23/2/10

Retrato de "X." - Tercera parte


     “X.” se pregunta, compenetrándose con un vagaroso espíritu colectivo, ¿Por qué no nos escapamos de todo? ¿Porque no sabemos cómo? “Estoy perdiendo el juicio – piensa “X.” cada vez más seguido – “Dios salve a la reina marihuana, último vínculo con algo parecido al bienestar del espíritu.” “X.” está sorprendido de sus propios ataques de pánico, estaba convencido de que era imposible tenerlos, los ataques, le cuesta creérselos. Hay que ser imbécil, se explica, para tenerlos. Miedo del miedo. Suena tan lejano.
     Según la Real Académia Española, la ortografía regular indica que debe utilizarse la palabra “mariguana”, con la letra “g” en lugar de la “h”, que “X.” normalmente prefiere. Y la definición reza: “Cáñamo índico cuyas hojas, fumadas como tabaco, producen trastornos físicos y mentales”. Vigésimo segunda edición. La edición vigésimo sexta lleva algunos años de retraso.
     Los actos de sumisión sólo en apariencia son actos pasivos. El sometimiento precisa de un pesado, y sub-moral, ejercicio de la voluntad.  Los vicios, por ejemplo, imponen el peor de los sometimientos, el que demanda además la confirmación voluntaria y permanente. Acceder a fumar, por ejemplo, o al ejercicio conspicuo del sexo, son manifestaciones de la necesidad de dependencia. Declaraciones manifiestas con la intención de exclamar la necesidad del sometimiento.  El destino final del viaje es la desolación de la neurosis. El círculo cerrado de la insolvencia espiritual, el callejón sin salida de la resignación.
     La idea más ingenua y evidente de Freud, el aplazamiento del deseo, resulta que es la peor y la más terrible de todas. Y nos la fumamos en pipa. A nadie le importa. No hay oro al final de ningún arco iris. Hay que sostener la pose, proponen. Y “X.” lo intenta, tenazmente, pero no puede. No se lo permiten sus escasos recursos. Y tiene ese pozo ciego ahí en la boca del estómago que se lo impide. Todo.
     Ataque de pánico en la playa: “X.” drogado toma sol a las dos de la tarde, en la Bristol, a menos de veintitrés centímetros de un testículo ajeno. Después de sostener durante dos meses una dieta exenta de azúcar, decidió romperla con coca cola y alfajores triples, expuesto al rayo del astro mayor. Y quince meses más tarde volvía a fumar tabaco. El calor, el azúcar, el tabaco y la cercanía entre los genitales de todo aquel pueblo argentino que decide visitar la misma playa, en el mismo momento, le explotan a “X.” en su cabeza llena de marihuana. “X.” se siente vigilado, y está convencido de que va a vomitar. Está mareado, tiene abrasados los párpados, puede oler la ingle de un ser humano desconocido. Debajo de su esterilla, la misma que lleva a la plaza y que le parece tan ridícula, la arena está húmeda, encharcada. El hombre que lo acompaña está dormido a su izquierda, roncando contra su muslo. “X.” tiene un deja vu de ideas, piensa en una especie de abismo. Siempre imaginó que llegaría ese momento pero no estaba seguro. ¿Así nos convertimos en un loco? ¿Será cierto que después no importa nada?
     Pero la única preocupación verdadera son los vómitos, porque nunca se ha visto a nadie vomitar en la playa. Primero, “X.” se ve a sí mismo haciendo un pozo, con las manos, y depositando poco discretamente en ese pozo el contenido íntimo de su estómago. La gente a su alrededor dirige sus cabezas a un costado, con gesto revulsivo, alzando las manos. Y después tapa otra vez el pozo, temiendo las últimas arcadas y regurgitaciones, mirando atentamente el piso. Recoge las hojotas, la remera, el bolso, la esterilla, y la bolsa con los envases de las golosinas, despertando a su compañero, dándole algunas explicaciones. Después, “X.” se imagina corriendo hacia el mar, apretándose el estómago con una mano, tapándose la boca con la otra, convulso. Cuando el agua le enfría las piernas se dobla y, con las manos en las rodillas, suelta su chorro caliente sobre la salobre frescura del mar. Las madres corren a retirar de inmediato a sus niños. Las viejas se ponen a bajar los santos del cielo. Algún señor lo increpa, violento, recomendándole que haga un pozo.
     Se sienta, vuelve a acostarse, lucha contra el mareo y el estómago revuelto, transpira, intenta distraerse de la ineludible taquicardia, respira con dificultad. Algunos momentos después se tranquiliza y vuelve a relajarse.
    

18/2/10

Outsider.


    Noche cerrada: se desplazaban nubarrones pesados y se agitaba un viento cargado de tormenta. Como es de esperar, ella no recuerda de aquella noche más que un conjunto de detalles aislados, una serie de impresiones que se disuelven en la verdadera noche de los eventos posteriores.
    Había llegado a la casa después de diez horas de trabajo agotador. Preparó rápidamente una cena liviana a base de verduras y cuando terminó de comer se permitió un duchazo largo como un exilio.
    Al salir del baño empezó la lluvia o quizás algo más tarde. Prefirió música a la televisión; encendió el equipo de audio y sonó Verdi en los parlantes, algún aria de Nabucco. Se sirvió una copa de vino blanco y se hundió en el sofá del living.
    Transcurrió así una medida de tiempo indeterminable, con las ideas dispersas entre la música y la tormenta y con el cuerpo aletargado por el vino. Se distrajo solamente cuando notó, con asombro, que todos los sonidos de la casa habían quedado suspendidos, sepultados en el aire.
    Un singular y perpetuo instante como un augurio: buscó con la mirada, reconoció el equipo de música donde el display indicaba que algún disco seguía girando, vio la botella de vino a un costado, confirmó la lluvia a través de la ventana y los relámpagos... todo ahogado en el más inverosímil de los silencios.
    Luego el estallido de la puerta tras ella; un ruido seco y las astillas de madera que saltaron desparramándose sobre la alfombra. Inmediatamente Verdi y la tormenta fueron audibles otra vez.
    Asustada miró hacia atrás desde el sillón y lo vio entrar. Indeciblemente sucio de barro y, tal vez fuera la impresión posterior, de sangre. En su gesto se articulaba todo lo ajeno y lo desconocido; con su exaltación frenética y sus movimientos nerviosos irradiaba un aura indeseada.
    La miró desde la puerta, miró entre sus piernas y el escote de la camisa incapaz de evitar (o no pudiendo distinguir) la excitación. Ella se sintió desnuda.
    Comenzaron entre ellos unos pasos de baile irracionales: él corrió desde la puerta hacia el sillón con los brazos extendidos. Ella se sintió incorpórea aunque no dejó de percibir unos latidos violentos en el pecho y las sienes y comenzó a retroceder con torpeza. Él fue dejando un rastro de saliva y barro sobre la alfombra; ella notó el aumento de la opresión en su garganta, supo que no podría gritar y se sintió asfixiada.
    Corrió dándole la espalda. El otro atravesó el aire en diagonal buscándole el cuerpo. Apareció en su mano un cuchillo injusto y ella alcanzó a ver el brillo del metal; sintió un calor profundo en el costado y la sangre suya cayéndole por la cintura. Un tajo largo y fino que ella comprendió pero no tuvo tiempo de sufrir.
    Siguió corriendo, llegó a la escalera y la trepó con todo el cuerpo. Él la persiguió hipnotizado. La vio entrar en una habitación y por reflejo metió la mano entre el marco y la puerta que se cerró con furia. Quedaron atrapados los dedos; la mano se retorcía y se escuchó un grito como un reproche.
    Algunas patadas rabiosas profanaron la segunda puerta. Ella retrocedió y él volvió a estirar el cuchillo brotándola de sangre por el antebrazo.
    Ella le arrojó un velador o el reloj despertador y recibió un golpe insoportable en el rostro; cayó al piso entre la cama y el armario y golpeó con la espalda la mesa de luz que se abrió. Él la miró con fascinación, guiado por lascivia se agachó y la tomó de los tobillos forcejeando con sus piernas.
    Ella también lo miró y un odio y un asco le crecieron en el vientre. Buscó agitada en la mesa de luz y encontró el arma.
    La pistola se interpuso entre los cuerpos. Ella la sostuvo con las dos manos, apuntó y lo buscó con los ojos. Él se detuvo, comprendió y suspiró lenta y largamente. Sus brazos delicados se sacudieron cuando sonó el estampido y la frente del otro recibió la bala. Todo su cuerpo cayó hacia el costado siguiendo el recorrido de la cabeza.
    Ella pasó entonces un largo rato viéndolo ahí tirado, quieto sobre sus piernas. No podía evitar sus ojos abiertos ni la sangre que abundaba sobre el acolchado. En la caja del pecho percibía las poderosas explosiones del corazón. No se sentía capaz de levantarse.
    Se recostó contra la mesa de luz, se metió la mano debajo de la ropa interior, entre las piernas, y sin cerrar los ojos, se masturbó lentamente.

