al revés. Por ejemplo: a cinco o seis cuadras de la librería en la que entraba esta mujer, la marquesina de un teatro exhibía su retrato de cuerpo entero, en un cartel de varios metros de altura sobre la calle, iluminado por una buena cantidad de lámparas fulminantes. Semejante publicidad era la causa directa de que todos los presentes, o casi todos, supieran su nombre y se sintieran autorizados a sostener una serie de afirmaciones aberrantes relacionadas con ella.
    ¿Es la aparición en la marquesina la causa del atractivo, o es su atractivo el que había provocado, entre otras cosas, la aparición en la marquesina? Digamos que se trataba de una mujer sexualmente madura, es decir, ya pasados los treinta, físicamente apetecible como una fruta y perfectamente conciente de todas sus cualidades. Su belleza impecable le había permitido abstenerse por completo de la cirugía plástica, por más tiempo que muchas otras mujeres. Pero era indiscutible que esas cirugías encontrarían su momento, para una mujer como aquella era una cuestión inevitable.
    Su presencia no dejaba dudas, tenía lo que los directores de cine en otra época llamaban “ángel”.

    El calor del cuerpo. En eso pensaba Octavio cuando la vio entrar. Estuvo un rato buscando en la memoria su nombre. Al final no supo si lo recordó por su cuenta o lo escuchó primero en los susurros que se levantaron a su paso en todo el local.
    Octavio no miraba televisión ni asistía al teatro, pero era víctima como cualquiera de la publicidad. Al verla se le presentaron todas las telenovelas en las que ella participaba, un escándalo de pésimo gusto. Sin embargo la recordaba, entre tantas otras indistintas, como una de las pocas mujeres de ese ambiente que le habían gustado. Según entendía Octavio, al teatro se dedicaba con un esmero especial, como muchos actores. Tenía fama de ser una mujer con muy mal carácter.
    Pensaba en el calor del cuerpo porque la había visto, y había sentido todo el peso de esa presencia, con el cuerpo caliente debajo de una blusa suave, de colores que Octavio no pudo determinar.
    En un vistazo aproximativo confirmó la sospecha de que ella sería cuatro o cinco años mayor, lo que de alguna manera lo tranquilizaba un poco. Cualquier desplante que una mujer así pudiera hacerle, quedaría justificado por esa diferencia de edad. Porque Octavio también sintió en ese momento el peso de toda su insignificancia personal. Un tipo cualquiera, empleado de la librería entre siete u ocho empleados más. Ni siquiera podía disimularse entre los clientes, que se daban el lujo de verla de lejos. Él pasaría desapercibido como los muebles.
    El ambiente general en el local era un poco agresivo. Cuando un grupo de personas indistintas, desconocidas entre sí, reunidas por absoluta casualidad, se enfocan simultáneamente sobre el mismo asunto, el clima se tensa y rarifica, el espíritu de la turba asoma la cabeza. Lo más destacado era el esfuerzo de cada uno por contenerse y mantener su lugar, esfuerzo que flaqueaba y cada tanto dejaba escapar algún comentario indiscreto. Todo el mundo se imponía, no siempre con éxito, volver la mirada al libro que había quedado suspenso en la mano, o reanudar la conversación que se había interrumpido, sin encontrar verdadero interés en regresar a la normalidad.
    La única ventaja con la que contaba Octavio, según él mismo entendía, era una determinada agilidad de movimientos, que puestos en práctica representaban cierta probabilidad de que ella hablara con él antes que con cualquier otro empleado. La situación solicitaba el ejercicio de toda su discreción. No podía robarle la oportunidad a su jefe, cuya debilidad por la farándula y las mujeres era proverbial, y tampoco se permitiría caer sobre la famosa actriz como un cordero hipnotizado. Decidió hacer el intento hasta donde se lo permitiera su dignidad, y sólo porque se trataba de una mujer hermosa. Si muchas veces atendió con preferencia a otras, no iba a dejar pasar a esta.
    La actriz confrontó el peso de toda aquella curiosidad que se le dedicaba con una enorme carga de desinterés y frialdad. Deslizó la mirada sobre las cubiertas de los libros dedicándoles su  atención más ansiosa, e interrumpiéndose cada tanto para salvar el obstáculo que representaban las personas, a quienes evitaba con la mirada como si quedaran más allá de las fronteras de lo visible. Sólo levantó los ojos una vez, para ser atendida, sin elegir a ningún vendedor en especial. Octavio estaba a un paso de ella, pero herido por tan violentas manifestaciones de indiferencia, miró en otra dirección. La actriz levantó un libro cualquiera, soltó un “hola” en el aire caliente de enero, y le preguntó el precio a una de las chicas nuevas, varios metros más atrás, quedando Octavio plantado en el medio, como un ventilador de pié o un perchero que nadie pensaba utilizar en ese momento.
    La empleada caminó hasta pararse al lado de Octavio, miró el libro y dijo cortésmente el precio. La actriz dejó el libro y se acercó a la empleada con la notoria intención de realizar algún tipo de consulta. Tendría lugar una conversación con Octavio como testigo, con el mismo rango que las lámparas y los tablones del piso.
– hola – repitió la actriz – estoy buscando algo para leer – no le reprochemos esta pequeña tautología, en la pescadería todos piden pescado – ¿qué me podés recomendar?
    Un pedido de recomendación, para Octavio, era ya un buen augurio. Reducía considerablemente el número de empelados en condiciones de atenderla, excluyendo en primer lugar a su jefe. A continuación, todo el diálogo se produjo a su favor.
– ¿qué tipo de lectura te gusta? – consultó la empleada – ¿qué cosas leés generalmente?
– leo de todo, ahora estoy buscando alguna novela, algo entretenido pero que valga la pena, me gustan las cosas que tienen que ver con el cine.
    La empleada pensó un momento. Llevaba dos semanas en el trabajo, su experiencia laboral se reducía a una temporada vendiendo remeras en un shopping. Se la veía nerviosa y despistada, desconcertada al compartir por un momento, con la actriz, el espacio sobre el cual caía la luz de todas las miradas. Al local, discretamente, había entrado mucha más gente de lo normal.
– ¡ay! no tengo idea, voy a consultar, es un minuto

