8/7/10

Outcast

            todo es fiebre y delirio y algunos creen con fe (otros no), algunos se sumergen y se dejan arrastrar, otros resisten hasta sucumbir; narrar es ponerlo afuera para que no nos consuma en su combustión inexplicable

            Caminaba junto a mi padre, a quien me resulta imposible llamar “papá” o “viejo” como a él le gustaría (y como de vez en cuando me lo reclama), así que lo llamo por su nombre o, cuando lo menciono en tercera persona, me refiero a él como “mi padre”, sabiendo que esa fórmula tan rígida y formal le resulta detestable y poco adecuada. Se llama Horacio, es médico, un tipo exitoso y – como todo tipo exitoso – muy conservador, lo que va muy bien con sus más de sesenta años, sus canas y su carácter de autosuficiencia indestructible. A pesar de todo es un tipo sensible, sabe llorar cuando lo encuentra adecuado. La caminata misma resulta inexplicable por varias razones. En primer lugar porque yo iba andando a su lado, en bicicleta, mientras él caminaba, y sería difícil explicar por qué mi padre iba a pie en lugar de trasladarse en esa especie de apéndice de su personalidad que es su auto. En segundo lugar, porque llevábamos muchos meses sin vernos, tal vez más de un año en aquel momento, debido a las distancias que separan nuestros respectivos hogares, y a otras diferencias personales.
Caminábamos por alguna calle de Mar del Plata, cerca de la biblioteca municipal, un mediodía solar de primavera, a media semana, sorteando un tráfico espeso de taxis y colectivos, peatones, veredas rotas y obras en construcción. Mar del Plata se parece mucho a cualquier lugar, a Ramos Mejía por ejemplo, cerca de la estación de tren, sobre Rivadavia, un día de semana con gente. Sólo tiene la ventaja de estar cerca del mar, por donde evacua mejor la mugre. La comparación no es accidental, elijo Ramos Mejía intencionalmente, porque es el mejor ejemplo en mi memoria de un lugar hostil, ajeno a la naturaleza de la vida. El tipo de lugares que elegimos para vivir las personas.  
En los escenarios que presentan agitación y movimiento, preferentemente de carácter laboral, Horacio se mimetiza. En la calle por ejemplo siempre parece un tipo muy ocupado, sin tiempo para prestar atención a nada, compenetrado con la corriente general de la vida hasta dominarla. Yo no puedo eludir el trasfondo de profunda irracionalidad que asoma por todas partes y me quedo cortado, expectante e incómodo, sintiéndome fuera de lugar. Hablábamos del almuerzo y de las distintas razones por las que nos veíamos obligados a separarnos pocas cuadras más adelante; él venía de resolver alguna cuestión de trabajo y todavía se le presentaba una larga serie de tareas impostergables de las que debería ocuparse por la tarde. Es director de una clínica privada en Buenos Aires, de cuyo prestigio suele vanagloriarse, pero sin grandes ostentaciones. No me puedo imaginar cuáles serían en aquel momento sus compromisos marplatenses. A pesar de trabajar rigurosamente de saco y corbata, ese día vestía ropas informales, aunque no sin elegancia, esa elegancia tan característica de la gente que se siente incómoda fuera del ámbito de sus tareas regulares, y que busca por todos los medios que su imagen nunca deje de asociarse con su profesión: mocasines oscuros, pantalón de vestir, camisa pálida, blanca con finísimas rayas rojas verticales, prolijamente arremangada en dobleces grandes, rectos, y luego todos sus accesorios, reloj, cartera de cuero, delicados anteojos bifocales y un grueso y brillante llavero, rebosante de llaves y pesados adornos. Caminaba con aplomo, mirando al frente, atendiendo a los obstáculos pero evitándolos sin dificultad.
Yo iba con una bermuda de jean, zapatos claros de nobuk sin cordones, algo gastados, regalo de mi hermano, y una camisa clara, a cuadros, con dos o tres años de uso, muy fresca, los botones superior e inferior desabrochados, al igual que los puños, que el viento cálido llenaba de movimiento. Iba montado en la bicicleta, subiendo y bajando de la vereda según resultara conveniente, medio pedaleando y medio empujándome con las puntas de los pies, atento al manubrio vacilante y a las contingencias del camino. Cruzada sobre el pecho, la cinta de un morral de cuero con libros y cuadernos que cargo, sólo por hábito, a todas partes, colgando a mi derecha.
No estaría de más señalar una diferencia. Mirar televisión, para Horacio, equivale a programas deportivos tediosos y extensos. Golf y carreras de fórmula uno los domingos, arrancándo a las siete de la mañana, después de haber preguntado toda la semana a qué hora empieza la carrera, a personas que este asunto no interesa. Películas de James Bond en la casa de su cuñado (aunque ya perdieron la costumbre), las novelas que su segunda esposa mira ocasionalmente mientras él almuerza e ignora el televisor. También partidos de fútbol, es hincha de boca, único rasgo popular de su carácter. Escucha las noticias por la radio en el auto, viajando al trabajo. Es el único reemplazo que encuentra para el ruido de la televisión y las personas ajenas, mientras maneja. Yo veo dibujos animados, sin sonido, y pongo música.
Al doblar por Catamarca, justo en frente de la entrada a la biblioteca, se nos presenta el andamio de una obra que estrechaba la vereda, ya muy angosta sin semejante aparato, y debimos bajar a la calle.
– yo sigo, tengo que cruzar – me dijo Horacio mientras buscaba un espacio para pasar entre los autos estacionados – mirá vos qué casualidad, acá viven los Paura.
            Me señaló el edificio siguiente al andamio de la obra, detrás de un árbol, pero desde donde estaba yo, detrás del andamio, no se veía claramente. Él cruzó la calle despidiéndose y yo seguí unos metros buscando el edificio señalado. Pasaba mucha gente en todas direcciones, peatones, albañiles, por la vereda, entrando y saliendo del edificio de puertas acristaladas, algunas personas reunidas ahí mismo conversaban a viva voz y entorpecían todavía más el paso. Unos metros más adelante había un puesto de diarios, exhibición heterogénea de tapas de revistas, libros, discos, etc. En plena calle estaba (junto a un montón indiferente de desconocidos) tristemente acorralado.
            La familia Paura, hasta donde yo sabía porteños de toda la vida, mantenía relaciones ancestrales con mi padre. Carlos Paura y él se conocían desde muy jóvenes, y la relación que comenzara como contacto casual, se transformó al paso de los años en una de las más íntimas del acervo paterno. Además de grandes amigos, mi padre se convirtió casi inevitablemente en el médico de cabecera de la familia Paura. Como muchos de los vínculos de mi padre, sus relaciones con los Paura se vieron interrumpidas durante los once años de matrimonio con mi madre – otro ser en este mundo con el que no tengo la confianza necesaria para un trato más íntimo – pero luego de ese paréntesis, retomaron alegremente el contacto, sin que se produjera mella en su mutuo afecto. Yo no conocí a los Paura hasta después de ocurrido el divorcio, y mis contactos con ellos no pasaron de dos o tres encuentros casuales, tal vez con ocasión de algún festejo navideño, quizás un cumpleaños, y poca cosa más. Como todos los amigos de mi padre, los Paura se mostraron circunstancialmente afectuosos conmigo, con ese tipo de afecto que intenta ser más una señal de aprobación para el progenitor que un intento de acercamiento sincero para con la prole, el tipo de acercamiento que se hace “desde arriba”.
            Desde mi último encuentro con los Paura del que yo tuviera memoria, no habrían pasado menos de diez años.
            El edificio no tiene más de tres o cuatro pisos y, a pesar de ser un poco estrecho, la fachada presenta seis soberbios balcones; desde la vereda se adivina que cada piso coincide con un departamento. El portero eléctrico, además del timbre del encargado,  consta de sólo tres botones. Rematando el timbre en el primer piso, una placa de bronce: “Dr. Carlos Paura”. El Doctor Paura es, si no me falla la memoria, abogado.
            Mi bicicleta se desvaneció en el aire, dejé de prestarle atención cuando vi salir por la puerta, esquivando a la gente que iba y venía, como yo mismo lo estaba haciendo en aquel momento, a dos hombres maduros cargando bagaje tal vez de pesca o de camping, hablando con desenvoltura. Uno de estos hombres, con una barba candado llamativa y puntiaguda, campera náutica roja, de los dos el que llevaba el bolso más grande, iba revolviendo un ruidoso llavero, buscando el interruptor de la alarma de un coche cercano. Ese hombre, intuí sin ninguna seguridad, podría ser Carlos Paura. Carlos Paura comparte ampliamente los gustos televisivos de mi padre, permitiéndose una más nutrida variedad de películas de acción.
            Al cruzarme con él en la vereda, y a pesar de no poder confirmar que fuera el amigo de mi padre, me sobrevino la convicción de que, si él salía, atrás quedaba su casa vacía. Esta convicción fue, desde todo punto de vista, irracional e injustificable. En el caso de que aquel tipo fuera Carlos Paura, podrían estar todavía en su casa su mujer o sus hijos, una empleada doméstica, cualquier pariente, un electricista. Pero su paso me absorbió como un reflujo, como una marea inversa, y me sentí arrastrado hacia el edificio como arrastran las olas en el mar cuando se retiran. Pasamos muy cerca, hombro con hombro, al mismo tiempo, por debajo del amplio marco de la puerta de acceso.
            En el caso de que efectivamente se tratara de Carlos Paura, no dio la menor señal de reconocimiento al cruzar miradas conmigo. Esto ya me había pasado otras veces con gente que trato a diario. Lo adjudico a un cambio notable que se produjo en mi aspecto físico durante los últimos meses y que no está de más explicar, aunque no sea otra cosa que una circunstancia bastante tonta. Durante mucho tiempo, desde los doce o trece años, mantuve la costumbre de afeitarme regularmente la cabeza, y también la cara cuando comenzó a ser necesario. Y esto lo hice por espacio de casi veinte años, hasta que cambié la costumbre de pronto, y ahora me veo en el caso de tener que ser presentado nuevamente a casi toda la gente que conozco, quienes no me descubren detrás del pelo largo casi hasta los hombros y la barba espesa. El camuflaje capilar, en pocos meses, me sumergió en un cálido anonimato; hasta he sentido en mi entorno un impulso reflejo al rechazo, un impulso espontáneo, desde que mi imagen personal se volviera un tanto barbárica, un poco menos civilizada, aunque esto no va más allá de la  primera impresión. Por mi parte no se trata de un cambio psicológico o moral, no pasa de ser una nota física, quizás llamativa, pero nada más. Y el rechazo del que hablo no llega al extremo brutal de la marginación, es simplemente la consecuencia de un prejuicio que antes no había notado. Quizás sea más fácil explicarlo en relación con los desconocidos: los desconocidos que cruzo por la calle, los mismos que tal vez antes se sentían libres de sostenerme la mirada, incluso de examinarme detenidamente si por casualidad se producía el contacto visual, ahora tienden inmediatamente a desviar su atención al verme. Es un acto impensado, espontáneo, y descubro que caigo inmediatamente dentro de cierta categoría preconcebida, debido a la cual, antes de que me echen una mirada en toda regla, deciden no mirarme. Y esa misma decisión es la que descubro a veces en gente que sí conozco, pero que no está informada del cambio de aspecto y momentáneamente no me reconoce.
            Y tal vez sí, tal vez el cambio físico incluya de alguna manera un cambio personal de otra especie.
            En el hall del edificio también circula una buena cantidad de gente entrando y saliendo de los ascensores. Un grupo indeterminado, frente al espejo que cubre toda la pared derecha, espera pacientemente que uno de sus miembros finalice una conversación por celular, personal de maestranza trasegando herramientas y elementos de limpieza, alguien se ocupaba de arreglar las plantas que adornan unas pesadas macetas rojas. Todos flotan sobre una brillante superficie de cerámica, porcelanato. Limpiar, pulir y perfumar son los verbos en los que se piensa inmediatamente al entrar a ese tipo de edificios, como en los shoppings (o no, yo pienso en esos verbos porque me falta el hábito de los edificios limpios, de pisos pulidos y ambiente perfumado, y quienes sí tengan esa costumbre ya no lo notan). Nadie me presta atención, lo que me produce la impresión de que a mi paso todos miran en otra dirección, o que incluso no hay nadie ahí con órganos aptos para la percepción, caras sin ojos, lisas y exentas de toda irregularidad, excepto tal vez la mujer del teléfono, que apoya el aparato contra una oreja intuible (oculta bajo el cabello oscuro) y que modula sonidos a través de un orificio bucal de frutillas y marfil.
            Gané discretamente la escalera, poniendo toda mi intención en pasar desapercibido, lo que no demandó gran esfuerzo. ¿Por qué entraba? No intenté resolver esa duda en ningún momento. Me movía impulsado por los vagos recuerdos de la familia Paura, que me daban una sensación de autoridad impune, permitiéndome suponer que, en el caso de ser descubierto, aquella familiaridad trasnochada y la evocación del nombre de mi padre me protegerían de cualquier eventualidad. Para todo puede encontrarse una buena explicación, si se logran las mínimas condiciones de diálogo necesarias entre cualesquiera interlocutores.