15/2/10

Retrato de "X." - Segunda parte

    “X.” tiene mucho miedo de la soledad y del aburrimiento. Entonces se hace el alternativo; después de luchar durante horas muertas para apagar el televisor, se va a leer a la plaza. Se lleva una esterilla. Le gustaría ir al mar, a la playa, pero le queda más lejos. Se fuma su porro. Se lleva su libro.
    Cuando sale a la calle, los comerciantes del barrio no lo miran mucho, ni él los mira más de lo corriente. Apenas se saluda con ninguno. Compra pilas, salchichas, yogur, helado, frutas. Es cliente regular en algunos negocios. Sabe por experiencia propia que los empleados, en cada rubro, catalogan según una escala muy espontánea y caprichosa a la gente, en términos estrictamente económicos. Si se pudiera hacer una transcripción fiel de esa información, se obtendría entonces la cotización más exacta del valor de los seres humanos. A “X.” le intriga saber qué lugar ocupa él en esos catálogos, aunque le interesa de una manera distante, poco contundente. Sabe que para averiguarlo hay que convertirse en uno de ellos. Almacenero, verdulero, carnicero, kioskero, y subalterno, empleado de comercio. En fin, implicaba la peor de las catástrofes, de la que además él mismo no anda tan lejos.
    “X.” intuye contextos peores, como la guerra, y admite que no conoce esos contextos personalmente. Pero morirse de un balazo en el frente, uno y anónimo entre miles de millones, en la lluvia y en la mierda y muerto de miedo y cobardía sin sentido, incluso eso es considerado más conveniente, heroico y honorable, que morirse porque se te cayó la ventana de un quinto piso en la cabeza, en santa fe y corrientes, una tarde cualquiera mientras comprabas cebolla, y que esa ventana fuera la única cosa con cierto relieve en tu vida, tanto que hasta te permita salir, por única vez, en los diarios.
    Y después de tus padres y tus hijos, nadie en el mundo será capaz, por los siglos de los siglos, nunca más, jamás, de recordar tu nombre ni mucho menos. Ningún rastro deja la existencia.
    En este sentido a “X.” le preocupa el lugar. Todo podría volverse claro y razonable sin el problema del lugar. Es el problema que más lo acorrala. A veces mirando las calles, los edificios, el cielo, las antenas de tv satelital, la ropa de los peatones, el mar, la basura en el cordón de las veredas, “X.” se confiesa a si mismo que no entiende absolutamente nada de lo que sucede a su alrededor. ¿Por qué éste, y no otro lugar? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no uno mejor, o uno peor? “X.” no encuentra respuestas para esas preguntas, y en caso de encontrarlas dejarían de importar, y se presentaría otra cosa. Pero si el lugar del problema no es afuera… “X.” no sabe buscar adentro.
    Entonces se fumó su porro y se cargó un libro y una esterilla hasta la plaza. En el camino compró una gaseosa y alfajores. El calor era tórrido y grueso, a la sombra. En la plaza, “X.” se encontró con un paisaje mucho más selvático y mosquiteril de lo que esperaba. Buscaba el mediterráneo y llegó al África. Los verdes eran más intensos, los marrones mojados, las cosas parecían toscamente filtradas por la humedad. Contra toda indicación prudente, “X.” se acomodó sobre su esterilla a leer, en la plaza, en el pasto, bajo el sol. Pero el sol lo golpeó como un martillo de acero, implacable sobre la piel poco ventilada, aunque limpia, de “X.” Decidió buscar reparo a la sombra, bajo un árbol, con todo lo que implica el traslado de un picnic, pero en pocos minutos los mosquitos lo espantaron, haciéndolo sentir a él mismo un mosquito rechazado por una mano enorme, zumbante e invisible.
    Así acaban las excursiones aventuradas, generalmente.
    “X.” tiene un talento inútil, que en lugar de reportarle algún ínfimo beneficio le hace la vida más ardua y difícil, si cabe. Entre las muchas cosas que “X.” no sabe, hay que incluir su ignorancia radical sobre cómo aprovechar ese talento que, igualmente, está pasado de moda y ha caído en desuso.
    Cuando “X.” vuelve de la plaza, caminando despacio, al sol, recorriendo las líneas indiferentes de las baldosas rotas, los trazos caprichosos de la sombra de los árboles, se va preguntando cómo resuelve la gente su incomodidad más íntima. Esa incomodidad que no se puede explicar, ni transferir de ninguna manera, esa que todos terminan haciendo a un lado ciegamente. La gente anónima y sin rostro como él mismo, y que parece ir por la vida tan tranquila. “X.” no encuentra manera de resolver esa incomodidad. La vida pastando y eso es todo, para ir a reventar en algún matadero innoble, pabellón de hospital público, sábanas sucias y enfermeras irritables, cáncer de colon, sepelio de obra social. Miles de millones por cada uno que cree haber dado con la clave. Y cada uno de esos pocos “afortunados” no son más que tipos circunstancialmente confundidos.
    "X." se ha tomado la costumbre de pensar en la soledad, y piensa que es muy misteriosa. Demasiado abstracta. Inefable. La única medida posible de la soledad es el silencio. Ése sí que es bien concreto y palpable, según piensa "X.". La fuente misma donde la soledad parásita encuentra toda su fuerza. No podemos acostumbrarnos a la soledad, piensa "X.", porque no existe. Como no existen la guerra, ni el amor. Sólo existen las balas y los muertos, el sexo y la euforia. Tampoco hay soledad, sólo silencio.
    Cuando "X." se concentra, puede disfrutar el silencio. Se compenetra con él, le pierde el miedo, y lo acepta. Ése le parece el único camino hacia la comunión con la soledad. Y no es un camino fácil. La alienación y la locura van esperando por ahí, como asaltantes siniestros, aunque sin mucho empeño. Al final, ni eso les importa. Perdió la gracia volverse loco. Todo el mundo es raro.

14/2/10

Retrato de "X." - Primera parte


"Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y a dónde ir, afuera, díganme, cuando no llevamos con nosotros la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte." Louis-Ferdinand Céline, “Viaje al fin de la noche”

***

    “X.” es un tipo con las mangas manchadas. Con ropa de dos o tres años, o más, que lava por tandas una o dos veces por semana. Casi toda ropa regalada en cumpleaños y navidades. Espera ansioso el verano, para andar en ojotas y ahorrar en zapatillas. ¡Quiere con ganas comprarse ropa nueva! Pero no puede comprarse, no puede.
    Anda por ahí con un peinado medio raro, se hace el loco, pero nomás es feo. En la calle las chicas le rehuyen la mirada, enseguida, para eludirlo, y él piensa que es electrizante. Aunque a veces sospecha.
    Las mujeres son muy sospechosas para “X.”.
    No tiene muchas puertas, ni muchas ventanas, la casa de “X.”; y las puertas están dispuestas de manera incómoda, y las ventanas mal orientadas. Tampoco es suya la casa. Alquila. Así que dedica buena parte de su tolerancia involuntaria – que se ve obligado a producir en abundancia – a la humedad y a las hormigas.
    Otra inversión abundante de su paciencia se acredita en el carácter tan particular de sus vecinos. Un jubilado hemipléjico. Su esposa reumática y lisiada, que lo mantiene limpio y alimentado, siempre bufando con aires de Sísifo. La hija de este matrimonio. Cuarentona cándida, fea y andrógina. Para más señas: docente, del nivel primario. Y por el otro lado la familia de ocupas. En pleno centro. Casa tomada. Generalmente tranquilos, no molestan. Aunque atrincherados en la misma y más absoluta de las quietudes, de tal forma que para “X.” son algo fantasmagóricos e indeterminables, proliferan y horrifican un paisaje de tiradero abandonado con perfección hollywoodense.
    Desde siempre se siente un tipo raro “X.”, aunque intuye que lo es cada vez menos. Raro de alguna manera extraña. Ineluctable. Para él todos los demás son “X.”, y en relación con ellos se siente “no tan “X.” como los otros”. En términos más bien pesimistas.
    “X.” tiene un secreto. Sabe apreciar la diferencia entre el valor de las cosas, y el valor que las cosas adquieren apuntaladas por la vanidad. Pero hubiera preferido apreciarlo sin perder la posibilidad de darse a sí mismo todas las vanidades disponibles. Tampoco le queda claro que eso fuera posible. La gente vanidosa le resulta, indiscriminadamente, insoportable y soez.
    Entonces “X.” se dice a sí mismo, haciendo muchas carambolas para amortiguar el golpe: “por supuesto que “X.” es pobre”. Éste es el tabaco mental que “X.” se fuma continuamente.
    Hay ciertas conclusiones a las que se llega por un solo camino, lentitud y dolor. “X.” sabe que la vida es una mierda triste y horripilante. Decide mantenerse tranquilamente apartado de esa idea, sin olvidar nunca que anda por ahí. Incluso, de vez en cuando, con miedo de encontrarla de repente, desprevenido.
    La relación más familiar que “X.” mantiene con cualquier otro ser humano, es la guerra silenciosa e intermitente con su ex esposa. “X.” la odia, la desprecia y la ignora alternativa o simultáneamente, según el estado del clima. Y ella siente por él algo parecido. Mantienen el vínculo, en su mínima expresión, por causa y cuenta de sus hijos.
    Tiene también un hermano. El hermano de “X.”. Pero la misma corriente que a él lo arrastra, a su hermano se lo llevó a la distancia suficiente como para separarlos hasta perder el contacto. Claro que esa no es una distancia tan grande, pero para su magra economía y disponibilidad de tiempo resulta insuperable.
    “X.” se siente un tanto joven e insolvente para enfrentar su condición paternal, y demasiado viejo e insolvente para enfrentar su condición de hombre soltero e independiente. Cree tan fervientemente que el dinero solucionaría el 100% de sus problemas, que no tiene ningún sentido discutírselo. Y tal vez no esté equivocado.
    El trabajo de “X.” puede calificarse como una mierda de trabajo. Su salario puede calificarse como una mierda insuficiente. Sus gastos, además de muy mal contabilizados, son agobiantes. Sus horarios, un poco más razonables que los de la explotación directa, son abrumadores. Le demandó seis años ganarse siete días más de vacaciones. Esto quiere decir que para ganarse sus próximas ciento sesenta y ocho (168) horas de vacaciones, debió trabajar quince mil trescientas doce (15.312) horas. Ganarse cada una de esas horas a su favor, le costó casi cuatro días de su vida dedicados al beneficio económico de su jefe. En total: trescientos treinta y siete días (337). Cambió una semana de vacaciones por casi todo un año de trabajo ininterrumpido. “X.” es incapaz de entender a la gente que encuentra razonables esos cálculos.
    Cuando lleguen las vacaciones de “X.”, “X.” no tendrá dinero suficiente para disfrutarlas.
    Su última novia lo dejó por la plata. Por la plata que a “X.” le falta. Y tal vez por una cuestión de carácter. Quién sabe. “X.”, que ya tiene hijos, y no es ningún jovencito, ni un galán, ni un trotamundos acaudalado, está en problemas. Todos los indicadores se manifiestan contrarios a la futura prosperidad de “X.” No le quedaron dosis de felicidad al destino; ese reparto es, de todos, el más misterioso.

11/2/10

El club

1.
El club era famoso porque, hacia el norte y separado solo por un alto tapial de ladrillos viejos, estaba el cementerio, justo detrás de la cancha de fútbol. Entonces el club llevaba el triste apodo de "el funebrero", y cuando el equipo jugaba de local, la hinchada le cantaba al referí que "lo vamos tirar por arriba del paredón".

Pero Lucio, que sabía estas cosas como se saben los secretos de los lugares que frecuentamos, no le prestaba atención al fútbol. Desde muy chico pasaba todos los veranos en el club, en la colonia de vacaciones. La temporada empezaba a mediados de diciembre y terminaba en marzo, con el inicio de las clases. El resto del año servía para esperar impacientemente la llegada del verano.

Y el verano era la colonia, y la colonia era el club. La bandera del club era blanca cruzada por una franja azul. Los días de sol y calor se sucedían pausadamente, con la morosidad de la siesta. La única tristeza era la despedida del final, matizada por la esperanza del reencuentro al otro lado del invierno.

Eran los mismos chicos todos los veranos, llegando desde los diferentes barrios que nucleaba el club; había muchos que sólo se conocían en la colonia y, al final del verano, no volvían a verse hasta el año siguiente; otros venían de las mismas escuelas, de la misma cuadra, a veces de la misma familia.

Lucio pasaba sus días de colonia con su hermano y sus primos. Estas relaciones familiares previas, que al principio resultaban incómodas (porque los chicos se avergüenzan de todo lo que no saben cómo será visto por los extraños), resultaron ser una gran ventaja. Los hermanos y los primos establecían el primer grupo de pertenencia, y a su alrededor se formaba el cortejo de los solitarios, los desvinculados, que intentaban por todos los medios incorporarse a ese grupo formado por el azar y admirado únicamente por el hecho de su solidez, del reconocimiento mutuo que circulaba entre sus miembros. Luego de varios años de persistencia, el grupo de Lucio era ampliamente reconocido como el más antiguo de la colonia.

Tal vez lo que importaba más de la colonia, y que tan bien sintonizaba con el espíritu de sus participantes, era su continuidad. Esa característica difusa de todo lo cíclico, de todo lo que se repite hasta el cansancio, como los días que se repiten idénticos, uno tras otro, a lo largo de la infancia, hasta que en un momento el ciclo se rompe y ya nada funciona como antes.

El club tenía la forma que le imponían los rígidos y conservadores miembros de la comisión directiva. Prolijidad y austeridad: verjas pintadas de verde inglés, largas veredas arboladas, parrillas para el asado del fin de semana, gimnasio de cielo tinglado, cafetería para las tardes de campeonatos de truco o ajedrez (con su correspondiente vitrina exhibidora de trofeos), entrada imponente con boletería y molinetes, enfermería, guardería, estacionamiento. Sus dos orgullos principales eran, previsiblemente, la cancha de fútbol y la pileta olímpica.

Lucio recuerda el verano durante el cual, cada vez que los colonos eran llevados a la pileta, se comentaban las noticias del muerto allí encontrado el invierno inmediatamente anterior. Al parecer se trataba de un muchacho que se había suicidado, nadie sabía por qué, y que al momento de habilitar la pileta para el período estival, los encargados de mantenimiento habían encontrado pegado a la rejilla del fondo, ahogado desde quién sabría cuándo. La historia ponía nerviosas a las chicas, y los varones habían sido castigados varias veces por exceso de perversidad en el relato. Nunca nadie pudo determinar si la historia era cierta.