    Octavio dejó que su compañera se dirigiera al mostrador, y en ese momento intervino. Estirando la mano, sacó de una estantería a la derecha de la actriz el libro que buscaba, y le habló.
– ¿Que tengan que ver con el cine?
– si, con el cine – contestó ella sin mirarlo – pero no busco novelas que tengan su versión en el cine, lo que me gusta es otra cosa, no sabría explicarte
    El público del local empezaba a distenderse, y tal vez lo habrían logrado por completo si los curiosos no se hubieran renovado regularmente. Lo que comenzaba a pesar ahora, más que ninguna otra cosa, era la atenta mirada de los compañeros de Octavio que tal vez por envidia, tal vez por simple conciencia del deber, le recordaban con insistencia la obligación de mantener la compostura. La actriz, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor, se dignó regalar con una mirada a su interlocutor.
    Octavio era bastante más alto que ella, lo que la obligó, con disgusto, a mirar hacia arriba. La cabeza completamente afeitaba y la barba llamaban de inmediato la atención de cualquiera. Los rasgos firmes y cuadrados resultaban agresivos pero se compensaban con la voz, serena.
– viajo durante la semana – aclaró la actriz – vamos con la obra a Gesell y Pinamar, acá estamos viernes, sábados y domingos.
    El panegírico laboral, en principio, resultó desconcertante. Octavio no encontraba ningún motivo (más allá de un predecible egocentrismo) para que la conversación se transformara en un anuncio de promoción. La disertación, por otra parte, le permitió observarla de cerca y con mayor comodidad. No es fácil sostener con firmeza la posición delante de una mujer tan atrayente. Octavio podía presentir con claridad la enorme capacidad (conjetural, por supuesto) de congeniar que irradiaban sus respectivos cuerpos.
– necesito algo para leer durante el viaje – aclaró – me aburro mucho en la ruta, y con mis compañeros me llevo bastante mal.
    Octavio podía calcular las horas de ese viaje, habiéndolo hecho muchas veces él mismo, pero descartó este elemento a la hora de considerar qué libro podría resultar adecuado. Recomendar un libro es una forma de arte muy escasamente apreciada. Lo primero que se siente, al enfrentar la tarea, es la limitación personal, la falta del acervo adecuado. En especial cuando se presenta a la vista una cantidad tan grande de libros desconocidos, como en una librería. Y el otro factor preponderante, además del propio gusto y conocimiento de los libros, es el conocimiento que se pueda tener sobre el destinatario de la recomendación. Recomendar un libro para un amigo, regalar un libro a un novio, a un padre, a un hermano, es más sencillo. ¿Cómo elegir una lectura para alguien con quien sólo se intercambia una docena de palabras?, es un pase de magia que realizan a diario montones de empleados en distintas librerías. No siempre con éxito.
    En última instancia, hay un fondo de azar inexplicable. Es un romance que se produce en una frecuencia diversa. Enamorar a una persona es el arte de mostrarle cualquiera de nuestras trivialidades, y lograr por este medio que nos vea tal como a nosotros mismos nos gustaría. La elección de lo que mostremos, la manera de hacerlo y los ojos con que nos miren, son todos factores aleatorios a la vez que decisivos. Por eso Octavio ya había elegido el libro que le parecía adecuado, lo había sacado de la estantería y lo tenía en la mano, incluso antes de empezar a hablar.