             Como me había imaginado, en el pasillo del primer piso encuentro dos puertas. Una oscura, la del ascensor, y la otra blanca, de finas molduras, justo enfrente, la del departamento. Probando el picaporte descubro que está cerrado, pero la puerta se mueve haciendo sonar las trabas de la cerradura, invitándome a concentrar toda la atención en el mecanismo. Pero digo mal, no era en el mecanismo en lo que se concentraba mi atención, sino en la posibilidad de superar sus engranajes, en el procedimiento necesario para desplazar sus muescas y pestillos. De la billetera saqué un carnet plastificado y lo introduje entre el marco y la puerta, como tantas veces vemos en las películas, amplificando mi sentido del tacto a través de la superficie plástica, tanteando con la tarjeta la superficie fría de la madera pintada, reconociendo las formas rectas y todavía más frías de la cerradura. No había llamado a la puerta, ni intenté tocar el timbre que descubro tarde, a la derecha, casi a la altura de mi pecho, mientras deslizo mi lámina flexible hasta descifrar la clave correcta y abrir la puerta. Irracionalmente persistía y no tenía dudas de que la casa estaba vacía.
            El lugar aquel debía resultarme necesariamente familiar y conocido, aunque de manera brumosa y resentida por el paso de los años. Mis recuerdos, ya tan viejos, chocarían contra sí mismos y contra el trabajo de los habitantes de aquella casa, dedicados durante tanto tiempo a mantenerla y cuidarla, a renovarla, a pintarla y cambiar muebles y lavar las cortinas. Esa familiaridad me tranquilizaría, sería una prueba más de mi autoridad sobre ese espacio porque ¿se puede decir que no nos pertenece lo que tomamos de nuestra propia memoria? Y me encontré con lo que esperaba, una combinación perfecta de lo conocido y lo desconocido, un conjunto de elementos que me daban la bienvenida entre una oleada de factores que me rechazaban, que me resultaban impenetrables. Una travesía imperfecta sobre las aguas del Leteo.
            La casa es blanca y luminosa, limpia, fresca. Junto a la puerta una mesita blanca, con dos cajones de herrajes dorados y un florero encima, flores azules, donde la costumbre acumularía las llaves y la correspondencia. Una silla sobria y un perchero de pié, vacío. A través del largo pasillo destaca, al fondo, el movimiento ondulante de las cortinas, las persianas abiertas de los balcones que antes había  visto desde la calle, los pesados muebles de la sala. A lo largo del pasillo una serie de puertas y bifurcaciones permiten intuir la ramificación orgánica de la casa. Por debajo del silencio un latido, como el sonido crujiente de un barco viejo en alta mar. Todo está en calma y reposo.
            Ignorando livianamente todas las convenciones que deberían evitarme aquella situación, que deberían impedirme semejante invasión, una pregunta se presentó impostergable. En mi conciencia la pregunta ¿por qué estoy haciendo esto? ya se había rendido sin encontrar respuesta, porque “hacer eso”, digamos, la “invasión”, respondía a una llamada íntima e inexplicable. Pero a la pregunta ¿para qué, entonces, estoy haciendo esto? no podía dejarla sin respuesta. Ahora que estaba ahí, algo habría que hacer, para empezar explorar y recorrer, en silencio, expectante de todo sonido, de cualquier presencia. ¿Y después? Después la apropiación del espacio, aquel recupero de los recuerdos traspuestos a la realidad, ese movimiento de la memoria que me dio el primer impulso, que despejó cualquier duda y que me franqueaba todos los pruritos y todos los obstáculos que pudiera ponerme a mí mismo, tomó cuerpo concreto, se hizo prosaico y real, se concretó sobre los objetos. ¿Es que había entrado a robar? Suponiendo que, por el sólo hecho de haber estado ahí alguna vez (aunque ni si quiera esto fuese seguro), me sentía dueño de todo eso que ahora volvía a descubrir,  ¿pretendía hacer efectiva esa sensación de propiedad?
            Me detuve en medio del pasillo, para inspeccionar mi conciencia. ¿Entraba como ladrón en aquella casa?, cualquiera que me descubriese podría afirmarlo con total seguridad. Pero aunque así fuera para todo el mundo, ¿debía yo asumir esa sentencia como propia? Nada de lo que me rodeaba en ese momento me pertenecía, pero yo había entrado asumiendo su pertenencia, apoyando mi derecho en la materia – para mi tan concreta, aunque velada – de mis recuerdos. Lo que intentaba definir era el paso siguiente, el definitivo, el condenatorio: ¿qué haría a continuación?, ¿metería cualquiera de los objetos que por ahí encontrase en uno de mis bolsillos y me lo llevaría a mi casa? ¿como trofeo? ¿por necesidad? ¿por arrogancia?
            ¿Cómo es posible, por otra parte, que los Paura, familia tan porteña por tradición y por elección, tengan su casa de siempre en Mar del Plata, a no más de quince o veinte cuadras de mi propia casa, y esto sin que yo lo hubiera descubierto durante tanto tiempo? Esta casa que yo conocí en mi adolescencia, en Buenos Aires, no puede estar enfrente de la biblioteca municipal, a la que concurro semana tras semana, sin haber visto por ahí a ninguno de los Paura, jamás.
            Al avanzar descubro una aserie de habitaciones vacías, quietas, un baño, cuadros en las paredes que me resultan lejanamente conocidos. Pensé en llegar a la sala de los balcones, pero preferí no acercarme para evitar que me vieran desde afuera y dieran el alerta. Girando a la derecha me interno en la cocina. Como en tantas otras casas, es este ambiente el más visitado por sus ocupantes. Sobreabundan los utensilios de uso cotidiano, tazas y platos, manteles y repasadores, multitud de papeles sujetos con imanes al frente de la heladera, el reloj del microondas marca las “12:27” con dos puntos titilantes entre los números, un televisor instalado sobre un soporte de pared, su control remoto en la mesa junto al diario del día, un reloj de agujas con forma de girasol, cortinas a cuadros en la ventana, sobre la mesada, flameando sobre un exprimidor de naranjas cromado. Sentí la tentación de revisar los cajones, las alacenas, abrir la heladera buscando frutas, golosinas, helado. Me contuve con una puntada de resentimiento, el deseo era grande pero la necesidad de silencio mucho mayor. Ahora extrañaba una hipotética familiaridad más importante, una familiaridad concreta que se desprendía de todos aquellos objetos sin pertenecerme, que me hablaba de Carlos Paura sirviéndose café en una taza blanca, preparado en aquella misma cafetera que estaba mirando pero que no podía tocar, mientras su mujer apuraba a los chicos para la escuela o para la facultad, con la televisión encendida en las noticias de la mañana. Una familiaridad colectiva que mi propia vida no había conocido jamás.
La posesión (de cualquier cosa) es el acto más brutal y convencional de la vanidad, y las convenciones, por más brutales que sean, echan gruesas raíces en nuestra conciencia. Nuestra conciencia y nuestra vanidad son la misma cosa.
            Del lado opuesto de la cocina encuentro otra puerta, con marco metálico y vidrios esmerilados, iluminados. Salgo por esa puerta y encuentro un patio amplio, acristalado, lleno de sol y plantas en canteros y macetas, piso rústico de baldosas claras con figuras amarillas, una parrilla, algunos muebles de fundición pintados de blanco, una mesa larga, bancos y sillas con almohadones en fundas plásticas, soportes para las macetas, todo el conjunto da la impresión de haber sido largamente calculado para resultar espontáneo y agradable. Del otro lado del patio, en desorden, herramientas de jardinería, una regadera verde de lata y un par de bicicletas. Evalué la tentación de regar las plantas, de revolver entre la leña y el carbón, de sentarme un rato en alguno de los bancos y disfrutar el sol derramado por ventanales amplios, altos hasta el techo. Las voces sonaron en el pasillo y se abrió la puerta por la que yo había entrado al departamento sin darme tiempo a nada. Dos voces de mujer, ruido de llaves, bolsas de supermercado, la puerta otra vez, cerrándose. Avanzan por el pasillo.
            Crucé la cocina en dirección inversa y asomé la cabeza apenas. Dos señoras: una muy arreglada, seguramente la esposa de Carlos Paura; la otra, que caminaba hacia la cocina cargando las bolsas con las compras, más desprolija y casual, tal vez una empleada doméstica. Otro esfuerzo de la memoria intentando reconocerlas, esfuerzo infructuoso. Sé que la Señora de Paura mira telenovelas nacionales, tiras de ficción con actores de moda, cuyas vidas sentimentales sigue con atención en las revistas del corazón, tolera con estómago firme las películas de acción que mira su marido, y de vez en cuando logra intercalar alguna historia romántica, o dramas de cotillón con final feliz. La otra mujer es del tipo que se mantiene con una estricta dieta de productos venezolanos.
Tenía que salir de la cocina (a donde seguramente llevarían esas bolsas) y pensé refugiarme en algún baño, para lo que tendría que cruzar el pasillo, y me imaginé que podría hacerlo rápido y sin ser visto, contando con la ventaja de que las mujeres no suponían mi presencia, pero fue imposible. Una nena de unos catorce años salió corriendo de detrás de las mujeres, corrió por todo el pasillo hasta la sala de los balcones y encendió la televisión, pasó justo delante de mí sin verme, iba con uniforme de colegio, jumper gris, camisa blanca, sweater azul, el pelo trenzado, apenas la vi de espaldas. Empiezo a transpirar, sufro palpitaciones, en un delirio vertiginoso se me presentan mil escenas de escándalo, algunas de las cuales incluyen oficiales de policía y ambulancias.
            Vuelvo silenciosamente al patio, apoyándome en el marco de las puertas, me tiemblan las manos y mis pasos vacilan. Las mujeres hablan trivialidades y desorientan, no se por dónde aparecerán, cómo evitarlas sin que me vean. Me abruma el desconocimiento de la casa. Busqué sin esperanza algún lugar para esconderme y cuando el patio me parecía el lugar más seguro, las dos mujeres llegan por una puerta que no era la de la cocina y que yo todavía no había visto. La señora Paura fue la que me descubrió, parado en el medio del patio, y quedó paralizada, pálida, agarrándose el pecho con la mano derecha, mientras la otra mujer le sigue hablando muy concentrada en las bolsas y los gastos de la casa. La señora Paura retrocede dos pasos, con tanto miedo como yo mismo, buscando algo de que agarrarse con la mano libre, hasta que  encuentra la ropa de su acompañante. Pegó dos tirones a la pollera de sarga y logró que la otra mirara al frente. La situación se desencadena con el grito de la empleada.
– ¿y usted quién es? – preguntó la dueña de casa, alarmada – ¿qué hace acá?
            Quise responder, pero me desconcertó la segunda pregunta. A la primera hubiera respondido con gusto, me hubiera ocupado una cantidad de tiempo dar cuenta de mi persona, pero lo habría logrado. El problema fue que yo mismo no tenía en claro qué hacía ahí, y cobré conciencia de que toda la situación redundaría en un terrible descrédito para mi padre, en caso de que revelara mi identidad sin explicar cabalmente los motivos de mi visita. Cuanto más demoraba en responder, más se alteraban las mujeres y más nervioso me ponía yo. También se me hizo presente mi propio aspecto, poco amistoso para el observador desprevenido, y mis interlocutores se encontraban en situación de desprevención absoluta. Doy un paso en dirección a la cocina pero resulta ser, de todas, la peor elección posible.
– ¡mi hija! ¡llévese lo que quiera pero no lastime a mi hija!
            Está todo dicho: la Señora Paura, al borde de la histeria, me había declarado enemigo hostil y mi silencio era una concesión en ese sentido. Di todo por perdido y decidí salir de ahí a como diera lugar. Caminé hacia las mujeres buscando la puerta por las que ellas habían entrado. Se asustaron todavía más y retrocedieron tropezando entre ellas, abrazadas, enredándose en uno de los bancos de hierro. Las bolsas cayeron al suelo y las compras se desparramaron con ruido a huevos rotos. Las paso de largo y cruzo la puerta. La hija, después de escuchar los gritos, llega al patio cuando yo salgo, preguntando asombrada por qué tanto escándalo.
            Salí. En la puerta del departamento me crucé con un chico de diecisiete o dieciocho años y otro algo mayor, los hijos de Paura. Finalmente una cara conocida, inmediatamente conocida: el mayor de los Paura, Roberto o Rodolfo, tal vez Rodrigo, es el más firme en mi recuerdo de todos los que había visto hasta ese momento. Me mira a los ojos y queda petrificado, absorto, tal vez afectado por mi agitación, por el susto que se me notaba en la cara, además de encontrarse de repente con un desconocido saliendo de su casa a las corridas. No sabiendo qué hacer ni cómo reaccionar, sonríe con cara de bobo, sólo le falta babear. El otro, el más chico de los dos, estaba arrodillado en el piso ordenando útiles escolares y ropa dentro de una mochila. Me mira desde abajo, tan desconcertado como yo mismo, pero no puedo prestarle demasiada atención. No sé si me habrán reconocido, espero que no.
            Llegué al hall del edificio e hice todo lo posible por disimular la urgencia. La gente que circulaba por ahí, cuando yo entraba, ahora había desaparecido, pero la puerta final sigue abierta. Me fui caminando, pensando que no tardarían en llamar a la policía y esperando que nadie fuera capaz de identificarme. Esto último me preocupaba especialmente, así que todo el fervor de mi deseo se volcaba por ese pozo vacío. Cuando la busco, mi bicicleta no está.