No es un secreto que, durante el verano, la gente anda más suelta de ropas. Lucio no sabía qué era de la vida de sus compañeros de colegio durante el verano, pero en la colonia veía todos los años a sus mismos amigos y amigas, practicando toda la serie de deportes necesarios para una vida sana, entre los cuales se incluía la natación. Y nadar se nada en malla. Y fueron esas amigas en malla, durante los veranos en la colonia, las primeras mujeres en la vida de Lucio. No en el mismo sentido que las mujeres de su vida adulta. Fueron las primeras mujeres que tentaron su imaginación, las primeras mujeres que despertaron su asombro.

Y la mayor fuente de asombro era el contraste entre esas mujeres, redescubiertas cada año, y el recuerdo que guardaba de ellas, del verano anterior. Hubo veranos, al principio, que esas diferencias no existieron. Pero hubo otros veranos durante los cuales esas diferencias fueron insoslayables. Veranos durante los cuales hubo que admitir que la buena amiga se había transformado en mujer atractiva, y entonces ya nadie reclamaba que, durante los juegos, los equipos se organizaran por sexos; entonces todos querían juegos mixtos, querían contacto, querían acortar la distancia que tanto se habían preocupado por acrecentar los veranos anteriores.

Lucio recuerda especialmente de aquella época a Cecilia. Pero recordar no es la palabra adecuada. Lucio sabe que alguna vez una cantidad impensada de emociones encontradas y contradictorias se ponía en movimiento cada vez que una de sus amigas de la colonia, Cecilia - ahora mujer, se le acercaba, le hablaba, le apoyaba la mano en el hombro. Entonces pasaba las tardes intentando estar más cerca de ella, intentando lograr su reconocimiento, su compañía, su afecto, y sintiendo un poco de vergüenza de sí mismo al hacerlo. Entonces los juegos no se jugaban para ganar sino para Cecilia, y si Cecilia jugaba en el equipo contrario se jugaba a perder.

De Cecilia también sabe que fue, por primera vez, una separación anticipadamente dolorosa. Ese verano no terminó como todos los otros, porque aquella vez se había sumado la ansiedad por ella, ansiedad que no podría ser tolerada a lo largo de todo un inacabable invierno.

Lucio por primera vez extendió en círculo de sus relaciones de colonia más allá del verano y la fue a buscar a su barrio, a su escuela y a su casa. Se hicieron grandes amigos, pasaron mucho tiempo juntos ese invierno pero a Lucio sólo le sirvió para perder su primera batalla. El enemigo oculto, insospechadamente, había sido su propio primo. Todos quería acercarse a Cecilia, cualquiera lo habría previsto pero Lucio todavía era un chico.

Durante el verano siguiente, la temporada de colonia fue un infierno de celos y competencia entre primos. Lucio hubiera ganado a los ojos de cualquier juez, pero el juez era Cecilia y ella hizo ganador al traidor. Lucio nunca pudo comprenderlo.

Pero recordar no es la palabra indicada. Lucio sabe que todas estas cosas pasaron, incluso todavía al pensarlo siente unas punzadas de dolor remotas, teñidas de pudor y enredadas con unas emociones que no puede desentrañar. No puede recordar la cara de Cecilia, aunque sabe con precisión qué sentía cada mañana al verla llegar al club. No puede recordar el rencor, pero sabe de la traición de su primo. Sabe que gustosamente volvería a intentar ganarse el aprecio de esa mujer, que entonces no tendría más de doce o trece años, si tuviera una segunda oportunidad.

2.
Más allá de los datos accesorios e intransferibles, más allá de las inexplicables sensaciones de infancia que nos van quedando – cada vez más amortiguadas en la memoria – Lucio guarda un solo recuerdo de aquellos veranos. Un recuerdo acreditado a fuerza del mal momento que pasó, cuando ya no era tan infantil el juego que se jugaba con las chicas.

Los profesores de natación eran estrictos con los horarios. Tenían dos horas por tarde para hacer uso exclusivo de la pileta, con excepción de los fines de semana, cuando debían compartirla con los socios regulares del club. Los profesores los llevaban a los vestuarios y les daban diez minutos para prepararse. Ingresaban a los vestuarios por un costado y desde ahí accedían a la pileta. A medida que se iban presentando se paraban en el borde, a la vista de los profesores, todos quietos y sin tocar el agua hasta que el último estuviera presente. Los más chicos tendrían clases de natación. Los que ya sabían nadar podían hacer uso de los trampolines.

Una vez formado el pelotón de chicos y chicas al borde de la pileta, los profesores solían elegir a dos o tres, sin aviso previo, para evaluar sus aptitudes atléticas. Los elegidos debían nadar un "largo", esto es, recorrer a nado toda la pileta, ida y vuelta, lo que equivalía a doscientos metros. Lucio nunca tuvo problemas con estas evaluaciones, pero para algunos era un momento difícil. Especialmente para el grupo que debía esperar al borde de la pileta hasta que el último de los nadadores completara su recorrido. Si alguno de los evaluados resultaba ser un mal nadador, la operación solía prolongarse más de lo tolerable; el chico se detenía varias veces para recobrar el aliento, tomado de los pasamanos laterales, soportando las burlas de todos sus compañeros apenas contenidos por las miradas severas de los profesores.

Finalmente, con un terrible estallido de silbato, los profesores autorizaban la zambullida general, y como a despecho de tanta energía contenida, en un gesto que pretendía insultar a la autoridad que hasta entonces los había mantenido de pie, erguidos al borde de la pileta, todos saltaban al agua aullando y cayendo unos sobre otros, salpicando y agitándose frenéticamente. De aquellas inmersiones muchos resultaban magullados más de la cuenta. No era raro que alguno de los más chicos fuera inmediatamente derivado a la enfermería.

Lucio recuerda uno de aquellos momentos, esperando al borde de la pileta, haciendo chistes y riéndose entre dientes de los comentarios de sus amigos sobre el culo de la profesora de natación. Ese verano la chica que se robaba todas las miradas era Romina. Había cambiado mucho desde el año anterior, y la tarde que recuerda Lucio era la primera que la veían en malla. Un bikini de dos piezas, rojo. Romina había cambiado mucho, decididamente. Y ninguno de los chicos podía sacarle los ojos de encima. El padrino de Romina era amigo del padre de Lucio; trabajaba en una inmobiliaria a la vuelta de su casa. Los padres de Lucio a veces visitaban a la familia de Romina, que tenía un hermano menor, Andrés, que también estaba ese día al borde de la pileta. El padre de Romina gerenteaba una distribuidora de cerveza con un socio. Años más tarde se fundirían a causa de la mala administración. Pero por aquella época de la colonia todavía les iba bien con los negocios. Lucio había estado muchas veces en casa de Romina. Nunca la había visto como esa tarde al borde de la pileta, porque ella nunca había estado así, en malla, y porque él empezaba, también, a ver algunas cosas de otra manera.

El sol les pegaba en la cara y la sensación del agua fresca a solo un paso parecía una burla. Los nadadores estaban tardando demasiado, iban por la mitad de la pileta en su viaje de ida. Los chicos, en voz baja, empezaron a hablar de las tetas de Romina. Unas tetas preciosas que no estaban ahí el verano anterior. El comentario servía para distraer la espera. Romina se sentía un poco incómoda con sus tetas nuevas, nunca las había exhibido como en ese momento, sencillamente porque antes no las tenía. Cuando los chicos dejan de ser chicos, y empiezan a sentirse atraídos por las chicas, al principio no saben cómo reaccionar. Intentan ocultar la vergüenza y la torpeza separándose de las chicas, pero un impulso más fuerte que la voluntad los manda tras ellas y al no poder evitarlo, y al no poder controlar el miedo al rechazo, el miedo a no ser aceptados, se vuelven agresivos. Algunas chicas reaccionan también agresivamente y entonces los golpes, las escupidas, los insultos y toda clase de malos tratos se vuelven moneda corriente en sus relaciones. Detrás de todo no hay más que un deseo inexplicable, y ese deseo requiere tiempo para aprender a manejarlo, a satisfacerlo y a curarlo cuando no encuentra satisfacción.

Lo que sucedió esa tarde, lo que forjó el recuerdo de Lucio, fue inevitable. Antes de que los nadadores completaran la vuelta, alguien empujó a Romina y cayó al agua. Uno de los profesores de natación imaginó que esa caída accidental requería una respuesta proporcional, y no sabiendo qué otra cosa hacer, pitó su silbato. Los chicos lo interpretaron como la autorización acostumbrada para meterse al agua y saltaron, todos juntos, gritando. Los más grandes de entre los varones, inopinadamente, dieron todos una misma dirección a su salto; unos doce chicos de entre once y catorce años fueron a caer sobre Romina.

Todo sucedió en un momento. Luego de su caída Romina apenas había tenido tiempo para sacar la cabeza del agua cuando todos empezaban a tirársele encima. Y todos los que cayeron sobre ella sabían lo que querían; sin hablar, sin haberse puesto de acuerdo de antemano, pero también sin valor para mirarse las caras, para confesarse mutuamente lo que iban a hacer.

La rodearon y la mantuvieron un poco bajo el agua, lo suficiente para evitar los gritos, y comenzaron a armar un revuelo de agua y chapoteos capaz de ocultar sus verdaderos intereses. Paralizada por la sorpresa, aturdida por lo repentino del ataque, Romina soportó por algunos minutos los manoseos, apretones de unas manos desesperadas que se prendían a su cuerpo para probarla, para saborearla como si fueran bocas. Alentados por el coraje que brindan las acciones colectivas, los chicos se sintieron protegidos por el anonimato que del tumulto, llegando a extremos que nunca hubieran alcanzado por separado.

Cuando la desesperación le dio las fuerzas necesarias, Romina comenzó a debatirse como un animal atrapado y logró mantener la cabeza fuera del agua el tiempo suficiente como para gritar. Se escucharon unos alaridos agudos, indignados, estridentes al principio, llenos de miedo al final. Los profesores largaron una andanada de silbatazos sobre el motín y los involucrados comprendieron lo único que fue capaz de detenerlos: estaban siendo observados.

El grupo de revoltosos se dispersó a nado. A Romina la sacaron del agua llorando desconsoladamente. Tardó un buen rato en calmarse y explicar lo que le había pasado. Entre las cosas que dijo, incluyó el siguiente informe: "lo peor fue cuando alguien me metió la mano por abajo de la malla, creo que fue Lucio, me tenía agarrada de atrás".

Lucio estaba presente cuando Romina lanzó la acusación. Urgido por la violenta y sorpresiva necesidad de defenderse, juró que no había hecho nada como eso. Buscó en su memoria y aquel acto del que lo acusaban no estaba. Supuso que su inspección introspectiva había sido sincera, pero no estaba seguro. La información faltaba dentro de su cabeza, pero faltaba como las cosas que no recordamos durante los desmayos. Tal vez porque no había sucedido, o tal vez porque él decidió borrarlo para que su defensa resultara sincera, para no asumir que él mismo era capaz de semejante aberración.

Los profesores consolaron a Romina y dejaron que sobre todo el asunto cayera un manto de incertidumbre. De haberse tomado la acusación de la víctima seriamente, deberían haber impartido penas extremas, castigos ejemplares, inusuales en la historia de la colonia.

3.
Así fue la tarde de pileta que Lucio recuerda de sus veranos de colonia. El único momento del que retiene hasta los detalles más inaprensibles. Lo demás tiene la forma vaga de lo casi olvidado.