    El dato fundamental que confirmaba su elección era el comentario “con mis compañeros me llevo bastante mal”, y aquello del cine, y lo de “algo que valga la pena”, aunque no hubiera explicado con éxito cómo había llegado a una conclusión por estos medios.
– tendrías que leer éste
    Le alcanzó el libro que había leído una o dos semanas antes. “De amor y hambre”, de Julián Maclaren-Ross, británico desconocido. La edición era muy reciente, así que confiaba en que no la conociera. No existían (todavía no existen) otras traducciones del autor.
    ¿Qué tenía que ver esa novela con el cine o con cualquiera de las condiciones enumeradas por la actriz? Según la solapa del libro, el autor “fue novelista, cuentista, guionista de radio, de cine, y de documentales para la BBC”. Y eso era todo. A continuación se detallaba una larga lista de admiradores y admirados, entre los que destacaban Dylan Thomas y William Faulkner; un comentario acotado sobre la vida de Maclaren-Ross, quien murió “sumido en la paranoia y vencido por una adversidad en gran parte autoinflingida”, y el dato sobre la biografía escrita por Paul Willetts. Pero el tono y estilo de ese texto breve, la sincera admiración que se traslucía en el comentario de la solapa, fueron los que llamaron la atención de Octavio y lo llevaron a la  lectura. Acostumbrado como estaba a leer elogios de perogrullo en las portadas de todos los best sellers (Isabel Allende declarando “no me hubiera perdonado morir sin haberla leído” bajo los títulos de cuatro novelas diferentes), un comentario tan sentido y discreto no podía pasar desapercibido.
    La novela, por otra parte, es magnífica.
– es la historia de un romance algo trastornado, entre dos personas conflictivas, en una situación difícil – explicó Octavio, consciente de la necesidad de una buena argumentación a favor de su elección –, en Inglaterra, antes de la segunda guerra; la narración corre como agua, el tipo escribe increíblemente bien, con mucha habilidad para el montaje de la historia; los ambientes y los personajes tienen esa cosa del cine que estás buscando
    La actriz ojeaba el libro distraída, pero volvió a levantar la mirada, como leyendo algo en los gestos de Octavio, que agregó despacio:
– leé la solapa
    Y leyó la solapa. En esos cuatro párrafos se decidía la intervención de Octavio. Volvió a levantar la vista después de la lectura y lo primero que dejó traslucir, junto con el entusiasmo, fue una medida de alivio.
– siempre me cuesta mucho salir a comprar libros, tardo horas en decidirme – la mirada era más suave, el tono de la voz más accesible – ¡qué bueno haber encontrado algo tan rápido!
– estoy seguro de que te va a gustar, la leí hace muy poco, y ahora ya la estoy leyendo de nuevo
– mirá que si no me gusta vuelvo – amenaza cordial – ¿y te parece que me va a alcanzar? no es muy larga, tengo que llegar hasta el viernes
– eso depende de la velocidad a la que leas, si querés te busco otra cosa
    La conversación se estiró por este camino. Buscaron entre los dos algún otro libro, sólo por compromiso de comprador, el prurito de no dejarse llevar por el primer arrebato. En el proceso, los dos se miraron con una dosis importante de indiferencia, cumpliendo hasta el final los roles del comercio.
– podés pasar por la caja, ahí te cobran
– muchas gracias
– de nada, hasta luego