5/7/10

Alcira en el país de las zancadillas (1)

    Como si fuera poco, alguien le inventó una historia y la expuso públicamente, le puso de nombre Alcira y le llenó el pasado de tristeza.
    Pero me quedan algunas dudas sobre cómo contar esa historia de Alcira, por dónde empezar, y como sólo puedo sacarme a Alcira de la cabeza contándola, me urge el relato. Voy a empezar contando algunas cosas del padre. El padre de Alcira se llamaba Oscar.
    Oscar era un tipo cualquiera. Macanudo. Siempre joven, hay gente que sabe cómo hacerlo, mantenerse joven, algo que no tiene nada que ver con la cirugía ni el ejercicio. Oscar era de esos, de los que merecen congelarse en la adolescencia pero, como todos, envejecen, y lo hacen de mala manera. Toda la rebeldía espontánea que estas gentes no pueden controlar, se les vuelve para adentro, y un poco los envenena, les queda algún rincón resentido. Oscar, sin embargo, era de los que saben controlar ese resentimiento, y se sentía en paz consigo mismo. Una paz con altibajos.
    Se decía a sí mismo: “cuando yo era un pendejo pelotudo quería ser fotógrafo o pintor, y después la vida me puso al trote”. Oscar era perfectamente consciente de todos los aspectos de su vida. Trabajaba en una estación de servicios, atendiendo los expendedores de gasoil, a veces en el kiosko vendiendo cigarrillos. Cargar nafta es una actividad que permite conocer mucha gente, en especial cuando la actividad se desarrolla durante unos treinta y pico de años, así que Oscar era un tipo muy conocido, porque además era de carácter afable, lo que resultaba muy notorio hacia el final, cuando ya estaba viejo.
    Conoció a su mujer, la madre de Alcira, como “la chica de la panadería”, a donde compraba el almuerzo todos los mediodías. Después de encontrarse por casualidad una noche, salieron un par de veces juntos; ella quedó embarazada y decidieron, tras arduas discusiones, abortar. La relación se volvió un poco tensa, pero continuaron juntos porque eso los “fortalecería”. Pareció funcionar durante un año, hasta que ella volvió a quedar embarazada y entonces se casaron.
    Alcira pasó largas horas de su infancia jugando en las cocheras, varios pisos de subsuelo debajo del asfalto sobre el que trabajaba su padre. Los colores de esa infancia son los que dejan las luces apagadas en la esquina distante de una losa de hormigón, con manchas de aceite en el piso, un rojo oscuro y brillante mezclado en la sombra, de los Peugeot o los Renault, la reja naranja del ascensor que sube chillando a fierros.
    El amor de Oscar por Alcira era quieto y profundo. Hubiera deseado que ese amor lo redimiera, pero no quería cargar a su hija con un peso semejante. Oscar, además, tenía otros problemas.
    Es difícil compartir la revelación de que la vida es un fraude con cualquier persona, y mucho más si esa persona observará, a lo largo de los años, cómo este descubrimiento nos aplasta hasta hacernos irreconocibles, una caricatura de lo que hubiéramos soñado. Oscar y Norma, “la chica de la panadería”, no tuvieron un buen matrimonio. Discutían y no se soportaban, en ningún momento.
    A todo esto podemos agregar las inclinaciones genéticas, la influencia del medio ambiente y el magro desempeño social de la pareja, como pareja e individualmente. Oscar se dio temprano a la bebida. Tomaba ginebra, con una brutalidad incontenible.
    Hay que reconocerle a Oscar su absoluta falta de violencia. Jamás maltrató físicamente a ninguna persona, con alguna excepción en caso de defenderse. Alcira y Norma no tienen nada que reprocharle por este camino. Oscar nunca abandonó su puesto de trabajo, incluso encontrándose en condiciones clínicas deplorables seguía expendiendo combustibles con fríos y tormentas. Siguió velando por ellas, a su manera y poco eficazmente, siempre. Oscar abandonó la realidad, en términos ostensibles y definitivos. De vez en cuando podía vérselo retornar, pero huía de inmediato a caballo de un trago de medio litro de ginebra, precipitado en la garganta con apuro.
    Los médicos comenzaron a mencionarle el problema del deterioro y distintos aspectos relacionados con la conservación de su estado físico. Oscar no estaba en condiciones de escuchar nada, sin importar quién lo hubiera dicho, amigo o desconocido. Para Oscar dejó de existir la gente, hasta el ruido del mundo le llegaba apagado y distante, amortiguado como por un líquido.
    La situación empeoró a lo largo de los años. A Oscar ya no podía encontrárselo. En el trabajo, a veces, mientras sostenía las mangueras, en la mirada perdida reverberaba algún brillo – jamás lágrimas – que también podría haber sido ceguera. Pero Oscar ya no estaba.
    Con un poco más de cincuenta años lo obligaron a seguir un régimen por causa de la diabetes. Norma le inyectaba la insulina, Alcira descubría las jeringas y no había santo que a Oscar le sacara la botella. Se deshojó como una margarita: primero un dedo de la mano izquierda, por cortarse mal las uñas; después la cosa le fue subiendo por el pié izquierdo, los médicos hicieron todo lo que pudieron, pero hubo que cortarle hasta la rodilla. Pensión por invalidez, y Oscar se vio encerrado en su casa, sin hacer nada, así que ganó tiempo y libertad para dedicarlos a su vicio. Un tiempo después perdió la vista de un ojo, más tarde empezaron con diálisis, en poco tiempo el hígado se le transformó en una piedra y murió delirando.
    La mamá de Alcira, Norma, vivió todo el proceso anegada en un maremoto de mierda depresiva. Debido a las continuas crisis nerviosas causadas por el alcoholismo de su marido y a la ingestión desmesurada de ansiolíticos y demás subproductos farmacológicos, la echaron del trabajo. No podía hablar con la gente, arrastrada por ataques de pánico o de llanto alternativamente.  Norma dedicaba todas las horas de su vida a dormir, excepto cuando discutía a gritos con Oscar, y cuando se murió Oscar se quedó durmiendo, sin interrupciones.  La habitación de Norma era un pozo, negro y frío, donde sólo se sentía algún calor entre las sábanas de su lado de la cama, junto con un olor intenso a pedos, transpiración y mal aliento.
    Norma acusaba de todo esto a la vida de mierda que le había tocado. Se la escuchaba de a ratos en su habitación, llorado y gritando de vez en cuando: “¡esta vida de mierda que me ha tocado!” decía, Alcira la escuchaba. Todavía se acuerda. Norma después se dormía.
    Alcira vivió una infancia inestable. Cuando era muy chica, en esa época de la vida de la que no se tiene memoria, en su casa había más plata, porque en la familia de Norma algunos tíos y cuñados eran solventes, pero ese dinero con el tiempo se fue disipando, dejando a todos abrumados por la nostalgia. Alcira se acuerda de la escuela pública en el barrio durante un corte de luz, sus compañeritas de guardapolvo blanco, la sensación de que los días pasaban como una anestesia por detrás de la oreja, un parque de lejos, las ventanas de sus vecinos vistas desde la ventana de su departamento.