6/2/10

de Luis a Lucio


Lucio:

     Pasé estas últimas dos semanas releyendo tu carta. No puedo entender una curiosidad que llega tan tarde, que revuelve tantas cosas viejas, no puedo explicarme una curiosidad tan desactualizada.
      Tampoco entiendo este reclamo de una respuesta por escrito, ¿es que te hace falta material documental?, en qué andarás… hace algunos meses, cuando se cumplió un año de la muerte de Octavio, se vinieron hasta Baltimore dos periodistas porteños que andaban buscando información sobre el año que pasamos juntos en Mar del Plata. Eran dos pibes jovencitos; ofrecieron poca plata y así fue que se quedaron sin historia. Y ahora vos… ¿qué querés saber?, espero que no estés pensando en publicar un libro o algo así.
       En fin, que ésta también es tu historia y no tengo derecho a cobrarte la información, y que además es muy probable que nunca nos volvamos a ver las caras. No podría contarte todo esto y mirarte a los ojos.
     Vos recordarás que hubo un verano, que pasamos en Villa Gesell, durante el cual Octavio y yo trabajamos juntos en un balneario. Vos le diste una mano a Octavio para que enganchara el laburo primero, y Octavio después me metió a mi. Trabajamos de mediados de noviembre a mediados de marzo sin parar un solo día; éramos carperos, lavacopas, mozos, hacíamos de todo; a cambio nos daban sueldo, cena en la cocina del bar y cama en una piecita de servicio. Pasamos cada día de ese verano en la playa, nos divertimos mucho y no nos faltaron ni mujeres ni propinas. Pero Octavio siempre andaba preocupado por lo que íbamos a hacer durante el invierno; en realidad se preocupaba por lo que iba a hacer yo, él ya tenía sus asuntos en Mar del Plata, con la universidad y sus minas de allá. La cuestión es que me insistió todo el verano para que me fuera con él y al final me convenció.
     Agarramos la guita y alquilamos un departamento fenomenal. Vos debés acordarte, aquel del piso catorce, con balcón a la calle. Quedaba en Tucumán y Arenales o Gascón, por el centro.
      Octavio me anotó en la universidad. Decía que me iba a hacer estudiar a las patadas, si era necesario. Me consiguió los libros, me enseño a tomar apuntes, a hacer resúmenes. Se pasaba horas ayudándome con unas materias de economía que no tenían nada que ver con lo que hacía él. Yo nunca pude entender por qué no estudió economía, le hubiera ido bárbaro.
      En aquella época yo andaba con Analía, vos la conociste, una morocha que estaba buenísima. Yo, en realidad, siempre quise tener algo con la hermana, pero bueno… se agarra lo que se puede o no se agarra nada. Nos llevábamos bien y pasamos un montón de tiempo juntos; mi vieja siempre decía que hubiera sido una esposa ideal. Vos hubieras apostado cualquier cosa a que terminábamos casados. Cualquiera en aquella época hubiera dicho que Analía y yo íbamos derechito para la iglesia.
     Cuando planeaba mudarme para Mar del Plata con Octavio, lo que me terminó de convencer de todo aquel asunto, fue que Analía ya estaba viviendo allá. Nos podríamos ver todos los días y ella estaba entusiasmadísima con que yo estudiara. Enseguida se hizo cómplice de Octavio, con el que se llevó bien desde el primer día. Me controlaban que asistiera a clases, me tomaban las lecciones y ese tipo de cosas.
    Yo empecé a sospechar cuando me di cuenta de que se veían casi todos los días en la facultad. Se juntaban a tomar café y a charlar, “cosas de amigos” me decía Analía. Al principio me dieron unos celos terribles, pero en seguida me agarró Octavio y me tranquilizó. Me dijo que él sería incapaz. Pero vos viste cómo era Octavio para dar explicaciones, a uno nunca le quedaba nada en claro.
      Al final no hubo lugar para dudas. Octavio podía comportarse como el mejor de los amigos, pero la que me empezaba a fallar era Analía. Las minas son así che, más jodidas, más traicioneras. Venía a casa toda contenta pero si no estaba Octavio le cambiaba el ánimo, se quedaba un rato y después se iba; siempre andaba preguntando cuáles eran sus horarios en la facultad, para ver si se lo cruzaba; si yo viajaba a Gesell para ver a mi familia, podía contar con que ella se instalaba en el departamento a pasarse todo el fin de semana con Octavio. Para resumir, un día la encaré y le dije lo que pensaba. Me contestó que si yo no era capaz de entender una buena amistad que me hiciera a un lado, por bruto.
      Entonces yo pensé que me tomaba por pelotudo. Y en realidad nunca entendí nada, ni lo que había entre ellos ni mucho menos lo que pasaría después. Todavía hoy no lo entiendo.
      La cuestión es que con Analía la cosa se ponía difícil. Yo estaba a punto de terminar la relación por falta de méritos. No sabía cómo encaminar las cosas, no sabía cómo reaccionar. La mina andaba atrás de mi amigo todo el día y Octavio que, para ser sinceros, no daba el menor indicio de mostrarse interesado. Lo peor era que los desplantes de Octavio ella me los hacía pagar a mi. No sé cómo explicarte, pero yo podía adivinar cómo andaban las cosas entre ella y Octavio por sus estados de ánimo. Cuando todo estaba bien entre ellos, la cosa andaba bien entre nosotros; cuando Octavio le encajaba algún desplante la mina se convertía en una fiera y a mí se me armaba. En algún momento supuse que el que más se divertía con el asunto era Octavio, pero no estaba seguro. Hoy lo doy por confirmado.
     Uno de esos días pasó algo entre ellos que yo nunca voy a terminar de saber. Una de esas cosas que mejor olvidarse. Pero el resultado, las consecuencias, como siempre, me llegaron inmediatamente. Analía me lo puso muy clarito: que ella se quería encamar con Octavio y que Octavio le había dicho que no, porque era mi amigo.
     ¿Entendés?, no sé si soy claro. La muy puta me vino a reprochar que, como yo era su novio, mi amigo no se quería acostar con ella. Y que ella, a pesar de todo, estaba muy convencida de lo que quería. Le dije que dejáramos de vernos y que entonces podría hacer lo que quisiera, pero no. Quería acostarse con Octavio y seguir conmigo. Yo no sé…
     Al principio todo me parecía muy cómico. Era tan inverosímil que causaba gracia. Y lo más gracioso era que todavía no habíamos pasado por la parte ardua. Es decir, todavía no había llegado, por lo menos para mi, lo más difícil de entender.
     Con Analía llegamos a un acuerdo. Como ella y yo no podíamos solucionar el problema, íbamos a dejar que Octavio decidiera. Yo estaba muy seguro de lo que diría Octavio… ¡Qué pelotudo que fui!
     Para todo esto Octavio ni aportaba. Andaba metido en unos asuntos de la facultad con un profesor suyo, un tal Sergio Méndez (con el cual, hasta donde yo sé, se metió en varios quilombos), y hacía días que no venía al departamento. Lo esperamos casi dos semanas hasta que finalmente apareció. Entonces Analía lo encaró y le largó todo: “Yo me quiero acostar con vos – le dijo, así como te lo cuento – pero él ¬– por mi – sigue siendo mi pareja, ¿está claro?”
     Nunca más, después de ese día, lo vi a Octavio riéndose con tantas ganas. Se rió tanto rato que Analía empezó a sentirse incómoda (hasta humillada), y estuvo a punto de irse. Al final dijo que si yo estaba de acuerdo, que él no tenía problema; ¡que no tenía problema dijo!, “¡qué hijo de puta!” pensé. Pero lo peor fue cuando dijo “con una sola condición”.
     Lucio, tengo que aclararte una cosa. Si te cuento esto es porque Octavio fue tan amigo mío como tuyo, porque pasamos juntos nuestros mejores veranos en Gesell, porque siempre vamos a ser los mejores amigos, aunque nunca volvamos a vernos; pero también te lo cuento ahora por eso, porque nunca vamos a volver a vernos, porque nunca más voy a tener que mirarte a la cara. Espero que puedas entenderlo, y si estás pensando en hacer guita con lo que te estoy contando, ahora que Octavio se hizo famoso y justo que se murió… bueno, por favor hermano, no me arruines.
     La cuestión es que Octavio puso como condición que yo no me quedara afuera. Que él no se quería encamar con mi mujer, pero si yo participaba él lo hacía igual. Y andá a saber qué clase de fantasías homosexuales se le metieron en la cabeza a Analía que enseguida se prendió. La puta esa estaba más excitada que un náufrago y ni por un minuto se le cruzó por la cabeza que todo podía terminar en un desastre. El único que pensaba en esas cosas era Octavio.
     Lo mejor fue que Analía se creyó que todo iba a quedar ahí, por lo menos ese día. Vos tendrías que haberle visto la cara cuando Octavio le ordenó (no se lo pidió, se lo ordenó) que se desnudara. Ahí nomás, sin preámbulos. “Bueno ¬– le dijo – desnudate”. La mina empezó a decir que no hacía falta que empezáramos ese mismo día, pero a Octavio no lo parabas así nomás. La encaró y le metió una trompada que me dolió a mí, que estaba a dos metros. Y yo por un momento estuve a punto de reaccionar y agarrarlo a patadas, pero la verdad es que me sentí tan bien cuando escuché el golpe, cuando a Analía se le dio vuelta la cara y después cuando se le caían las lágrimas de la bronca, tuve una sensación tan fuerte, algo así como cuando se salda una deuda, como cuando se hace justicia, que no pude hacer nada. Entonces me di cuenta de que Octavio sabía lo que hacía. Por lo menos sabía más que yo.
     Y a Analía no le quedó más remedio que desnudarse, llorando y todo. Fue como verla por primera vez, después de tanto tiempo fue como si nunca la hubiera visto desnuda. Y se la veía tan excitada que entré a calentarme yo también, aunque me sentía incómodo con toda la situación, y con Octavio que estaba ahí mirando. Pero eso fue todo lo que hizo Octavio, por lo menos ese día. Después empezó a participar. A Analía se le fue la vergüenza y al final no hacía nada conmigo si no estaba Octavio. Fue todo un proceso muy lento, y muy de a poco nos animamos a ir haciendo cosas que antes ni nos hubiéramos imaginado. Lo que más me costó fue con Octavio. Al principio no quería ni tocarlo, porque apenas rozarlo me daban ganas de irme a la mierda. Pero el tipo me daba espacio; se daba cuenta de que yo no quería saber nada con él y me lo respetaba.
     Lo más difícil de reconocer, lo que más me cuesta admitir es que, al final, el que lo buscaba a Octavio en la cama era yo. Siempre tuve la impresión de que Octavio sabía esto desde el principio. Y hoy estoy más seguro que nunca; aunque en el recuerdo es difícil decidir quién fue el primero que le tocó el culo a quién, pero era parte del juego, era parte de las cosas que Octavio tenía en claro y por donde a mi me agarró desprevenido.
    Después pasaron los días y el problema era que, mientras Analía vivía a una hora de viaje de nuestro departamento, Octavio y yo estábamos juntos todo el tiempo, todas las noches. Llegó un momento en el cual ella no era nada más que un pretexto entre nosotros. Al principio ese pretexto era fundamental, por ahí había empezado todo y parecía muy difícil pasar a otra cosa. Pero empezaron a sumarse uno atrás del otro los momentos en que ella no estaba y nosotros estábamos solos, y de a poco dejamos de necesitar pretextos. Por otro lado, a Analía casi nunca me la encontraba sin Octavio, y cuando Octavio no estaba entre nosotros no pasaba nada. Octavio era necesario para Analía y para mí, pero a Octavio y a mi dejó de interesarnos Analía, y todo se fue a la mierda cuando Analía se enteró.
     Nos peleamos un día a los gritos en la facultad, y a los gritos llegamos al departamento. Ahí estaba Octavio que inmediatamente se abrió del asunto. Dijo algo sobre manejar las cosas con madurez, sobre nuestra ineptitud para las cosas serias, y además dijo que no quería saber nada más con todo el asunto, porque lo superábamos con nuestro “nivel de histeria”. Analía se puso como loca y se fue llorando. Esa fue la última vez que la vi.
       Yo pensé que Octavio se la quería sacar de encima, a ella. Y me llevé una terrible desilusión cuando me di cuenta de que quería cortar la historia conmigo también. Discutimos mucho, hasta que se fue sin dar explicaciones. Estuvo casi un mes sin volver. Yo estaba desesperado, perdí los exámenes de la facultad y ya empezaba a planear la vuelta para Gesell cuando reapareció.
      Entró en el departamento como si hubiera salido cinco minutos antes. Venía con algunos compañeros de la facultad y algunas minas que yo no conocía. Estuvieron un rato y se fueron. Así supe que se había terminado todo. Esa tarde hice los bolsos y me fui.
      Después mi vida tomó el rumbo que vos conocés. Me salió una oportunidad de trabajo en Miami y me vine. Desde entonces vivo acá, yendo y viniendo a donde me mande el trabajo. Nunca más volví a la Argentina. Nunca me casé. Nunca volví a acostarme con un hombre.
      Vos que conociste a Octavio tanto como yo, y mucho mejor que yo también, no te vas a asombrar de verlo involucrado en una historia como ésta. Espero que esta carta responda a todas tus preguntas, y espero también que sepas qué hacer y qué no hacer con lo que acabo de contarte.