    Una semana más tarde, con el impacto que causa un trueno inesperado en la noche cerrada, volvió a entrar en la librería. Esta vez Octavio no la vio venir; por motivos indefinidos, relacionados con ciertos pecados laborales y una pelea a trompadas, estaba desterrado en el depósito a cargo del trabajo pesado.
    Por segunda vez se produjo el murmullo general y un camino espontáneo se abrió a su paso hasta el mostrador. Un momento después Octavio escuchaba su nombre coreado a gritos en la voz de su jefe y alguno de sus compañeros. Asomó la cabeza por una de las ventanas que daban al salón, y mirando hacia abajo la vio. Estaba sentada en una banqueta alta, como los clientes habituales, cruzada de piernas, sonriendo. Miraba hacia arriba, y lo descubrió manifestando toda la expresión de su desconcierto.
    En el depósito hacía tanto calor durante el verano, que los condenados trabajaban ahí en cuero, y descalzos. Octavio se puso la camiseta negra con el logo azul de la librería y se calzó las zapatillas al vuelo, mientras saltaba de a cuatro los escalones de la escalera. No corría al encuentro como un enamorado, pero la exhortación patronal parecía imperiosa. Había en ese reclamo algún despecho que Octavio esperaba apaciguar con abnegación laboral.
– pregunta por vos – dijeron abajo, con tono pretendidamente irónico – quiere otra recomendación.
    Los comentarios se hacían sin cuidarse de la mujer que sentada en la banqueta escuchaba todo con claridad, sonriendo compasivamente. Octavio sintió un acceso de vergüenza. Cruzó todo el mostrador hasta ponerse del otro lado de la actriz, dejándola en el medio entre él y sus compañeros que no parecían dispuestos a pederse una sola palabra de la conversación. Si no podía tener un momento de tranquilidad, ni podía evitar las caras de idiotas desaprensivos de los demás vendedores, por lo menos podía ponerla a ella de espaldas, ahorrándole un espectáculo tan lamentable.
– me pasé todo el viaje sin nada para leer – fue lo primero que dijo, simulando antipatía – la novela que me recomendaste me duró dos horas
    Podría haberse presentado con las mismas prendas de la semana anterior y Octavio no lo hubiera notado, como no notaba ahora la diferencia en el vestuario. Sobresalía, según lo veía él, una claridad y una transparencia de belleza reposada, sofisticada y abrumadora. Era imposible distinguir cualquier detalle, entrar en matices. Llamaba la atención, apenas, la cartera sobre la que descansaban las manos finas y blancas. Una cartera muy chica, con dos manijas largas, rígidas y delgadas. Tal vez desentonaba un poco con la armonía del conjunto, debido a su rara e inexplicable exhuberancia.
    Lo miraba de otra manera, declarando abiertamente que había vuelto a buscarlo para el siguiente libro.
– ¿te gustó?
– es increíble, no pude soltarla hasta el final, empecé saliendo de Mar del Plata y cuando llegamos a Pinamar ya la había terminado, ¡ay! ¡cuánto te odié! ¿de dónde iba a sacar algo para leer?
– hay librerías en Pinamar
    El tono indiferente de Octavio fracasaba. El entusiasmo de la mujer era tan notable que la hacía todavía más hermosa para cualquiera que estuviera mirándola, y Octavio la tenía muy cerca.
– ahora tenés que encontrarme algo más largo, y que no me haga llorar
    Octavio descubrió en ese momento la capa de transpiración tibia en la superficie su cráneo afeitado, cubriéndolo como una mano de pintura; intentó acomodarse la remera negra, vieja y sucia con la mugre del depósito; quiso controlar la respiración agitada por el esfuerzo del trabajo y la carrera por la escalera. Sintió el peso de las miradas a su alrededor como un grave estorbo a la hora de pensar con tranquilidad, y la necesidad de responder inmediatamente, y acertar por segunda vez, lo cohibieron por completo.
    No es fácil elegir un libro así, de la nada, sólo por efecto de la intuición. Es casi como embocar un pleno a la ruleta, pueden pasar años hasta acertar el siguiente. El libro de Maclaren-Ross parecía hecho a la medida no sólo de aquella lectora, sino de toda la situación. Era un mensaje claro y directo sobre lo que se quería decir. La sensación de victoria era completa, tan completa que no volvería a repetirse.
    La mujer no daba, por su parte, con el tono adecuado. Ahora parecía incómoda en el entorno que antes había ignorado con tanto éxito. Hablaba con naturalidad forzada, y en su afán de permitirle a Octavio que se tomara el tiempo necesario para pensar, sólo lograba que Octavio se sintiera más apurado y atolondrado.
    Revisaron varias opciones. Las dos o tres propuestas iniciales resultaron rechazadas. La condición de que el libro durase una semana era implacable. Además, ella había recibido algunas recomendaciones de otras personas. Todos los libros que mencionaba a Octavio le parecían estúpidos e inconsistentes. Intentó no poner mucho énfasis en esas opiniones, pero ella lo notó con desagrado. Elegir el segundo libro fue una tarea mucho más complicada. Al final se decidió por un libro cualquiera, incapaz de ponerse a la altura del anterior.
    La gente y los demás empleados despejaron el paso hasta la caja, así que en esta segunda oportunidad Octavio se vio en la obligación de empaquetar y cobrar el libro. Se acomodaron cada uno en su lado respectivo del mostrador donde, mientras se imprimía la factura, la actriz apoyó su cartera para buscar la plata. Las manijas delgadas de la cartera le llegaban a la cara, y con unos labios mullidos y frescos y los dientes blancos sostuvo una de las manijas para que no estorbara. Esto pasaba a veinte centímetros de la cara de Octavio, que no podía sacarle los ojos de encima. Ella levantó la vista y lo miró un momento a los ojos, la volvió a bajar y siguió buscando, mordiendo todavía la manija de la cartera, con el labio inferior ligeramente aplastado en un costado, insinuando las más suaves impresiones de los besos. En ese momento hubieran jurado que nadie estaba viéndolos.
    Pagó, saludó cordialmente y con mucho aplomo y elegancia, con ritmo profundo de mujer, le dio la espalda y se fue, repitiendo, como la primera vez, que volvería en una semana.
    Los pecados laborales y los encuentros pugilísticos reiterados dejaron a Octavio fuera de combate y sin trabajo. La tercera vez que la actriz volvió al local Octavio ya no estaba. No hubo una cuarta.