28/6/10

"X." espera visitas

    cuando “X.” piensa en lo que le haría desnuda, y en eso piensa ahora mismo mientras la espera, se le ocurre que la parte fea de la vida es una mierda, pero siempre hay espacio para algunas cosas buenas…
    “X.” tiene hambre en los dedos, así que ahora, porque no faltan más que un par de horas, no sabe ni si quiera si va a saludarla, a decirle algo, antes de meterla desnuda en la cama, en cuanto llegue, le va a lamer la cara, especialmente la boca, y va a agarrarla completa sólo con la yema de un par de dedos, se va a dedicar con holgura y paciencia al tacto, porque quiere aprendérsela de memoria
    “X.” piensa qué bueno haberse dado tiempo, un rato antes, de imaginárselo, de concentrarse un poco en eso, así puede disfrutarlo con repaso, dentro de un par de horas, y quemarlo bien profundo en el recuerdo, porque esas cosas son las que van a quedarle, la película del último momento antes de la muerte y entregarlo todo a la más insípida indiferencia, una larga sucesión de pornografía
    “X.” piensa en chuparla mientras mira televisión, quiere chuparla distraída, conoce la geografía de su cara a lo largo del camino que la lleva hasta desmayarse, las repercusiones involuntarias de un movimiento en la carne firmemente acolchada, la temperatura en sus muñecas, en las piernas, en las axilas; la quiere mirar a los ojos, mientras juntan las bocas abiertas y las lenguas, y recibe ese abrazo caliente de los genitales, y se pierden, como en las películas, pero en serio

25/6/10

caras

la experiencia indica que fuera del contexto del amor y de la guerra (excepciones) nadie entra en crisis, nadie tiembla, nadie pierde el pulso ni se desmorona

hay una anestesia circulatoria, indefinida, como un engrudo espeso hirviente, sobre la superficie, donde explotan de vez en  cuando unas burbujas pesadas de furia, con la piel grasa y gruesa, quemándo un poco las manos cuando salpica, una marea plácida y acunadora en la que se intercalan pataleos y rencores turbios 

la más significativa de las manifestaciones: broncas ajenas que se descargan sobre los particulares, que no entienden de dónde llega esa artillería del resentimiento

y las caras (¡todas las caras!) hace falta un corazón blindado para mirarlas a los ojos, caras predestinadas a reflejar el orden del universo, supone Ovidio, que se van transformando en testimonio de la mierda que empuja para salir a flote desde el alma, comprueba Céline

¿quién encuentra coraje para defender los principios de un utópico socialismo entre todas esas caras hechas de aguantar, de adaptarse, de resignar, de someterse, a cambio de perseguir un sueño hecho de publicidad y hebillas para el pelo?

como si

   es como si un domingo de calor a la tres de la tarde te tomaras dos litros de ginebra comiendo asado con ravioles al rayo del sol, y con el último pedazo de pan que usaste para limpiar la grasa del plato todavía en la mano, apareciera un tipo sin piedad y con toda la fuerza del destino te pateara las bolas; es como si te fueras a dormir y muchos días más tarde, al reaccionar, todavía tuvieras el 70% de aquel almuerzo intacto en tu estómago esperando para destruirte, y para refrescarte la memoria te patearan las bolas otra vez con una fruición sádica y maciza, y te obligaran a caminar muchos kilómetros desnudo; justo cuando sabés que lo más íntimo de tus órganos digestivos quedará expuesto a la vista de los presentes, que son desconocidos con una opinión más bien negativa de tu persona,
 justo en ese momento alguien te dice “ya no te
quiero” al oído

   es como si todo dependiera de no vomitar


23/6/10

los días

    los días pasan cerrando filas, hacen un pelotón de fusilamiento alegre, lleno de adornos divertidos, una margarita en la punta del cañón
los días son de otro, sonríen como un tipo comprando provisiones de almacén mientras calcula el nivel de asexualidad de una empleada que manipula verduras, se mantienen a la distancia de un brazo, se los puede tocar y se mueven como el agua
estos días que se queman como yesca de fogata, entre los médanos oscuros con ruido de olas, dejando una ceniza negra de contornos vivos, en señal de extinción, por todo testimonio, disolviéndose contra las estrellas mientras los ves
no son días amargos, tienen una anestesia edulcorante de origen indeterminado, parece que todo se amortigua en algún lado y viene de rebote, un poco manoseado por los desconocidos, lleno de veredas desoladas minutos antes de que pase el camión recolector de residuos
los días del medio, cuando el medio parece que nunca se termina, se arman sobre la cabeza como el rompecabezas de un desinteresado ignorante, o de un maníaco resentido, alternando indiferentes
uno de estos días es baratísimo, los demás no
otro día parece que se abre paso, abandona el pelotón y camina un poco solo, con espíritu de aventuras, pero a los metros cae exánime porque su impulso inicial lo ha destrozado, o sus compañeros de marcha le tiran por la espalda, para que no se haga el loco ni les altere los nervios

unas mujeres caminan por la calle sin hablarse, los días se las tragan cuando doblan las esquinas; siempre es tranquilizador que usen anteojos porque las mujeres se revelan cuando te miran, y eso es tan incómodo y tan insinuante
las que te hacen el tiempo en palabras y después rompen los papelitos y te los tiran como una lluvia sobre el flequillo en los días del invierno, después de un verano lleno de salvas y bienvenidas
los días como el eco de una voz de una mujer, de una cosa que hacíamos con tanto placer pero ya nos olvidamos, como la renovada promesa de la vejez

una voz de mujer en las manos te manda un beso atrás de la oreja, y que descanses todos los días

19/6/10

La barba de Lennon

   La cuestión de la barba es un tema secundario, pero con valor agregado. Lo que al principio pareció una estupidez, se fue superponiendo con otras cosas, fue ganando consistencia.
   Llevaba casi un año sin cortarme el pelo cuando fuimos a ver la película de John Lennon. La pasaron en una librería a la vuelta de la facultad, en un edificio en condiciones de emergencia pública, frente a las vías, subiendo unas escaleras de metal. Me daba muchísimo gusto encontrar cosas interesantes para hacer con Diana, ponía mucho empeño y cuidado en elegir esas actividades y salidas, disfrutando de antemano el placer que le causarían a ella. En este caso se trataba de un ciclo de cine documental, en el que dieron seis o siete películas, aunque nosotros sólo fuimos a ver dos. La de Bukowski y la de John Lennon. Inicialmente sólo me interesaba la de Bukowski, a la de Lennon hice todo lo posible por evitarla, hasta que Diana me llevó casi a la fuerza.
   Era un local chico, sin comodidades de ningún tipo. Vimos la película sentados en el piso, al lado de la estufa, abrazados y entumecidos. No habría más de quince espectadores. Esos lugares provocan siempre la sensación de que todo va a parar al tacho, de que en ningún otro lugar podría verse una película que realmente valiera la pena, porque esa película a nadie más le interesa. Imperdible, insuperable, pero incapaz de atraer a más de doce personas, del género mediocre e intrascendente, en un ambiente pobre y depresivo.
   El mundo es más eficiente para vivir sus propias fantasías. Los curiosos son puestos entre paréntesis (o anestesiados con becas del conicet).  
   La película cuenta los años más combativos de Lennon, mientras vivió en New York. En una entrevista en la que aparece con Yoko, durante la encamada por la paz, en Canadá o en Londes, Lennon hace la propuesta más inteligente, evidente y ridícula que pueda pensarse; propone no cortarse el pelo hasta alcanzar la paz mundial.
   Por eso me llamó la atención: como dije, yo mismo llevaba unos meses sin cortarme el pelo y la barba, por sugerencia de Diana. Ella ve el mundo de otra manera y, aunque no entiendo exactamente cómo lo ve, la dejo hacer conmigo lo que quiera, porque me gusta más cómo ve las cosas ella.
   La propuesta de Lennon es el chasco moral más terrible de la historia. Cuando la escuché, pensé “¿cómo no se me ocurrió esta pavada? ¿cómo no se le ocurrió a nadie?”. Ni si quiera puedo confirmar que se trate de una idea original de John Lennon, pero ¿cómo no lo habíamos pensado antes? Como dicen las publicidades de lavarropas: “tan simple que hasta las mujeres y los niños pueden manejarlos”, en pocas palabras ¡es para tarados!
   La pregunta inmediata es ¿por qué no lo hacemos?, una protesta mundial, pacífica, silenciosa, intrínsecamente no violenta, y con un enorme potencial para llamar la atención: miles de millones con las barbas hasta el piso, el cabello trenzado envuelto en gruesos rodetes, manifestación ineludible de una potente voluntad de cambio. Bello público y axilas para los más contundentes. Una explícita negativa para todo lo que nos disgusta, contra todos los horrores de la vida.
   Es que somos unos hipócritas y no nos importa. Ni la guerra ni la gente que se muere, y no hay dolor ajeno que nos conmueva en el mundo y nos aleje de nuestro pequeño confort, a menos que nos explote en la cara, lo que suponemos imposible. No estamos dispuestos a negociar nuestra imagen personal a cambio de una vida ajena, y punto. Hasta John Lennon terminó cortándose el pelo.
   Imagino el impacto en la vida ordinaria, inmediato e ineludible, visual y poderoso. Presencia insoslayable de la conciencia moral, de los valores éticos, del respeto por la vida. Pelo y nada más que pelo. En la calle, en el transporte público, en el trabajo, entre los vecinos, en los almacenes de barrio, en la televisión.
   Pero tal vez fuera peor, porque el plan es demasiado bueno y sencillo como para no traer problemas. Alcanzaría con una gruesa garganta televisiva, gritándonos sin parar en lo profundo de la cabeza, no se qué cosas sobre barbas más o menos patrióticas, sobre lampiños leales y pelados mercenarios.
   De la paz universal, habremos pasado a objetivos más modestos, en un afán por conseguir logros a corto plazo, por no desperdiciar el sobrante de energía manifestado en la fuerza de la protesta, y así comenzaría la dispersión. Manifestaremos con barbas y melenas a favor o en contra de medidas domésticas, inconexas, seremos militantes de “ONGs”, nos lavarán el cerebro. Nos haremos de derecha o de izquierda, revolucionarios, democráticos, militantes, fachos. Y todos podremos reconocernos entre las diferentes facciones por nuestro espesor capilar.
   Peludos por el sí, pelados por el no. Según el caso. La marca ideológica y sectaria omnipresente. Represión pródiga para todos, mientras unos pocos se van acomodando, para cargar las tintas con carne de cañón.
   Los filósofos introducirían gravísimos matices hasta polarizar los bandos, mecidos en la marea de nuestras inclinaciones violentas, de nuestra brutalidad colectiva. La situación general cada vez más tensa, alimentada por oscuros intereses, hasta erizar las melenas con la estática ambiental.     
   ¿Qué bando declarará abiertas las hostilidades? Se derramará sangre durante años para responder esta pregunta.
   Al final, nos obligarían a dejarnos crecer el pelo, o lo cortarían, sin preguntarnos nuestra opinión ni tener en cuenta nuestro gusto. Con el consuelo de que así es mejor, o no.
   ¿Acaso alguien tiene más coraje que John Lennon? Hay que morfarse un plomo en el central park para averiguarlo.
   Después de la película nos volvimos a casa caminando. A Diana le gustó. Hacía frío, pero en aquel tiempo no nos importaba el frío.
   Yo a Lennon no pude esquivarle la idea, pero disimulo y no me lo creo lo suficiente. O será algo que me digo. A veces las cosas que nos decimos en lo más profundo de la conciencia, incluso sin darnos cuenta, son las que hacen la diferencia. En cualquier caso, es la única receta verosímil que escuché jamás sobre cómo detener la guerra.
   Como todas las recetas, ésta también fracasa por impericia de los cocineros.