Un abrazo… Luis.


28/1/10

snorkel


Encendió otro cigarrillo pensando, por centésima vez esa mañana, en dejar de fumar. Eran las siete y media, segundo miércoles de agosto, lloviznaba y hacía frío, y arreciaba el viento. Llevaba en la fila unos cuarenta minutos, tal vez menos, pero la espera de la gente que busca trabajo multiplica el tiempo. Había unas veintitantas personas aguantando a pié firme en la vereda, todos deseaban con el alma irse a cualquier otra parte del mundo.

Una esbelta empleada, uniforme azul y pañuelo blanco al cuello, iba y venía a lo largo de la fila, hablaba cada tanto con alguien, explicaba las causas de la demora, nadie le prestaba atención. De la recepción del hotel salió un tipo recién afeitado, todo sonrisas y capacidad de mando, buscando a la empleada de uniforme. Entraron y al rato ella volvió a salir con una resma de papel bajo el brazo. Formularios de bacante. Los repartió lenta pero eficientemente entre todos los aspirantes al destacado puesto de repositor de supermercados.

Evitar que el papel lamentablemente fotocopiado se empapara con la llovizna era una tarea desalentadora. Octavio, incómodo, aterido y de pié, llenó su formulario mezclando los datos obvios con las mentiras de siempre. La sola intuición de la entrevista en la que pudiera desembocar toda aquella espera, todo aquel trámite, lo ponía nervioso. La sarta inagotable de lugares comunes y situaciones repetidas era para enloquecer a la más potente de las estructuras psíquicas. Sin embargo, uno de los ítems finales en el formulario lo desconcertó. El título indicaba “Observaciones”, y un comentario lo detallaba: “En el caso de reunir aptitudes o talentos que Usted crea relacionados con el puesto, explíquelos detalladamente aquí”.

En los renglones dedicados a las observaciones, Octavio escribió:

“A lo largo de los años he desarrollado, estimulado por el placer egoísta que suelo obtener, una gran habilidad en la práctica de lo que muy higiénicamente se denomina cunnilingus.

Mi dedicación al sexo oral, específicamente al que se aplica sobre la vagina, es devota y absoluta. Siento por esta forma de estimulación de la mujer una predilección incomparable, y de ella obtengo las gratificaciones físicas y espirituales más inconfesables.

Alentado por esta predilección, he aprovechado cada oportunidad para explayarme y solazarme chupando, lamiendo, frotando y mordiendo los genitales femeninos tanto como he podido, incluso hasta saturar y aburrir, hasta resultar tedioso y repetitivo. Les he cantado canciones, les he contado historias, me los he tragado, aspirado y suspirado, los he examinado detenidamente, los he palpado, los he abierto y los he cerrado. Reconozco sus latidos, sus humedades, sus inflamaciones, sus infinitas tonalidades, sus concavidades y sus sabores. No dudaría al afirmar que he visitado más veces los genitales femeninos con mi cara que con mis propios genitales.

Las mujeres son siempre diferentes en todo lo referente a los asuntos sexuales. Con el tiempo desarrollé un marcado favoritismo por aquellas que saben apreciar la calidad de un buen cunnilingus. Algo en la piel, algo en el aire que rodea a estas mujeres, en sus gemidos y en sus convulsiones, se carga de una potencia incomparable cuando son chupadas, lamidas, frotadas y mordidas. Zambullirme en ellas, untarme con sus fluidos, palparlas con los ojos, con la barba, ensalivarlas, recorrerlas por dentro con la lengua, no encuentra comparación con ninguna otra cosa conocida.

La vagina me despierta por asociación la idea del snorkel: un aparato hecho para la cara, para la boca y la nariz y para los ojos; podría respirar en ellas, y a traves de ellas, sin riesgo de perder la vida.

El sexo oral es un camino que conduce a la expansión del espíritu. Wǔ Zhào, conocida póstumamente como Wǔ Zétiān, única emperatriz de la China, obligó por decreto del imperio a todo aquel dignatario que la visitara a practicarle el cunnilingus. El “Cantar de los Cantares”, según las más versadas traducciones, también lo menciona: “tu vulva es un cántaro, donde no falta el vino aromático”; los pudorosos reemplazan “vulva” por “ombligo”, lo que no tiene ningún sentido. Según el Tao, la ingesta de los jugos vaginales permite incrementar el ch’i.

En comparación con todo esto, un miembro duro, recto y uniforme que entra y sale de un agujero me parece muy poca cosa. La prueba está en lo fácilmente que la vagina puede reemplazarse, para el pene, con la boca y con el ano, sin importar que estas cavidades alternativas pertenezcan o no a una mujer.

Pero la vagina es un misterio insoluble, uno que jamás perderá atractivo. En su órbita el deseo sigue siempre virgen, siempre arrollador. Toda mi experiencia es inútil cada vez que se presenta una nueva oportunidad de ponerla en práctica, y esta incertidumbre renovada es la que hace progresar al talento.

Claro que, para ser sincero, no veo de qué manera este talento pueda relacionarse con el puesto que la empresa ofrece, pero no quería dejar la casilla en blanco. Si ustedes fueran capaces de encontrarle alguna aplicación práctica, yo estaría dispuesto a trabajar sin remuneración salarial de ningún tipo.

Atte. Octavio.”

La chica del uniforme azul y el pañuelo blanco recorrió la fila reuniendo las planillas. Octavio escribió sus últimas líneas mientras ella, parada a su lado, esperaba con ansiedad y alguna cuota de fastidio. Le dio el papel pero, cuando ella lo agarró, todavía lo sostuvo un segundo, mirándola a los ojos. Finalmente la dejó ir. Ella volvió a entrar al lobby del hotel y Octavio abandonó la fila encendiendo otro cigarrillo.

27/1/10

El estado de la cuestión


¿Estarás recibiendo mis mails? no lo sé, borré tu dirección cuando logré pasar una semana sin hablarte, y después me arrepentí, y volví a agregarte acá y en el chat, aunque no estoy seguro de haber reincorporado las direcciones correctas. Pero, incluso en el caso de recibir estos mails, ¿los leés?, tampoco sé eso.

Tu capacidad de silencio y distancia me produce una notable admiración. Ojalá yo estuviera a la altura de ese silencio. Estoy seguro de que si pudiera sostener la distancia como lo hacés vos, este problema nuestro se solucionaría mucho más rápido. Pero no puedo, no tengo una décima parte de tu fuerza de voluntad; esta situación por medio de la cual vos esperás alcanzar claridad a mi me confunde, esta situación en la que cifrás tu tranquilidad a mí en enfervoriza, vos encontrás en esto una vuelta a tu intimidad, y yo estoy absolutamente perdido. No me reconozco, ya no se quién soy, no le encuentro sentido a las cosas, todo tiene un gusto soso, impasable, intragable, y tengo la sensación de que mi identidad se disuelve, se pierde.

Me doy cuenta de la transformación que se va produciendo, lenta pero imparable, en mí, y por lo tanto en nuestra manera de relacionarnos. A estas alturas soy un asco, me siento un asco de persona, aborrezco mis arrebatos de acoso, mi insistencia con el teléfono, con el celular, con los mails, con mis vigilias a la puerta de tu casa. Esto en lo que me voy transformando no tiene nada bueno para darte, no se parece en nada a lo que yo mismo era cuando podía hacerte feliz. Y es inevitable que vos lo notes, incluso desde esa distancia que guardás tan celosamente, y es inevitable que sea un motivo más para sostener la distancia. Soy la evidencia que desmerece todo lo bueno que alguna vez compartimos.

Estoy encerrado en ese círculo vicioso, totalmente enceguecido, incapaz de ejercer la inteligencia en nada que tenga que ver con nosotros, con nosotros juntos o por separado, estoy ciego para mí y para vos, y mi ceguera se va comiendo todas mis cosas.

En el centro de todo esto, una verdad clara y sencilla: no tengo respuestas, y tal vez no las vaya a tener nunca. Estoy tan seguro de esto como del amor impresionante, inmenso, que siento por vos, y que me mastica los huesos todo el tiempo. No se qué hacer. Sigo insistiendo como único recurso en el vértigo de esta sinrazón que me arrastra, pero es pernicioso y perjudicial y nos aleja cada día más. Dejar de insistir, dar todo por perdido, me resulta inimaginable, incomprensible, insostenible incluso como hipótesis.

Y no tengo respuestas.

A lo largo de mi vida conocí tiempos mejores y peores, momentos muy buenos y muy malos; generalmente lo bueno y lo malo viene tan mezclado que es difícil distinguir. Tengo alguna memoria de ciertos eventos críticos, más o menos importantes, como de ciertas alegrías, tampoco gran cosa. Pero lo que me pasó con vos, cuando fuimos felices, y lo que me pasa ahora que ya no lo somos, me resulta tan potente, me abarca y me arrastra con una fuerza tan grande, que ya estoy emocionalmente exhausto, exánime, completamente entregado a la corriente. Y me estoy ahogando.

En la convicción más absoluta de que sos la mujer de mi vida, incomparablemente hermosa sin medida en todos los aspectos de la belleza a los que puede aspirar el ser humano, me encuentro abrumado y perdido por las circunstancias. Tengo la sensación de haberme adentrado en el mar, y de haber dejado atrás, hace algún tiempo, de hacer pie, de encontrar el piso que me sostenga. Lo único que todavía impide que me desmorone es una fuerza que no se de dónde sale, una fuerza inconsciente, gregaria, la fuerza torpe de levantarse cada mañana, de ir a trabajar, de cocinar una salchicha, de lavarse los pies. Vivo dormido y olvidado en esa fuerza sorda la mayor parte del tiempo, con miedo a despertarme pensando en vos.

Sufro la idea de que tal vez las respuestas las tengas vos, vos que no querés devolverme el sonido de tus palabras, y que elegiste este camino para encontrar esas respuestas lejos de mí, respuestas tuyas, que sólo te servirán a vos si es que algún día aparecen.