10 comentarios:

Marcelo dijo...

Muy bueno. No me imagino quién es la actriz

Pablo Hernández M. dijo...

muy bueno, me gusta mucho tu narrativa... pero debo ser honesto, es un texto demasiado largo para incluir en un blog (al menos eso pienso yo)... generalmente, los que hacemos esto, tenemos o poco tiempo o poco poder de atención... llegué hasta donde decía que "tiene ángel"... de cualquier modo me gustó

saludos!

Setarcos dijo...

Gracias Pablo! Pero no leíste nada! Y la verdad es que tenés razón, ya conozco anticipadamente el problema de la extensión de los textos en los blogs y siempre estoy evaluando esa situación, pero me interesa ejercer una libertad de escritura que - en este momento - no se interesa por las limitaciones de la lectura (por lo menos en este caso, no todo el blog es así).
De alguna manera, también es una forma de elegir cierto tipo de lectores, no todo puede ser "miel sobre hojuelas" como dice la expresión. Exigir un esfuerzo (en este caso de lectura) si bien puede dejarme sin una buena cantidad de lectores, probablemente me deje a los lectores mejores.

Gracias!!!


Gonzalo V.

fanou dijo...

Un relato muy dulce.
Un gran descubrimiento este blog.
Ahora vamos a explorar en los archivos...

GEORGIA dijo...

Gran relato...

MARIA PIA DANIELSEN dijo...

Me gustó.
Hay momentos con magia, no importa lo que se haga, el imán acomoda las piezas. Y otros, que aunque tires como un buey, jamás consigues hacer funcionar el engranaje.
Tu texto genera complicidad, empatía, interés, sonrisas.
Y en toda la secuencia narrativa se respira cierto aire de seducción.

Lucia dijo...

A mi realmente me pareció corto, le falto algo al final, me quede intrigada. Me gusto muchísimo.
Es verdad que la extensión del texto intimida pero una vez que comenzas a leer te quedas con la sensación de que hubiera sido una linda novela , si no se hubiera terminado.
Un beso Sr Gonzalo :)

MayBy II dijo...

Sencillamente: MUY BUENO.
(lo leí hasta el final :)
Autobiográfico?
Cada tanto echo un vistazo a lo que hacés. Me gusta!

Saludos

Carolina Bugnone dijo...

a mí me encanta este cuento. =)

annais dijo...

Muy interesante,lo lei de un tiron,seguire leyendo a ver q mas descubro