13/6/10

vacas medievales

    En cualquier estudio de historia o literatura medieval, tarde o temprano se escucha algún comentario de este estilo: “aquella sociedad (aquella es una palabra interesante) se encontraba fuertemente estamentada, y sus estamentos eran herméticos. Existía la nobleza y la gleba, y esta división era considerada permanente, inalterable e ineludible, porque por encima de la voluntad del hombre estaba la voluntad de Dios, velando para que todo se mantuviera en orden.” No es una cita literal, pero se le parece bastante.
   Creemos que existen cosas como la movilidad social y los golpes de suerte, pero esto se mantiene en el mismo terreno de las creencias en el que habitaba la fe en Dios. Nos mantiene sosegados un horizonte de promesas. Algunos, incluso, medran; pero medrar es la tarea de los mezquinos, y hasta donde puede verse, en estos casos tampoco se alcanza nada parecido a la felicidad. No, felicidad es un término equívoco, particularmente en la era de la publicidad. Una plenitud que apacigüe la ansiedad, que nos exima de esta actitud suicida y ciega, y que excluya el miedo al prójimo, son aspiraciones ajenas al medroso.
   Es un tiempo de puertas cerradas, de gente que se muere en la vereda de una casa mientras los ocupantes miran programas de televisión, un tiempo de silencio contenido, donde florecen sólo palabras medianas, en los rincones presupuestos donde no molestan a nadie. Dios no está velando nuestras noches, pero dormimos con la íntima convicción (convicción medieval) de que todo es así inevitablemente, de que supera nuestras fuerzas, de que así quedarán las cosas para siempre.
   Y no, no es una arenga. Es una lastimosa descripción de los hechos.
   Nos quedamos solos, y quemamos la inteligencia en afanes chicos, de corto plazo, vinculados a la planificación de las vacaciones y los gastos mensuales (en el mejor de los casos). Y así parece funcionar todo, lejos nuestro, como un interdicto que nos aísla y nos ahoga en la incertidumbre. No nos asombra ni la pasividad de nuestras concesiones.
   Hay también una necesidad íntima, que se adquiere por contagio, por interacción, una necesidad de disimular las aflicciones, la falta de certezas. Suponemos que la soledad ajena, como la nuestra, no se quiere ver perturbada por las incomodidades de los desconocidos. Una indolente combinación de vanidad y molicie que nos lleva a cerrar los ojos dejándonos arrastrar.
   La impresión que causa la organización medieval de la sociedad, tal vez se deba a la incapacidad de nuestra imaginación para vernos en aquel caso, el caso del condicionamiento total del hombre por su entorno. Es importante decirlo de esta manera: somos incapaces de imaginarnos, de vernos a nosotros mismo encerrados, ¿será por eso que no vemos nuestro encierro? No lo tenemos a Dios para resolver inquietudes (ya ni a los más fervientes adeptos de las religiones se los cree sinceros en la fe) pero no nos faltan brebajes hirvientes en los cuales disolver nuestras aprehensiones, como por infusión. Y somos gente tranquila y calmada, en estado de mansedumbre permanente, gente que sabe resignarse a los pesares de la vida, en especial cuando los padece el vecino.
   En términos filosóficos, se repite que el asunto trascendental del hombre es la muerte. Pero la muerte adquiere una forma demasiado abstracta en el terreno intelectual, o queda escondida entre los hospitales y la burocracia sanitaria cuando se hace pedestre. Lo cierto es que vivimos como vacas, pastando y rumiando, y también morimos como vacas, ignorantes de todo menos del dolor. No hay filosofía u hospital que valga, no es un problema científico, es la nada, cabezas vacías frente a la pantalla, lo más parecido a la lucidez es un corte de luz.


   P. S.: Hágase el experimento. Es necesario conseguir un corral, y meter dentro unas cincuenta, o cien, diez o quinientas vacas. Al aire libre, en el campo, con los árboles y el olor de la bosta. Bajo cualquier condición climática. Hágase el experimento de entrar al corral, pararse en el centro y esperar. Cinco, diez minutos. Las vacas lentamente te rodean, todas, sin excepción. Y te miran. No ven nada, por supuesto, pero te miran. Se convierten espontáneamente en auditorio, mudas y distantes, a tu alrededor. Esto es cierto, para cualquier vaca. Y no tiene explicación. Te miran con ojos humanos, más humanos que los ojos de la gente.

25/5/10

Laura Gatti


    La chica le dio una tarjeta que  decía “Dra. Laura Gatti”, era una abogada joven, con un cargo remunerado en tribunales, una belleza apuntalada por la juventud, exótica, casi fea; la había conocido inicialmente por internet, y se entusiasmó porque hacía mucho que no salía con mujeres, pero aquella tarjeta de presentación con ribetes dorados lo había arruinado todo, lo supo en cuanto la vio.
    “Internet amplía las fronteras sociales – pensó mientras la guiaba dentro del departamento, para preparar unos mates y fumar algo que hiciera volar el tiempo – lo que nos permite fracasar más a menudo en nuestras relaciones con el mundo”.
    No tenía en claro las causas verdaderas de ese fracaso, pero sabía que no funcionaría y que, durante la siguiente hora u hora y media, sucedería un lento derrumbe, muy incómodo de presenciar.
    En un posterior análisis mental, encontró algo escondido en ese nombre, una clave oculta capaz de activar ciertas combinaciones de su propia experiencia, un mensaje subliminal de importantes efectos secundarios. Seguía viéndolo con la imaginación, tal como lo recordaba en la tarjeta.
    Debió reconocerse a sí mismo que se trataba de un caso muy particular, único en su experiencia personal (lo que esperaba que se lo disculpara un poco) de discriminación por el nombre. Porque “Laura Gatti” hace pensar en compañeritas del tercer grado de la primaria, de las que se ven de vez en cuando y en los recreos, vecinas de acá dos cuadras que muy bien no se conocen, gente que se menciona por ahí con criterios dispares y poco interés; con ese nombre viene a la imaginación el momento de sacar número para la cola de la panadería, un domingo a la tarde, van por el ochenta y seis pero encontró un número en el piso y lo atendieron delante de mucha gente que había llegado primero, y le dio vergüenza; la cara de los tipos de treinta o cuarenta años, mirándolo, relieves que no guardan rastros de la infancia, y la preparación del café con leche, un par de medialunas, un triple de jamón y queso en la tostadora, reducido departamento de alquilar soltero, más bien divorciado, mesa de fórmica prestada, la húmeda conciencia de estar solo, como un exiliado.
    Claro que todo esto sólo era un prejuicio auditivo, pero creía haber conocido a otra chica, durante su infancia, con el mismo nombre, una Laura Gatti de otros años, lo que le parecía muy normal, ya que todo el mundo habrá oído hablar de ella, o de otra Laura Gatti cualquiera, una especie de ente indefinido que va y viene en los comentarios de terceros, sobre asuntos absurdos y aburridos.

9/5/10

a la mierda en bote

             Me gusta la expresión de los yankis: “kick the shit out of you”, utilizada como la amenaza más sórdida imaginable. Nosotros usamos “romperte el culo a patadas” o "cagarte a patadas", pero la otra es más interesante, es psicológicamente morbosa. La idea es sacarte la mierda del cuerpo a las patadas, o pegarte hasta que te cagues. Tiene doble alcance: funciona como metáfora de una buena paliza, y a la vez puede convertirse en una acción literal, ya que se basa en la realidad más escatológica: si nos pegan lo suficiente, terminamos aflojando el esfínter.  
            Cada tanto me acuerdo de ese insulto, lo repito mentalmente con delectación. Es lo que busco, que me saquen la mierda del cuerpo, preferentemente por medios violentos. Cuando no se quiere entrar en razón, es la única manera.
            La joda en esto viene por el lado de la acción de los terceros. “Alguien” – váyase a saber quién – se ofrecería como voluntario para aplicarme una golpiza que me quite del cuerpo la mierda acumulada. Como un exorcista de grandes aptitudes espirituales luchando contra los demonios que poseen a la chica de la película, un atleta entrenado en la masacre intervendría mi cuerpo para remover toda la materia fecal que impide el correcto funcionamiento de mis engranajes.
            Porque los engranajes funcionan mal, no queda ninguna duda, y es evidente que hay una mierda oscura y humeante que tiene empantanado todo el mecanismo.
            Esto aprendí a reconocerlo gracias a mi madre. No es que ella se dedicara a la pedagogía de la mierda y la violencia, no. Se trata de una lección silenciosa que aprendí más bien por ósmosis, por contagio involuntario. Son esas cosas que nos acostumbramos a ver durante mucho tiempo, hasta que de pronto ya no las vemos más. Y cuando ya no las vemos, es porque se ocultaron en nosotros mismos.
            Ahora despierto de un sueño de varios días, un sueño lleno de los vicios viejos. Los vicios nuevos, no los “novedosos” sino los que el vicioso recién descubre, son pasatiempos de excéntricos y flaneurs; los vicios viejos, esos a los que se vuelve sin saber por qué, son los vicios de los verdaderos viciosos, tanto más tristes y humillantes cuanto menos trabajo les ocupa someternos la voluntad. Decía: vuelvo de varios días de vicios tristes y pequeños, ninguno de los vicios más evidentes sino vicios de obnubilación lenta y solitaria.
Algunos vicios –no se me ocurre llamarlos de otra manera – son como el fusible de la mierda interior, y al reaccionar no queda otro remedio que reconocer la mierda que nos lleva y nos trae en sus mareas subterráneas. Así que necesito una buena paliza para que me la saquen.
            Todo el tiempo anterior, todo el tiempo de “normalidad” serena y templanza de espíritu, fue nomás una fantasía ingenua. Como pegarse una ducha para volverse a ensuciar. No aguanto la normalidad durante mucho tiempo. Y no es que me crea “superior” a la normalidad, sino todo lo contrario. La normalidad, tan accesible y sencilla, me cuesta un esfuerzo insufrible, es un estado de tensión permanente y desproporcionada que, al final, no me lleva a ningún lado, ni me produce el menor resultado. Es inalcanzable, termino desistiendo, soltándola, dejándola que se vaya, y me digo “bueno, hasta acá llegamos”.
            Es que la mierda no está sólo en los intestinos, hay que desalojarla de la cabeza, la misma cabeza con la que miramos y medimos todas las cosas, y en ese proceso de mirar y medir todo queda sucio con lo que llevamos adentro.
            En fin, este no era el tema.
            No hay nadie dispuesto a sacarnos la mierda del cuerpo a patadas, ese es el tema. No es asunto ajeno, nuestra mierda. Podemos (y creo que debemos, o por lo menos esa es la “tendencia”) disimularla lo mejor posible, mientras intentamos eliminarla, si es que nos interesa interactuar en sociedad. Imagino que habrá gente que la disimular mejor, y otros tendrán una mierda simpática y cotizada que no necesitará de ningún disimulo. No tengo esa suerte.
            Honestidad: reconocer que la mierda está ahí, dentro nuestro, siempre, e intentar desalojarla, poniendo en el intento nuestras fuerzas más sinceras. No se puede ser honesto todo el tiempo, a mi no me sale tanta honestidad sin intermitencias.
            Pero insisto con lo importante: no hay terceros (ni segundos) en este proceso. Incluso si hubiera terceros involucrados, cuando “new shit come to light” (como dice el Gran Lebowski) los terceros desaparecen a la velocidad del pedo. Y eso no está mal, ya bastante tiene cada uno lidiando con la mierda propia. Y esta soledad de la mierda es la mejor lección espontánea que aprendí de mi madre, que siempre fue muy buena en estos asuntos.
            Pero cuidado, que todos están acostumbrados a echarle la culpa a cualquiera de los malos olores. Insistiendo con la metáfora hasta el cansancio, pienso en esos rescates a lo “Baywatch” que se nos ofrecen de vez en cuando. ¿Quién no se agarra a un salvavidas en el maremoto de la caca? (y acá hay que hacerse cargo, esto no va por mí, que la cosa me cuesta bastante y lo se, esta va para todos, ¡abrid los ojos! ¡no hay nadie que no nade en el mar de sus deyecciones!); lo que digo es esto: te agarrás a una soga y lo siguiente es bracear y patalear hasta el sofoco en la mierda ajena. Calladito y contento, porque si abrís la boca, resulta que toda la porquería es tuya.
            Así somos todos.
            Al final, mierda y vicio; desconsuelo de los demás, abandono de uno mismo. Y no me cabe en la cabeza esa gente que va nadando estilo rana lo más campante, contenta y sonriente, y así cruza los océanos de la vida, ignorando con qué materia están constituidos. No le sienten ni el olor, peor todavía, ¡le sienten olor a perfume!
            Total, que ya no se entenderá de qué estoy hablando.             