Pasé por todas las tonalidades del enojo, del despecho, de la súplica, hasta la íntima conciencia de haber perdido la dignidad, dignidad necesaria a la luz de tu mirada. En mi arrebato soy lastre, soy ancla, soy el obstáculo a cualquier solución, en el camino que elegiste soy la peor de las compañías.

Tu convicción de que este procedimiento nos reportará algún tipo de beneficio tras una espera indeterminada, para mí forma parte de una realidad inaccesible, indescifrable.

Pasaron meses. Atrás quedó el término normal en el que deberíamos haber tomado algunas decisiones. Y el tiempo sigue corriendo, conspirando en contra nuestra. Deliro pensando que estoy en tus manos, y todo indica que tus manos no están interesadas en sostenerme. La única opción honorable que queda por delante es el olvido. Cada parcela de mi cuerpo se resiste a olvidar, como el que se resiste y lucha contra el dolor, contra la imaginación que el dolor inminente despierta antes de producirse.

26/1/10

liturgia del pesimismo


El problema de fondo radica en que ya lo sé. Y lo sé todo. Todo lo que se me pueda decir al respecto: lo pensé antes, lo repensé, lo pensé mejor que cualquier otro, lo entendí, lo asimilé, y no me sirve para nada. Lo que yo sé y lo que cualquiera puede saber aunque muchos no lo sepan, todo lo que pueda saberse, no sirve para nada cuando las puertas de la razón se niegan a abrirse frente a la evidencia de lo inevitable.

Y no estoy dispuesto a explicar lo que cualquiera puede saber, lo que yo mismo ya sé, desde siempre. El problema de superficie radica en que, para enfrentar el problema de fondo, no puedo elegir ningún camino que no pase por la autodestrucción, por el lento consumirme a mi mismo. Soy la materia en la que se disuelven mis propios morbos, y el morbo sólo se disuelve a temperatura de ebullición.

Cuando llegue el Apocalipsis, habrá un grupo de sujetos que se siente a disfrutar el espectáculo en cómodas reposeras amarillas, bebiendo tragos frutales con pequeñas sombrillas colgando hacia un lado, y haciendo comentarios tontos del tipo “Uh! Aquel de la izquierda la está pasando muy mal!”, y yo espero estar en este grupo.

Además, el que la pasa peor siempre es “aquel de la izquierda”.

Es inevitable. Según el Agente Smith, “the sound of inevitability”: una trompeta que te meten por el culo y la soplan con la fuerza de todas las tempestades. Es inevitable zambullirse, ahondar, profundizar. Las gentes más desconcertantes son aquellas que evitan los problemas, que deciden no enfrentarlos, o enfrentarlos con herramientas de una naturaleza completamente diferente al conflicto. Las herramientas de la ecuanimidad, de la inteligencia, de la mesura. Gente que “evalúa”, que realiza “consideraciones”. Desconcertantes y fascinantes. Para mí incluso incomprensibles.

Maniobras evasivas. El uso de la razón no es más que una manera de justificar la no comprensión de lo incomprensible. Se rodea el núcleo mismo del caos con un sinfín de estadísticas, ecuaciones y protocolos tranquilizadores, para encerrarlo en un armario oscuro sin cargos de conciencia. Y la gente feliz vuelve a ocuparse de sus asuntos felices.

La única manera de enfrentar el conflicto es multiplicándolo, prosperando en la incomprensión, abdicando en su favor, entregándole la virginidad anal. Mi especialidad.

Hundirse hasta la nariz en el disgusto. Y encontrar el placer. Esta es la parte que no entiende nadie, la parte inefable, el “côté de chez Swann” de los conflictos de la vida, el lado por el cual la memoria registra todo sin la menor sospecha de cómo dar cuenta de ello, de cómo transformarlo en experiencia transmisible. Todas las decisiones desacertadas. Todos los arrebatos místicos. Todos los lances a cara o cruz. Y encontrar el placer en esto, y sólo en esto. Precipitarse en el vértigo y desintegrarse las muelas apretando los maxilares.

Si sólo dejara de persistir la necesidad de compartirlo, de decirlo, de buscar alguien más que lo entienda; si pudiera confiarme, si alcanzara con saber, sin confirmaciones de ningún tipo; si pudiera quedar exento de sus ojos…

24/1/10

Blitz


Blitz como una verdadera cloaca de corriente de pensamiento. Puedo reírme y aplaudir dando vueltas por la cocina, seriamente emocionado, drogado, hambriento, y sin sentido, con miedo del sinsentido, pero no hay interrupciones para este bombardeo de la inminencia fecal, boca llena de miel, de los dedos de los pies. Levantar la cabeza y mirar buscando errores, la pantalla, luces azulblancas de pantalla sobre la cara. Persistir con la amnesia voluntaria, con la anestesia auto aplicada, procrastinar, fomentarnos nuestra propia representación teatral de nuestros dramas chiquitos y ordinarios. Justificarnos.

Lavé la boca con un beso cada mañana de tus manos, una idea, un brillo de genialidad aunque fuera prestado, no hay caminos para la resignación. Soy un pesimista hereje, que llegó a Dios por la ruta de Colón. No podría aceptar un final que no fuera feliz, y mi agonía me llena de miedo, saber que una flaqueza al final puede delatarme.

Una lengua suave al oído, llena de esa dulzura del decir que ablanda la panza que la escucha, y llenar de asombro, llenar de asombro. En todo lo que cabe de un cuerpo.
Sentiría los golpes que sacuden el pecho. Sabría encontrarte por los rincones vacíos. ¿Cuánto podrá faltarme para ser uno de esos tontos frágiles y delicados que aparecen en los cuentos de Bukowski?, malos escritores mantenidos por sus tías, fracasados, alcohólicos y endeudados, tontos descerebrados sin carácter incapaces de reconocer su falta absoluta de talento.

Y del sur de las américas, de la américa nuestra. Subdesarrollado. Objeto de estadísticas dentro del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En mis condiciones de precariedad habitacional, educativa y sanitaria.

Amén.

19/1/10

… y cuando me de vuelta, que te conviertas en estatua de sal … (decálogo para olvidarte)


1. Mesura. Contar los días, de la misma forma en que se hace para dejar cualquier vicio; aferrarme a las horas, confiar en ellas, recordando siempre que su tarea es agotarse, pasar, acumularse sobre la memoria hasta anegarla.

2. Distancia. No llamarte, no escribirte, no tocar tu timbre, no esperar tus llamadas, no esperar tus mensajes, no atender mi timbre con la renovada esperanza de encontrarte al otro lado de mi puerta.

3. Higiene. Borrar todas tus huellas, quemar tus fotos, tirar tu ropa y regalar tus muebles, eliminarte de todas las agendas, de los discados rápidos, de mis itinerarios, del olor en la piel.

4. Templanza. Manejar con cuidado los estimulantes; el alcohol y las drogas pueden procurar cierto alivio relativo, pero los estados de euforia son difíciles de manejar, generan flaqueza y favorecen la distracción del objetivo principal. Y el objetivo es olvidarte. Repetirlo como un mantra: el objetivo es olvidarte, el objetivo es olvidarte…

5. Cordura. Durante el día saltar, gopear las paredes, morder las patas de las sillas, gritar por las ventanas, insultar a los automovilistas, maltratar a los empleados públicos; por la noche transpirar las sábanas en la cama solitaria y mantenerme impasible en la marea de las pesadillas.

6. Sinceridad. Reconocer para mí mismo que tu íntimo deseo es no volver a verme, y clausurar de una vez este ridículo diálogo que mis pensamientos insisten en sostener – tan obstinadamente – con tu figura imaginaria.

7. Soledad. Mantenerme al margen de nuevas relaciones; en las actuales condiciones de depresión y melancolía están destinadas al fracaso por efecto de la comparación. Un nuevo fracaso equivaldría a la pérdida definitiva del frágil equilibro hasta ahora alcanzado.

8. Estoicismo. Perder todas las esperanzas, y aguantarme así, sin ellas.

9. Paciencia. No perder de vista que, antes o después, al final no quedará nada del dolor que hoy parece abrumador.

10. Decisión. Volver a la triste realidad del mundo que no te contiene.

2/1/10

Témpora


Lo que Eddington dice sobre la dirección del tiempo y la teoría
de la entropía, va más allá de que el tiempo cambiaría su dirección
si los hombres empezaran un día a caminar para atrás
.”
Ludwig Wittgenstein (Aforismos)


La vida entera se ha transformado en una locura sin sentido. Alguien tiene que decirlo de una vez, alguien debería dar testimonio de esta espiral de sinrazón que se ha desatado entre los hombres. Van a detenerme y tal vez a matarme por esto, como les sucedió a muchos otros, porque el orden mismo de esta escritura es profano y blasfemo, porque no puedo abandonar la sucesión, la continuidad, porque mi confesión será considerada “contra-natura”, pero no encuentro motivos para evitarlo, no hay nada por lo que valga la pena seguir adelante. Ya no hay, ya no existe “adelante”.

En el futuro, o en lo que ahora entendemos por “futuro”, quedaron para siempre perdidos los motivos, olvidadas las causas de todo lo que está sucediendo, y nadie se pregunta ni se preguntará jamás por aquellas causas de las que nos alejamos irrevocablemente. No tengo conocimiento de aquellos sucesos, apenas rumores y entredichos, mitos y leyendas de un futuro inalcanzable y que se distancia más y más en el tiempo. Hubo un período de terror, el terror se desencadenó tras las guerras, y las muertes, o tal vez fuera al revés, el orden cronológico es confuso. La noción de orden cronológico está ya fuera del alcance intelectual de la humanidad. Aparecieron, antes o después de las guerras y del terror, los heraldos del Apocalipsis, los voceros del gran pánico que arrebató la lucidez de la gente, sumiéndolos en la sombra, debilitándoles el juicio y la capacidad de razonar; el hombre común se convirtió en un animal influenciable, vulnerable, falto del más elemental sentido común.

Algún tiempo antes, en el pasado del caos que desató la pérdida del futuro, aparecieron los “Témpora”, ese fue el nombre que se dieron a sí mismos. Se creían sacerdotes, así se presentaron, pero no eran más que el resabio de las universidades, la resaca científica y los políticos supérstites. No faltó quien los acusara de haber desencadenado las guerras que en el futuro habían devastado las ciudades y degradado al género humano, pero las explicaciones eran oscuras y aún los testigos directos carecían de pruebas. Los “Témpora” prevalecieron y comenzaron a envenenar nuestros oídos con sus ideas. En cuanto ganaron sus primeros adeptos organizaron rápidamente su secta, su cruzada, y se impusieron. Se cuentan macabras historias sobre los últimos tiempos, cuando todavía luchaban contra facciones adversas pero, como ellos mismos dicen, “la marcha hacia el pasado es irrevocable”.

En un mundo carente de las mínimas organizaciones sociales, los Témpora se fortalecieron e impusieron su propio orden. La desesperación, el miedo, la necesidad connatural del hombre de delegar la propia responsabilidad en manos ajenas, estuvieron de su lado. Sabrán los Témpora ser paternales cuando fuera necesario, sabrán ser violentos si viene al caso, sabrán hacerte entrar en razón por cualquier medio. Y de lo contrario serás ejecutado. Ellos cuentan con el socorro del tiempo, los demás debemos someternos a su patrocinio.

Lo primero y lo más importante que supimos de los Témpora fueron sus extrañas (así las llamábamos en aquel futuro, “extrañas”) teorías sobre el tiempo. Decían que el tiempo no era más que un efecto y una manifestación de la voluntad del hombre. Decían que esa voluntad atrofiada y malversadora del tiempo era la culpable del caos y la destrucción que nos habían dejado al filo de la extinción universal. Era nuestra obligación imponer nuestra voluntad sobre el tiempo, decían, para ejercerlo en el sentido contrario, contrario al orden temporal que nos llevara a la destrucción.