21/4/10

Anselmo y la mecánica del azar

    No es verosímil que una persona, huyendo de la muerte, elija el método de construir una palacio con tantas habitaciones como días tiene el año, dormir cada noche en una habitación distinta, y suponer que así evadirá el fatal encuentro.
    "Todos saben, - decía Anselmo, viejo filósofo metafísico - porque no se trata de una ecuación excesivamente complicada, que con dos, o a lo sumo con tres habitaciones, es suficiente para evitar que la muerte nos encuentre durmiendo, siempre que nos tomemos la precaución de dejar en manos del azar la elección de la habitación para cada noche."
    Pero Anselmo no se detenía en este punto. Alegaba conocer a "ese pobre cronista de mis pagos" que le adjudicaba la construcción de tal palacio a un emperador chino: "¡Es absurdo!, un emperador sabría que la construcción de trescientas sesenta y cinco habitaciones es un esfuerzo inútil. La muerte, con observar el ciclo de migraciones nocturnas que cumple su víctima, la atraparía al segundo o al tercer año, mientras que esa misma muerte no tendría nada que hacer frente al azar de tres piecitas." El argumento era irrefutable, puesto que el emperador no había sobrevivido.
    Finalmente y muchos años más tarde, Anselmo cayó en la cuenta del error cometido por él y por aquel "cronista"; ambos habían llevado a cabo sus cálculos sin tener en cuenta la más importante de las variables: la cantidad de habitaciones por noche que es capaz de visitar la muerte.
    En definitiva, si lograba averiguarse el número de esta última variable, sólo habría que multiplicarlo por tres, y luego construir esa cantidad de habitaciones, para entregarse al azar de elegir una nueva habitación cada noche. "Aquí lo importante es el azar", decía Anselmo con paciencia infinita.
    Siguiendo la corriente de este argumento, Anselmo se sintió en condiciones de enfrentar nuevas objeciones: "¿pero de dónde saca Ud. – lo increpó un bañista – que la muerte sólo visita por la noche?", y el filósofo, con voz afectuosa, contestó: "no importa realmente ni el lugar ni el momento, lo que importa es conocer la capacidad de la muerte, lo que yo llamo su autonomía de vuelo, su radio de acción. Si se sabe esto, lo que hay que hacer es encontrar la manera de evitar ese radio de acción. Supongamos que la muerte puede visitar dos patios, tres escuelas, diez hospitales, recorrer doscientos cincuenta kilómetros y cuatro balnearios por día. A partir de este conocimiento, lo que uno debería hacer, es estar en condiciones de visitar seis patios, nueve escuelas, treinta hospitales, recorrer setecientos cincuenta kilómetros y doce balnearios por día. Pero sólo es necesario estar en condiciones de asistir sin presentarse efectivamente en todos esos lugares, porque si uno lo hace, indefectiblemente se encontraría con la muerte en alguno de ellos. Debe uno aparecerse en uno solo de los seis patios que se han elegido, en una escuela de las nueve, en un hospital de los treinta, etc., siempre  eligiendo los lugares según el más estricto azar."
    La hipótesis de Anselmo proponía que, si uno se maneja con la premisa inescrutable del azar, la muerte no podría nunca planear lógicamente el momento para nuestra muerte, no podría agendar el momento del encuentro. La única alternativa de la muerte, en estas condiciones, sería la de entregarse ella misma a una búsqueda por azar, lo que enfrentaría eternamente el azar de la muerte con el nuestro, aplazando y volviendo a aplazar, con un poco de suerte, nuestra muerte.
    Anselmo se propuso poner a prueba esta hipótesis, y al principio siguió su método al pié de la letra. Cada día se lo podía ver en los lugares más diversos, por ejemplo, asistiendo a las fiestas más contradictorias (asistía tanto al festejo del "Día del Conservador" como a los festejos del "Día del Liberal"), a veces dormía bajo un puente, o en una plaza, aunque la mayoría de las veces se metía subrepticiamente en la casa de algún desconocido, alteraba los horarios de sus comidas, nunca se vestía con la misma ropa ni en el mismo lugar. Unos años más tarde era socio de todas las bibliotecas del mundo, de todas las sociedades de fomento, de todos los centros recreativos: se asociaba el primer día y nunca más volvía.  Finalmente se le presentó un serio inconveniente: había estado en todas las ciudades del mundo, en todas las selvas, en todos los mares... y no quería repetirse, porque la repetición, por más azarosa que fuera, con el correr de los siglos, presentaba el riesgo de volverse cíclica, y así tendría la muerte un patrón de regularidades que le permitiría encontrar a Anselmo.
    Pero el filósofo no amedrentó. Volvió un día a su casa y frente a la sorpresa de sus amigos, que lo imaginaban recorriendo el mundo en franca huida (de la muerte), les dijo: "Me he dado cuenta amigos, de que mi problema está solucionado. Señores, señoras: pueden Uds. saludar al primer inmortal."
    La explicación de Anselmo era sencilla, sagaz, brillante: si, como su hipótesis lo planteaba, frente al azar huidizo de la víctima, la muerte no podía hacer otra cosa que entregarse a su vez al azar de la búsqueda, entonces Anselmo podía vivir en paz en su casa, entregado al azar de esperar que allí la muerte, por azar, nunca lo encontrase.

17/4/10

La ceremonia

    La novia no ingirió en las últimas semanas más que purgantes, con el objetivo de calzarse un vestido varios talles menor al suyo, y su estado de avanzada deshidratación – causado por la constante diarrea – le perjudicó notablemente el cutis. Esto la obligó a cubrirse las ojeras y la extrema sequedad de la piel con varias capas de maquillaje, complicando las tareas de ingeniería estética y aumentando las ya exorbitantes sumas aportadas en la peluquería.
    El novio pasó sus últimos días de soltería junto a sus amigos, en estado de borrachera permanente desde su fiesta de despedida – casi un mes atrás. La empresa de bañarlo, afeitarlo y vestirlo, requirió el esfuerzo de tres personas, varias horas de trabajo y unas cuantas jarras de café, acompañadas de aspirinas y sopapos de diverso calibre.
    Esas eran las condiciones en que se encontraba la afortunada pareja luego de concluida la ceremonia civil, que se había hecho efectiva gracias a una hábil maniobra ejecutada por los familiares en conjunto; los novios firmaron sus actas de matrimonio mientras se encontraban, técnicamente, secuestrados. Felicitas, la novia, lloró mucho el papelón público mientras Octavio, el novio, se mantenía perfectamente inconsciente de todo suceso. Alguien debió advertir esto, alguien debió comprenderlo como un augurio. Concluido el acto formal, cada familia se llevó a su novio correspondiente a su casa.  
    El casamiento religioso se llevaba a cabo – como lo requiere el protocolo – el sábado por la noche, y las costas por los festejos corrían a cuenta de los padres de la pareja, quienes no querían privar de nada a sus hijos en aquellos momentos de felicidad extrema.
    Pero las voluntariosas intenciones de los padres, que afortunadamente encontraron repercusión en generosas billeteras, entraron en conflicto. Ya la confección de las participaciones generó una larga serie de disputas, cuando novia y novio no llegaron a ningún acuerdo sobre el papel, la tipografía, la gráfica y el texto. La discusión se trasladó a las consuegras – quienes vieron abierta la posibilidad de adueñarse del gerenciamiento de la fiesta – y se extendió a la elección de la iglesia, del salón de fiestas, del catering, de la torta, de la música, de todo.
    En medio de los más feroces combates, la organización del casamiento tomó algo más de siete meses, durante los cuales la pareja corrió los más diversos peligros de separación, pero la férrea disciplina familiar contuvo los ímpetus juveniles: las nupcias ya estaban decididas, los invitados convocados y las listas de regalos colmadas; no quedaban caminos para evitar el destino ineludible.
    Se decidió que la ceremonia se realizara en la Parroquia del Sagrado Corazón, donde comulgaba habitualmente María Celia, madre de Octavio, pero estaría a cargo del padre Raúl, confesor y amigo personal de Ana Clara, madre de Felicitas.  Los festejos posteriores se llevarían a cabo en un hotel céntrico, donde la feliz pareja pasaría la primera noche de su luna de miel. Los invitados superaban en número cualquier expectativa.
    Distribuir los asientos en la iglesia no resultó un problema menor, y la noche del casamiento pudo verse a las personas más discretas faltar a todos los acuerdos previamente alcanzados, olvidando hasta las más esenciales normas de urbanidad. El novio esperaba en el altar con la marcha nupcial resonando estridente mientras amigos, familiares y meros desconocidos, seguían luchando por las locaciones.
    Felicitas fue llevada a la Parroquia en costosa carroza tirada por caballos verdaderos (“¡Qué lindos! – exclamó al verlos – ¡son de verdad!”), y para el momento en que ingresó por la puerta principal, despertando todo tipo de suspiros y exclamaciones románticas, llevaba cuarenta y ocho horas sin verle la cara a Octavio. Los novios habían discutido por la distribución de gastos, por la distribución de invitaciones, por la distribución de asientos en el banquete, y gritándose toda clase de improperios se habían separado tras  la ceremonia civil. El padre Raúl tranquilizó a la familia: “son los nervios, les pasa a todos, no hay de qué preocuparse”, declaró.
    La radiante novia, de blanquísimo blanco, fue festejada por su fino talle y su vestido de ensueño, realzado por la palidez de su rostro; el novio, de chaqué impecable, se sostenía con esfuerzo a causa del mareo y la descompostura intestinal. El padre Raúl, advertido de la fragilidad física y psíquica de los participantes, economizó recursos e impuso brevedad a las formalidades. Las damas de honor – dos primas de Felicitas y la hermana de Octavio, de vestidos rosados primorosos – se quejaron mucho por el laconismo de la ceremonia.
Octavio había temido y evitado aquel momento, el casamiento, durante toda su vida; ahora que había finalmente sucedido, le pareció menos terrible que en su imaginación: quedaba con la sensación, reconfortante para quien espera los peores males, de que nada sustancial había ocurrido. Felicitas había ansiado aquel momento, también, durante toda su vida; ahora sentía, con extrañeza, que sus altas expectativas fueron vanas: triste sin exagerar, más bien desilusionada, abandonaba la iglesia.
    Al salir, desde el atrio, Felicitas se ocupó de lanzar el ramo a las fieras que se debatían con bravura, mientras a Octavio una mano lo tomaba por la cintura y alguien – su hermana – le susurraba al oído frases inconexas sobre la fiesta y el champagne.
    Perseguidos por tres fotógrafos y un equipo de filmación que incluía cuatro cámaras de video, la afortunada pareja huyó hacia el salón de fiestas en la carroza que había llevado antes a la novia. Se abrazaron durante el viaje, se besaron – ya lo habían hecho en la iglesia – y sintieron que todo entre ellos volvía a ser posible; la fuerza de las situaciones convencionales los vencía.
    Al llegar al hotel se encontraron con la bienvenida brindada por sus invitados que, prevenidos, habían cruzado la ciudad en sus autos a setecientos kilómetros por hora. Se respetó la música elegida por Felicitas para entrar: alguna extravagancia de Barbra Streisand, e inmediatamente se sucedió el vals con el novio, con los padres de la pareja y con toda la peregrinación de familiares, siempre con música interpretada por una orquesta en vivo.
    La novia recorrió todas las mesas, saludando a cada convidado personalmente y sonriendo para las fotos, mientras Octavio se dedicó aplicadamente a la bebida, inseparable de su hermana, abonando fuertes propinas a los camareros para que lo abastecieran a pesar de los ruegos de ambas familias. Cenaron un menú sofisticado e inmediatamente se realizó el corte oficial de la torta de bodas, mucho antes de lo previsto, suponiendo que el flamante esposo se vería incapacitado para hacerlo si se retrasaba el asunto; luego se declararon abiertos los festejos y el baile general.
    En el remolino de festejantes – bailarines, familiares y alcoholizados, niños enloquecidos, camareros y fotógrafos – la pareja se perdió de vista; después de las primeras dos horas de comida inagotable y bebidas fuertes ya a nadie le importaban. Afortunadamente para Octavio, el padre de la novia parecía dispuesto a negársela a cualquiera que la pretendiera aquella noche, y mantenía a Felicitas muy ocupada en la pista de baile. El novio y su hermana se encontraban en la mesa de honor, ella sentada sobre sus rodillas con una copa en la mano, más allá de la atención del público, perdidos en la marea de luces estroboscópicas y carnaval carioca, con su bonito cotillón.
    En toda fiesta de casamiento puede alcanzarse a percibir un mismo espíritu incierto, oculto entre los festejos y las bebidas y las carcajadas etílicas, un celaje melancólico más triste aún por no pertenecer exclusivamente a estas fiestas: se lo puede encontrar también, y preferentemente, en los cumpleaños de las quinceañeras; se trata de esa visión en retrospectiva que nos impone la naturaleza misma de estos encuentros, encuentros que todos viven en tiempo pasado, como si en lugar de asistir a ellos uno estuviera revolviendo el arcón de los recuerdos, mirando fotos viejas y videos caseros donde vemos saludando gente desaparecida largo tiempo atrás. No es otra cosa que la poco envidiable sensación del paso de los años, de la cercanía de la vejez, del tiempo perdido, de la implacable marcha hacia la muerte y la nada.
    Quizás jaqueada por esos pensamientos Felicitas decidió ocultar sus lágrimas en el baño, pero no logró disimular lo suficiente como para evitar la atenta mirada de las consuegras. Cuando las matriarcas la interceptaron en un rincón del salón sólo alcanzó a decir: “Octavio... no sé dónde está...”, mientras se sonaba enfáticamente la nariz entre las contracciones del llanto. Las veteranas  madres de la pareja decidieron consolar a la novia y la acompañaron en su camino a los sanitarios: habían sido meses cargados de emociones fuertes, el ánimo de Felicitas se encontraba “sensibilizado”.
    Era la hora incierta en que los invitados comienzan a pensar dónde habrán puesto sus abrigos y carteras, mientras los mozos sirven los últimos helados y algunas bebidas trasnochadas. La esposa novicia, junto a las madres de la familia, entró en el baño de damas sin saber que se enfrentaba a uno de aquellos sucesos destinados a la negación y al silencio, una de esas situaciones que endurecen el carácter.
    Al atravesar la puerta con la placa “ellas”, en bronce lustroso, se encontraron con un espectáculo que sus mentes no pudieron procesar de inmediato. Felicitas exclamó “¡Octavio!”, y automáticamente le tendió los brazos a su esposo; lo hubiera abrazado sin dudarlo si la poderosa zarpa de María Celia no la hubiera detenido. “¿Qué hace Ud. acá?, ¿no ve que este es el baño de damas?”, interrogó la madre de Felicitas, abrazando a su hija. Sólo una inspección más atenta les permitió a las mujeres descubrir que la mujer que allí también se encontraba era Cecilia, la hermana de Octavio. Y Cecilia – tan borracha como su hermano – transpiraba y jadeaba y no les prestaba atención; permanecía al margen del mundo, con el vestido alzado hasta la cintura, aferrada a las canillas del lavatorio, con una rodilla levantada sobre la mesada de mármol y su ropa interior en la boca del novio, que la mordía como perro de presa; Octavio, parado detrás de ella, con una mano la agarraba por la cintura y con la otra le revolvía el pelo, sus pantalones caídos sobre los tobillos y la mirada turbia. Los hermanos, aullando agitados, convulsos y extasiados, continuaban con lo suyo sin atender a los mirones.
    La novia se desmayó automáticamente y Ana Clara sacó a su hija del baño arrastrándola como pudo; María Celia debió enfrentar a sus hijos: con el corazón en el puño, sin pronunciar palabra y mientras las lágrimas rodaban incontenibles por su rostro, surtió de incontables cachetazos los rostros de Octavio y Cecilia hasta lograr separarlos. Los tres comenzaron a gritar,  Cecilia intentó escapar pero Octavio la retuvo con gesto pretendidamente heroico; María Celia sólo podía insultarlos, y en eso estaba cuando llegaron Horacio y Oscar, respectivos padres de Felicitas y Octavio, quienes asistieron en su crisis a María Celia entre las trompadas que el novio alcanzó a repartir, abrumado por los sopores del alcohol.
Octavio no se calmó hasta asegurarle un salvoconducto a su hermana: le entregó una fuerte suma de dinero – aportada por su padre – y obtuvo a cambio la promesa de que se retiraría en taxi a su casa. Con Cecilia fuera de escena se pudo reducir a Octavio, a fuerza de paciencia, algunos golpes y whisky.
    Las madres se encargaron de la novia y los padres del novio. Felicitas fue conducida a la habitación del hotel, costosísima suite nupcial, donde se le aplicaron toda clase de calmantes y sabios consejos. Ana Clara, su madre, se cuidó mucho de asegurarle a su hija – a modo de consuelo sutil – que la mujer que encontraron con Octavio no era Cecilia. María Celia, con el alma ensombrecida y su instinto maternal destruido, convenció a la novia de que Octavio no dejaba de ser un buen muchacho, que ya tendrían tiempo entre todas de sacarlo bueno y que no debía prestarse demasiada atención a los pecados de juventud. Las consuegras se pusieron firmes en lo referido al matrimonio: la pareja no debía disolverse, aquello por Dios reunido no sería por los hombres dispersado, y correspondía a la templanza de Felicitas, correspondía a su carácter de esposa fiel y sumisa, aceptar las desventuras así como las alegrías. Pronto todo quedaría en el pasado y florecería la dicha en el seno de la incipiente familia.
    A todo esto seguía Octavio en el baño del salón, más tranquilo y más aporreado que antes, escuchando la enfática perorata de su padre, discurso con voz de tenor, con acento de sermón moral, con retórica marcial, y con desesperación de hombre en tierras desconocidas. Soportó el novio estoicamente estas arengas durante más de dos horas, bajo la mirada torcida del padre de la novia, que no aportó más que su silencio resignado. Los invitados a la fiesta habían comenzado a retirarse, sorprendidos de que nadie de la familia se dignara a saludarlos. Todos preguntaron por la pareja feliz, pero obtuvieron, por única respuesta, que ya se encontraban en su habitación disfrutando de su luna de miel. El manto de discreción impuesto por la familia, apañado por el diligente servicio del hotel, obtuvo un éxito abrumador.
    Los últimos invitados alcanzaron a ver a Octavio cuando salía del baño, perseguido por los padres que dedicaron amplias sonrisas para todos. El novio finalmente decidió meterse en su habitación, el cansancio lo embargaba. No compartió aquella noche el lecho nupcial junto a su esposa, que ya se encontraba completamente dormida, a fuerza de narcóticos, cuando él llegó. Tampoco intercambió más palabras con las consuegras, quienes al verlo decidido a dormir en el enorme sofá que coronaba el moblario de la suite, abandonaron la habitación.
    Una vez que Horacio y Oscar liquidaran las cuentas por la fiesta, la cúpula familiar sostuvo un breve meeting en el lobby del hotel. No había mucho para comentar, tampoco se trataba de compartir los diferentes puntos de vista que cada uno pudiera aportar. En líneas generales, no había opiniones divergentes: la pareja pasaría aquella noche en el hotel y a la mañana siguiente serían llevados al aeropuerto, iniciarían un largo viaje de luna de miel, como estaba previsto, y con el tiempo olvidarían el asunto. Era prioritario mantener una conducta mesurada y cautelosa en lo referente a Cecilia; bajo ninguna condición debía reunirse con su hermano, se le prohibiría acercarse al aeropuerto en el momento de la despedida, y se daría el aviso en el hotel para que no le permitieran el acceso por el resto de aquella noche. También debía acordarse que, en pro de sostener la salud de Felicitas tanto como la estabilidad de la feliz pareja, se afirmaría a ultranza que la mujer que se encontró esa noche con Octavio no era su hermana, siempre que no fuera posible mantener un silencio sepulcral en torno a aquellos desgraciados sucesos.
    Los cuatro salieron del hotel, los hombres fumaban y las mujeres divagaban con la mirada perdida, en pos de sus maridos como quien camina tras una sombra, guiadas por la costumbre de una presencia. El valet del hotel trajo sus autos y, en algún momento antes de separarse las familias, los padres de Octavio intentaron torpemente disculparse; holgaron las palabras, menudearon las torvas miradas en los torvos rostros de los padres de la novia, y sin saludarse, todos se retiraron.