La tesis general de los Témpora se sostenía en la idea de la voluntad colectiva. La voluntad de un hombre no es capaz de alterar nada fuera del alcance de su entorno inmediato, pero la voluntad mancomunada de muchos hombres, de cientos de miles, de miles de millones, es capaz – según ellos – de provocar milagros nunca antes imaginados. Ellos decían conocer el secreto que nos permitiría ejercer esa gigantesca potencia de la voluntad para salvarnos, ellos sabrían dirigir a la humanidad hacia nuevos horizontes, hacia un renacer, hacia la salvación que en aquel futuro todos veíamos tan lejana. Sólo nos pedían el sacrificio y la abdicación individual en favor de la causa universal.

Con el adoctrinamiento comenzaron a construirse los templos. Para muchos, aquel tiempo de la construcción fue el último período en que el hombre pudo desarrollar sus ideas según el curso normal del pensamiento, según el sentido ordinario y espontáneo del tiempo. Los templos fueron el nuevo epicentro de la actividad humana, ocupando por su importancia y su influencia el lugar que correspondiera en otro momento a las ciudades, entonces destruidas. Todos aquellos que participaron en la construcción de los templos desaparecieron, pero las desapariciones, habiendo experimentado el dolor y el desastre de la guerra, no llamaron la atención.

Desde los templos, los Témpora se encontraron en óptimas condiciones para dar el paso definitivo. Impusieron su doctrina final a sangre y fuego. A donde se mirase, quienes no se manifestaban como adeptos fanáticos eran ocultos espías de los Témpora, encargados de supervisar la apropiada conducta colectiva de la gente. Ya que el éxito de su doctrina dependía de la masiva coordinación de las voluntades, cualquier individuo que no sometiera su voluntad a los decretos de los Témpora era considerado un enemigo del bien común, y sumariamente ejecutado. Si la realidad daba muestras irrefutables del error de sus doctrinas, de lo impracticable de sus ideas, de lo inútil de sus prédicas, si se presentaba la mínima falla y se levantaba cualquier sospecha de que el “sistema” de los Témpora no funcionaba, se acusaba a las voluntades rebeldes, se las consideraba únicas responsables de toda desgracia, se las perseguía, se las sometía públicamente. Cuando los rebeldes no eran suficientes, si no se lograba atraparlos, o simplemente ya no quedaban rebeldes qué acusar, se los inventaba.

¿Qué esperaban los Témpora? ¿Qué nos obligaron a hacer durante tanto tiempo? ¿Qué nos exigen todavía hoy? ¿A qué nos obligaron mañana y qué nos impondrán ayer? El hijo de mi hijo todavía guardaba memoria, antes de morir, de aquel futuro inexpresable para la mayoría de nosotros. Los Témpora nos obligaron a desandar el tiempo. El “sistema de salvación” de los Témpora nos impone vivir desde el futuro hacia el pasado, nos impone pensar de adelante hacia atrás, nos impone escribir de derecha a izquierda, en el orden inverso de las palabras, borrando a medida que retrocedemos sobre lo ya previamente escrito. Caminamos de espaldas, hablamos un nuevo idioma que no es otra cosa que nuestro idioma original, pronunciado en orden inverso con perfección asombrosa y habitual. Ya no podemos incorporar alimentos, sino expulsarlos de nuestro cuerpo. No podemos orinar, sino inyectarnos líquido a través de nuestros genitales. Nos administramos medicamentos antes de manifestarse cualquier enfermedad. Se nos reintegra el dinero en lugar de gastarlo. La vejez es la primera etapa de nuestra vida; donde antes nos esperaba la muerte, hoy nos aguarda el nacimiento.

Y nada de esto, para mayor tortura y desesperación, sucede al azar. Desandamos la historia, la deconstruimos lentamente, la hacemos correr hacia atrás, hacia el pasado. Nos alejamos del futuro, donde la guerra destruyó a la humanidad, y nos acercamos hacia el pasado, donde todas las utopías encuentran aquel tiempo que siempre fue mejor, el tiempo anterior cuya consecución es hoy nuestra meta y nuestra esperanza. En el “final”, lo más difícil fue deshacer el efecto destructivo de la guerra, reconstruir pieza por pieza cada casa, cada edificio, rellenar los cráteres de las bombas, quitar las balas de los cuerpos, dar vida a la carne muerta. Encaminarnos hacia el “principio”, decrecer, rejuvenecer con el paso de los días, volver al útero materno, un útero que volvía de su propia vejez. Sacar a las siguientes generaciones de sus tumbas. La voluntad, nos decían los Témporas, es la herramienta que puede lograrlo todo.

Se nos impone el esfuerzo mental de una permanente marcha inversa que, implacable, equivale a un método de tortura y lavado de cerebro. Pensar el siguiente paso que se dará, la siguiente palabra que será pronunciada, los gestos, las más importantes y las más insignificantes decisiones, en sentido contrario: no como un acto nacido del libre albedrío sino como la persecución de algo que ya se ha hecho, inalterable predeterminación, buscando el dato que obligadamente estará en la memoria para repetirlo, y con la repetición deshacerlo, desaparecerlo para siempre. Sólo la potencia de la voluntad mancomunada puede hacer que funcione, repiten los Témpora.

A medida que marchamos hacia atrás seremos más felices, nos reencontraremos con la juventud de la humanidad, olvidaremos el odio que nos llevó a la destrucción, olvidaremos la vanidad. Llegará el tiempo en que recuperemos una forma de vida mucho más simple, en contacto con la naturaleza, lejos de la debacle tecnológica y sus desastrosas consecuencias. Volveremos a mirarnos a la cara y nos reconoceremos. Así nos hablan los Témpora. Las voces que se pronuncian sobre ellos están prohibidas. Nadie hablaba de los Témpora en el pasado, nos dicen, porque en el pasado ellos no existían. Esto nos impide opinar, nos impide revelarnos, criticar sus métodos, sus procedimientos. Sin embargo persisten, aquellas voces, se dejan escuchar ocasionalmente, a pesar de las continuas y cada vez mayores desapariciones. Hablan de experimentos atroces, de coerciones inexplicables en nombre del incremento de nuestra fuerza de voluntad. En el futuro aparecen una y otra vez los escépticos. En el pasado ya no existen.

Perdemos sin remedio el sentido de la orientación, la noción de transcurso del tiempo. El orden permanentemente alterado del pensamiento, del discurrir y del acontecer, nos deja cada vez más a merced de los Témpora. No sabemos qué es verdadero y qué no es más que otro de sus inventos para seguir imponiendo sus ideas, sus programas, su “sistema”.

Todo pierde el sentido, todo deriva lentamente hacia la locura, lo cotidiano es una tergiversada versión del infierno. No vale la pena seguir adelante. Ya no hay, ya no existe “adelante”.

29/12/09

Despertar II (2001 - 2010)


claro, toda vida es un proceso de demolición
F. Scott Fitzgerald


Mi día empezó a las 6.45 de la mañana. Llovía copiosamente y hacía calor. Anoche mis chicos se quedaron a dormir en casa, así que me levanté temprano para prepararles el desayuno. Para el más grande medición de glucosa y 8.5 unidades de insulina antes de que se terminara la leche. Esos pinchazos diarios están a mitad de camino de convertirse en un hábito, y a mitad de camino – también – de destrozarme los nervios. Comieron, los vestí, charlamos sobre los juguetes que se llevarían a la casa de su madre y los juguetes que dejarían en mi casa. Habiendo pasado sólo dos días desde la Navidad tienen bastante material qué distribuir. 7:45 llegó el taxi que nos llevó veintipico de cuadras, a las ocho en punto los dejé con su madre. Lo primero que hice al separarme de ellos fue arrepentirme de cada reto a voz en cuello y de cada penitencia que les había impuesto durante el fin de semana; habían estado particularmente difíciles.

Esperando que no se repitiera el chaparrón de la madrugada, caminé las veintipico de cuadras de vuelta, pasando por la puerta de mi casa y caminando todavía cinco cuadras más, hasta el trabajo. Hubiera podido pedirle al taxi que me llevara pero no quise gastar más. No volvería a llover antes de las seis de la tarde.

Me recibió mi compañera: María la Mediocre, todo abnegación y autosacrificio familiar, la típica mentalidad de colmena de los borg en la serie “Star Treck”; inmolación y supresión del sentido de la individualidad. Algunos necesitan eso para vivir, sacarse del medio, borrarse del cuadro, gente que no soporta la visión de si misma.

En el trabajo, libros. Sólo en el día de hoy, mil doscientos treinta y dos títulos. Libros libros libros. Poner un libro sobre el otro, y apilarlos durante ocho horas. Título, autor, editorial, colección, formato, código de distribución, isbn, remito, factura, venta, reposición, clientes, proveedores, unos sobre los otros, en cajas, en paquetes plásticos, en promoción, todos y cada uno de los mil doscientos libros. Autores como Wood, Garwood, Lindsey, Quick, Coelho, Dresell, Tholle, Estivil; títulos como “El ganso está afuera”, “El sabio de las montañas azules”, “1001 trucos para adelgazar vomitando y provocándose diarreas”; libros sobre golf, sobre narcotráfico, sobre puericultura, libros de Louisa Hay, de Stephen King, de Jorge Bucay, de “elige tu propia aventura”, de escritores galardonados con el premio novel, de novelistas argentinos pedantes y pretenciosos.

Treinta minutos para almorzar. El jefe se fue temprano así que estiré mis treinta minutos hasta casi cincuenta.

Ya a las ocho y poco más de la mañana había pensado en escribirle. Llevamos más de una semana sin vernos, hablando por teléfono pero muy desencontrados. El domingo no hablamos en todo el día, si yo decidía no escribirle pasaríamos – casi con seguridad – todo el lunes sin comunicarnos. Se suponía que todo estaba bien, pero habría que poner a prueba el lunes, no quería escribirle yo, como siempre. Soy un pésimo administrador de mi soledad, porque mi soledad me espanta. La extraño y caigo en sus manos y caigo cada vez más bajo mendigándole tiempo. Pero no mendigo más, cuando dejé de fumar me prometí sacarme de encima todo lo que me hace mal, y voy a sostenerme mi promesa. No soy idiota, puedo ver que estoy de más donde nadie me necesita.

Más libros. Charla intrascendente. Ocho horas tiradas en compañía de gente sin ninguna imaginación, incapaz de despertar el más mínimo interés, con la que no tenemos nada en común. Trabajar es apretarse las bolas con el marco de la puerta, voluntariamente.

A las cinco de la tarde salí. Desde ese momento y hasta que me acostara a dormir, mi tiempo sería mío y sólo mío. Fuera del trabajo, una tarde sin mis hijos, llevaba unos diez o doce días esperando ese momento. Había pensado que para entonces nos habríamos puesto de acuerdo para pasar la tarde juntos, pero ella seguía sin llamar. entocnes lo llamé a Lucio, habíamos arreglado para encontrarnos en su casa en cuanto terminara mi trabajo, aunque no me sentía muy atraído por ese proyecto. Lucio me atendió desde la cama, estaba durmiendo y quería dormir más.

En casa comí algo, lavé los platos y me dí una ducha larga y fría. Seguía haciendo mucho calor. Cuando salí del baño se largó a llover sin ninguna misericordia. Lucio me llamó y me dijo que estaría en lo de Fernando. Tenía que llevarle un caloventor. La palabra “caloventor” me resultó llamativa.

– si volvés a tu casa avisame y voy – le dije – prefiero dormir un rato, no quiero ir a lo de Fer

– vamos a estar acá hasta tarde

– bueno, dénse muchos besos en la cola de mi parte

Corté. Me acosté, intenté leer un rato, me dormí.