1/4/10

Plano cerrado

"¡Yo veo a este infeliz, mito
extraño y fatal a veces hacia
el cielo, como el hombre de
Ovidio, al irónico cielo de
saña azul sobre el cuello
convulso tender su ávida
cabeza, como si dirigiese
sus reproches a Dios!"
Baudelaire

1.
   Esta es una historia de desencuentro entre la pasión y el dinero. El dinero está representado por un importante empresario del entretenimiento, fundador, director y productor ejecutivo de un conglomerado de empresas multimediáticas cuya meta principal es la producción de películas para el cine. La pasión está representada por Juan Carlos, escritor, empleado de medio tiempo en un colegio (da clases de lengua algunas horas por semana, y es preceptor), divorciado, un hijo.
   Juan Carlos tuvo una idea, y como consecuencia de un parto intelectual brutal y doloroso, detrás de esa idea se le ocurrió otra más. Tuvo mellizos. La primera idea fue una historia, un asunto sobre el cual escribir, unos personajes, una trama. La segunda idea fue realizar esta historia en el formato “guión de cine”, para salir un poco de los formatos cuento o novela, en los que tantos fracasos había cosechado.
   Tuvo su idea y escribió el guión. Ese guión, escrito en base a un “manual para escribir guiones” bajado por internet, ese guión al que deberán disculpársele la inexperiencia del escritor y su absoluta ineptitud para el desarrollo de cualquier tarea involucrada con el lenguaje, ese guión era un buen guión. Para enfrentar una realización definitiva necesitaría unos cuantos retoques, tal vez una reformulación total, pero la idea que lo sustentaba, la historia, la primera idea de Juan Carlos, era indiscutiblemente genial, según el propio Juan Carlos.
   La convicción ciega y total en esta genialidad puso en movimiento a Juan Carlos. Estaba dispuesto a todo con tal de que alguien hiciera su película. Por lo menos, un “gran personaje” del cine y la televisión debería leer su guión, para quedarse tranquilo. Le parecía que con sólo poner el guión en las manos de un verdadero director de cine, de un verdadero artista, lograría que hicieran la película. Un director o un gran empresario, si no lo hacían era debido a que no conocían el guión, nada más, y de eso era responsable Juan Carlos. Así que se puso a trabajar, montando una enorme campaña de difusión de su guión (enorme en términos personales, enorme para Juan Carlos).
   Y esa campaña personal, con mayor o menor intensidad, se prolongó durante unos cuantos años. Hay que reconocerle a Juan Carlos la buena voluntad y la gran predisposición empeñadas en el esfuerzo. Nadie parecía escucharlo, nadie le concedió jamás un solo minuto de su atención. Nunca obtuvo otra respuesta que “no”, nunca un segundo de duda antes de pronunciar el “no”, el guión no le dio ninguna alegría. Con el paso del tiempo fue transformándose en la manifestación material de sus sentimientos de frustración y fracaso. Juan Carlos estaba totalmente derrotado, y su guión era la credencial de la derrota. Sin embargo, no hay movimiento en el mar que no revuelva – aunque su alcance sea mínimo hasta la ridiculez – un poco el agua.
   El guión de Juan Carlos ocasionalmente fue adaptado al teatro, y la pieza ejecutada por una compañía de actores vocacionales del barrio La Perla, en la sala de la Sociedad de Fomento. En dicha compañía participaba la sobrina de cierto empresario. Descontenta esta sobrina, en determinada ocasión, con el comportamiento de su tío, le hizo llegar (anónimamente) el guión de Juan Carlos, muy recomendado por un tercero. La sobrina hizo esto con la íntima esperanza de hacerle pasar a su tío un momento muy aburrido e incluso violento, poniéndolo en la obligación de decirle que “no” a Juan Carlos, que para ella era un tipo cualquiera. Tras la recomendación del guión, la sobrina forzó una entrevista en la conglomerada agenda del tío.
   El nombre de este tío tan maltratado, empresario del cine y la televisión, autor material de once películas en un país del tercer mundo sudamericano que producía cinco películas al año, patrón de casi cuatrocientas personas (ocasionalmente muchas más), era Gregorio Vic Suárez. Heredero de un patrimonio que multiplicó varias decenas de veces, joven y cosmopolita, frívolo, Gregorio era el máximo Juez ante el cual podía Juan Carlos presentar su guión.

2.
   Un destino intermedio en el viaje de Gregorio coincidió ese verano con la ciudad en la que vivía Juan Carlos. Para desconcierto del empresario, la cita había sido convenida en el lobby de su hotel, no en una oficina.
   Era de noche, hacía calor y en cuanto se presentaron mutuamente, los dos supieron que la entrevista estaba confinada al fracaso. Gregorio algo inquieto por el derrotero que tomara el asunto, Juan Carlos ganando minutos para alejar lo más posible el momento del rechazo final. Los dos estaban de acuerdo en no querer estar ahí.
   Antes de encarar el tema principal (el guión) despacharon varios wiskys, llenando la conversación banal con el tintineo del hielo en los vasos, dándose tiempo para distenderse, distraídos y complacidos. La proximidad de lo inevitable los volvió sinceros y displicentes, si todo iba a salir mal podían tomárselo con calma y amabilidad. Los dos pensaron en una situación de fusilamiento, el Capitán del pelotón acerca un cigarrillo a la boca del condenado, lo enciende, y mientras el condenado fuma intercambian unas palabras. Se saben efímeros y a la vez el momento parece perdurable. Los dos pensaban en esto, al mismo tiempo, desde perspectivas diferentes.
   El primero en sacar a la luz el tema del guión fue Gregorio. La voz que sabía hacerse respetar conminó:
– dígame directamente, con sinceridad y sin vueltas, de qué se trata.
Juan Carlos, mientras confirmaba que Gregorio era incapaz de mirarlo a los ojos, explicó, de la manera que le pareció más convincente, la idea de su guión.
– esta es la historia de un actor, contada en tono biográfico, cuyo problema principal es que su vida se desarrolla como la de un carácter secundario en una película. El actor, que sólo consigue trabajos de extra mezclado siempre entre multitudes bulliciosas, siente que su propia vida transcurre como la de sus “personajes” de la ficción. Tiene la viva impresión de ser un extra de la vida real, un papel pintado al fondo de la verdadera vida, la de los protagonistas, rol que indefectiblemente representaban otras personas. El actor descubre por casualidad que sus impresiones se corresponden con la realidad, confirma fidedignamente que el protagonismo en el mundo pasa por un lugar muy lejano al que él mismo ocupa, e intenta explicárselo a su novia, también actriz. Pero explicárselo le insume mucho, mucho trabajo, y al final no está convencido de lograrlo, de poder darle a su novia esta explicación y que ella sea capaz de entenderla. La vida se le va pasando sin acceder a ningún tipo de protagonismo, llena de sensaciones circunstanciales, mediocres, sin progreso alguno. La herramienta principal de la narración, herramienta cuyo valor dentro del relato es equiparable al valor de la historia misma, es la manera de filmarla. Mientras en off se escucha la voz monótona del actor que relata su experiencia, la cámara lo toma siempre de lejos, incluso como fondo de otras personas, desenfocado, a veces ni si quiera se lo ve o no se lo puede distinguir del resto de la gente. Lo importante es no sólo tomarlo de lejos y transversalmente, es crucial no hacerle nunca un plano cerrado, no hay que darle margen para llamar la atención. El actor puede tener barba de vez en cuando, a veces será gordo, puede incluso estar interpretado por diversas personas, sin descartar que se trate o no del mismo personaje en cada ocasión. La trama cuenta con la ventaja de estirarse indefinidamente, con escenas intrascendentes y repetitivas, usando siempre las mismas grabaciones de la voz en off. Uno o dos sobresaltos ocasionales, mínimos e intrascendentes, servirían como contraste para evaluar el verdadero nivel de monotonía general. Sería la filmación de una vida protagonizada por nadie. Una obra maestra para un director capacitado.
   Gregorio enlazó un hielo con la lengua, lo sorbió y finalmente lo escupió dentro del vaso. Miró a Juan Carlos, en silencio. La pausa parecía no volverse incómoda, y era necesaria. Gregorio jamás había estado frente a un hombre de talento, grande y verdadero, y se juraba en nombre de Dios nunca volver a meterse en una situación semejante. Revolvió un poco el wisky porque le gustaba generar suspenso, y después contestó, con tono neutral.
– Juan Carlos: su idea es brillante, y tengo la convicción más absoluta de que usted es un genio. ¿Conoce la historia de John Martin, el editor de Bukowski? ¿no?, es una pena, el caso es muy interesante. Porque sin John Martin, hoy no existiría Bukowski, como Kafka no existiría sin Max Brod, o Virgilio sin aquel emperador profanador de cadáveres. Y tantos otros casos menos famosos. Le hablo de los mecenas, señor, de los verdaderos mecenas, esos que eran tanto o más aficionados al arte que los mismísimos artistas. Porque eso es lo que usted necesita, señor. Su obra no merece nada menos que eso, un verdadero amante del arte en condiciones económicas de producirla, de transformarla en realidad sacándola del papel. El inconveniente que se presenta entre nosotros, señor, radica en el hecho de que yo no soy ese mecenas, ese amante del arte. Usted verá, yo soy apenas un comerciante, un hombre forjado al calor del dinero, un intermediario de mercaderías. Y como tal intermediario, mi éxito radica en elegir la mercadería más adecuada para mi clientela. En este momento, el mercado busca unas mercaderías radicalmente distintas a las que usted está intentando comercializar. Tenemos programada una película llena de protagonismo, un protagonismo estelar y feroz, que atraiga a todas las cámaras y todas las imaginaciones, un protagonismo que permita al espectador anónimo la más completa identificación, y así sumirlo en un universo totalmente ajeno a su experiencia cotidiana, con el afán último de que esa experiencia cotidiana quede fuera del alcance de su atención. No me resta más que declinar su propuesta, sin dejar de estar muy agradecido por el tiempo que le ha dedicado a esta reunión.
   Mientras escuchaba todo esto, Juan Carlos se sentía como el barman de una escena de Casablanca, puesto delante de la cámara con su mejor cara de imbécil, a modo de adecuado marco para el brillante lucimiento de Humphrey Bogart.

3.
   Pasados algunos años Juan Carlos recibió la llamada de otro productor, alguien menos encumbrado que Gregorio, pero que también hubiera podido transformar sus sueños en realidad.
– me gustaría que me explicara un poco – le pidió el productor – aquella historia.
Con voz tenue y cansada, Juan Carlos contestó:
– es una obrita autobiográfica.