A las ocho de la noche todavía había sol y ella seguía sin llamar. En ese momento acepté que ya no llamaría. Me cago en el alma sin pecado de todas las monjas vírgenes que sueñan con sádicos sodomitas. Quería apagar cigarrillos en las tetillas de los bebés recién nacidos, quería echar líquido para frenos en los maceteros con flores de mi vecina la viuda, quería cogerme por el culo a mi ex. Necesitaba salir a distraerme un rato.

Me vestí, ordené un poco los libros y los juguetes de los chicos, no quise llamar antes de llegar a la calle por miedo de arrepentirme y no salir. Cuando finalmente atravesé todas las puertas, abriendo y cerrando todas las cerraduras, y ya me sentí seguro, en la calle, lejos de la soledad abrumadora de mi departamento, llamé. Atendió Lucio.

– estamos en lo de Fer – “predecible” pensé – traete una coca que tenemos Fernet.

– ok, llego en diez

Caminé unas ocho o nueve cuadras. Estaba todo húmedo, con un sol indeciso, gente dando vueltas con cara de crisis económica – la cara más vista y repetida en los últimos quince o veinte años. Como siempre, crucé unas cuantas chicas lindas con las que hubiéramos mantenido un buen sexo si se hubiera dado el caso. Yo por lo menos – pensaba al verlas por la calle – lo pasaría muy bien.

La casa de Fernando, en la que Fernando vive con su hermano Juampé, es el último lugar al que nadie querría ir durante un acceso de melancolía. Llevan siete u ocho meses sin pasar una escoba, hay prendas de vestir disecadas en los rincones, bolsos a medio armar/desarmar que se fueron acumulando entre los distintos viajes a Villa Gesell de Fernando o de su hermano, el baño huele a orín, la ducha no tiene cortina, el botiquín no tiene puerta ni espejo, hay telarañas impregnadas en el techo, mojadas con el vapor de la ducha, las toallas hieden humedad y sudoración, hay una mancha de dentífrico y barro en el piso; la cocina está peor. No hay un solo punto agradable en todo el departamento en el cual descansar la vista. Un par de cañas de pescar arrinconadas detrás del modular lleno de polvo y cajitas de cigarrillos. Una bicicleta oxidada en el balcón. Nada más.

La computadora es el epicentro de aquella tierra baldía. Incluso por sobre el televisor al que, aunque siempre encendido y a todo volumen en algún programa insoportable, nadie le presta atención. En la computadora siempre está sentado alguno de los dos hermanos, horas y horas, hoy estuvo Fernando todo el rato mientras estuvimos ahí; para cuando llegué a las ocho y pico de la noche ya llevaría unas tres horas de PC, y ahí estuvo todavía tres horas más. Los tres, Fernando, Juampé y Lucio, se dedicaban a eso con todo ahínco, a la computadora, a los juegos on-line, juegos de rol y juegos de tiros y juegos de estrategia. Trabajaban para poder jugar en el tiempo libre, pagaban un alquiler para jugar en el tiempo libre, luz e internet, los pagaban para poder jugar en su tiempo libre; paraban a cagar, a comer, y lo menos que fuera posible a dormir, para poder jugar en su tiempo libre. Y eran capaces de no cagar para que nadie les ocupara el lugar. A veces se visitaban mutuamente y pasaban el rato viendo cómo jugaba el otro, en su casa, durante su tiempo libre. Y el principal tema de conversación con ellos era el juego, y hablaban sobre el juego durante su tiempo libre, y casi no hablaban de nada más. Yo había tenido mi época que adicción y de jugar compulsivamente, fue una de las primeras cosas que dejé después del cigarrillo. Inmediatamente después de dejar de fumar y de jugar, luego de atravesar un período confuso de readaptación a la realidad, me puse a trabajar en mis cosas y había pasado (había trabajado y había conseguido) un buen año. Mi primer “buen año” en una década y monedas. Estaba contento con eso, y quería más, y estaba convencido de que no jugar tenía mucho que ver con que el año hubiera sido tan bueno.

Intentaba que Lucio despegara también del juego, pero no me creía autorizado a intervenir más de la cuenta. Intentaba recordarle cada vez que me fuera posible que la vida continuaba más allá de la pantalla, pero nunca me atreví a hacerlo sentir mal sobre el asunto de los juegos. Su esposa lo había dejado algunos meses antes, precisamente por los juegos, y también porque estaba loca y no valía ni el peso de su sombra; no era el mejor momento para molestar a Lucio. Así que le regalé algunos libros (a él siempre le gustó leer de vez en cuando) con la esperanza de distraerlo un poco y que le dedicara alguna energía a otra cosa.

En media hora liquidamos la primera botella de Fernet. Tomábamos Juampé y yo, Fernando estaba jugando muy concentrado y Lucio miraba televisión, hablábamos del juego, de las series de la tele, de los estrenos del cine; Lucio me agradecía la novela que le había regalado para navidad, había leído casi doscientas páginas de un tirón en el trabajo; hablamos de las mujeres, a Fernando y a Juampé no les iba tan mal, Lucio y yo estábamos muy pesimistas y nuestras opiniones fueron sombrías. Le pedí a Juampé que armara unos porros y fumamos la marihuana mustia y con olor a raid que desde hacía meses era la única que conseguíamos. Pedimos empanadas para Lucio y para mí, cenamos y tomamos más Fernet, y fumamos. Fernando y Juampé, cerca de las once de la noche, se cambiaron la ropa y salimos todos, los hermanos tenían una cena en la casa de la novia de Fernando. Lucio y yo nos fuimos.

Por inercia fui a la casa de Lucio, estaba a unas dos cuadras y no quería caminar de vuelta hasta mi casa. El departamento de Lucio siempre olía a humo de cigarrillo y encierro. Dos potus flacos colgaban del caño de la cortina del ambiente principal, en la habitación ropa revuelta y sábanas sucias, el baño era más chico y estaba un poco más limpio, la mugre reunida en las barridas de las últimas tres semanas se acumulaba detrás del tacho de basura en la ínfima – y poco utilizada – cocina. Lo primero que hizo Lucio en cuanto llegó, entre que abrió la puerta y prendió las luces, fue encender la computadora. Se sentó, revisó superficialmente el mail, y conectó el juego.

Hablamos un rato más, sombríamente, de su ex mujer, de mi ex mujer y de mi chica que seguía sin llamarme. Lucio no tenía nada para tomar ni para fumar, no dejé de pensar que tal vez tuviera algo de marihuana y no quisiera compartirla, no por egoísmo pero tal vez a raíz de algún prurito moral sobre mi tendencia a enfervorizarme con los vicios. Hablamos del juego. Era un juego que yo nunca había jugado así que no me resultó muy interesante. Un compañero del trabajo de Lucio se mudaba a su departamento al día siguiente, así que Lucio tenía que ordenar su ropa en el armario para hacerle espacio. Cerca de las dos de la mañana me avisó que se podría a trabajar en eso, así que decidí retirarme.

Ocho o nueve cuadras nocturnas, Mar del Plata de calor y humedad, entre navidad y año nuevo, tenía que caminar rápido para evitar el siguiente chaparrón, el clima estaba desencadenado, el cambio climático ya es una locura de lluvias y sequías de todas las tardes, devastadores efectos de la soja y el desmonte, gracias monsanto y todos los multimillonarios responsables, mis hijos se ocuparán de ellos cuando el último recurso alimenticio del mundo sea la carne humana. El verano estaba a punto de desatar las cultas y refinadas hordas turísticas del gran buenosaries. Querido Jorge Luis: no son los espejos ni el coito los que multiplican a los seres humanos, esa proliferación se la debemos a McDonal's, a la playa Bristol, a los sweaters de la calle Juan B. Justo, a los tristes espectáculos callejeros de la rambla y la peatonal San Martín, a la ruta dos y a la ruta once, al salario y al trabajo en negro, al comercio golondrina, a los shoppings, a los micros de larga distancia, a la red cloacal saturada de mierda, a los rosarinos, a los cambios de quincena, a los fines de semana largos y a los feriados, etc.

Caminé. Cada tanto podían verse grupos de seis o siete personas, todas inidentificables, entre sombras, hablando por momentos en voz alta, con actitudes intimidantes; evadir uno de estos grupos implicaba inevitablemente ir a dar sobre otro: grupos de taxistas, grupos de amigos tomando helados – a las dos de la mañana – sentados en bancos largos en la puerta de las heladerías, incluso grupos de gentes que no se sabía qué estaban haciendo, mirando un auto, alguno tirado en el asfalto mojado debajo del motor; un patrullero pasó a buena velocidad cruzando una bocacalle. Entré al minishop de una estación de servicio para comprar una cocacola, quería tomar algo cuando llegara a casa, iba pensando en la ginebra que había llegado oportuna y gratuitamente a mis manos unos días antes. Tuve que esquivar al empleado del minishop que estaba lavando la puerta de vidrio. Esperé pacientemente a que terminada de juntar la espuma con el secador, a esa hora cada cliente lo arrimaría más y más al inevitable ataque de nervios, algún día llegaría a sacar un arma de debajo del mostrador y se desquitaría por toda la mierda que le hubieran hecho comer en el trabajo la manga de desconsiderados que, como yo, decidía comprar su cocacola a las dos de la mañana. Era mejor manejarse con cierta cortesía. Finalmente me cobró la cocacola y salí guardando el vuelto y la billetera en mi mochila, embocándole una patada plena al balde de agua sucia plantado en medio del camino, debajo del marco de la puerta. Se desparramó toda el agua espumosa y negra en el piso del local que parecía recién trapeado.

– perdón – confusión, embarazo – no lo ví…

El empleado me contestó algo que no entendí. Seguí caminando y me alejé. El minishop, vacío cuando yo había llegado, ya se había llenado de gente esperando por sus cocacolas.

Una pareja discutía en la cuadra siguiente. Parece a veces que todo está dispuesto y sincronizado como en las películas. Él le pedía que no lo deje, le pedía a la mujer que se quedara, no quería estar sólo. Ella empezó a contestarle y parece que a él no le agradó lo que escuchaba porque decidió dejar de responder y hacerle burla, imitaba su timbre agudo y chillón y hacía unos ruiditos molestos “¡ñim ñim ñim ñim!” arrugando la cara y dando saltitos, y después agregó “dale, no me dejes por esas pelotudeces”. Ella intentaba hablar otra vez y él “¡ñim ñim ñim!”; ya se sabía todas las respuestas que ella le daría, los dos ya conocerían el desenlace de toda la escena. Estaban algo viejos para esas peleas, cuarenta y pico, tal vez ya pisando los cincuenta. Hay cosas que te envuelven, te arrastran, y nunca te das cuenta a dónde te llevan hasta que, después de haberte pegado unas buenas masticadas, te escupen en cualquier esquina.

La misma patrulla que había visto antes volvió a pasar, había retomado la calle unas cuadras más arriba, y ahora hacía su recorrido lentamente, a paso de hombre, observando.

Cuando llegué a casa me preparé una ginebra con cocacola. Alcoholizado de pena para apagar la soledad, el más triste de los lugares comunes. No, hay uno peor: ganarse un tostador en el sorteo de fin de año del trabajo. Nunca el televisor o el viaje a Bariloche. Por lo menos mis hijos disfrutan las tostadas.

Quise tomar un analgésico y se me cayó al sacarlo del blister. Parece a veces que todo está dispuesto y sincronizado como en las películas. Películas trágicas y patéticas. Estuve un rato agachado para recuperarlo de debajo de la cómoda. Otro rato más limpiándolo de pelos y mugre.

Dos o tres ginebras más tarde, me voy a dormir.